José Gregorio, el médico convertido en santo

26 de octubre del 2018

Detrás de esos milagros curativos atribuidos a un médico fantasma llamado José Gregorio Hernández se encuentra la historia de un elegante médico y científico venezolano, reconocido en vida por su solidaridad y filantropía. Hernández nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, en el Estado Trujillo, un pueblo tradicional y con una profunda creencia […]

Jose Gregorio Hernández

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Detrás de esos milagros curativos atribuidos a un médico fantasma llamado José Gregorio Hernández se encuentra la historia de un elegante médico y científico venezolano, reconocido en vida por su solidaridad y filantropía.

Hernández nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, en el Estado Trujillo, un pueblo tradicional y con una profunda creencia religiosa. Quedó huérfano de madre a los 8 años de nacido. Vivió en esta población hasta que se trasladó a Caracas, la capital, para estudiar medicina.

Ingresó a la Universidad Central de Venezuela y tras graduarse en 1888 viajó al extranjero para especializarse en Microbiología, Patología, Bacteriología, Fisiología y otras ramas de la medicina. Su intención fue regresar para impartir el conocimiento en su alma máter.

Introdujo las cátedras de varias de esas especialidades y se dedicó a la docencia, incluso se le atribuye haber llevado el primer microscopio que llegó al país.

Pero no eran tiempos fáciles para la república, que pasaba por profundas desigualdades sociales y gobiernos que no lograban administrar bien los dineros. Había pobreza y hambre y José Gregorio no podía ser ajeno a eso.

Recibió un permiso para estudiar en el Pontificio Colegio Pío Latino Américano en Roma y decidió viajar para continuar especializándose. Tenía además una profunda filiación religiosa influenciada desde su niñez.

Fue allí en Roma donde envió una de las pocas fotos que existen de él, se hizo el retrato para enviárselo a su familia. De allí surgieron todas las imágenes que ahora se difunden de él, como la pintura que creó después el artista Ugo Bartoli.

Siempre se dedicó a ayudar a los pobres y las zonas rurales de Venezuela con misiones médicas y demás ayudas que le permitieron ganar el cariño y reconocimiento de los venezolanos. Inició su vida religiosa en 1908, en pueblos, pero lo atacó una enfermedad que lo obligó a mantenerse en Caracas.

En junio de 1919, José Gregorio salía de una farmacia en la esquina de Amadores, La Pastora, en Caracas. Era domingo al mediodía, cuando fue a cruzar la acera, vio que venía un tranvía y esperó, pero no se percató del carro que venía detrás y este lo arrolló. Cayó al piso y se golpeó la cabeza con el borde del andén, rompiéndose el cráneo. Murió instantáneamente.

Su muerte fue una conmoción en Caracas, más de 30.000 personas asistieron a su sepelio y varios comercios cerraron como forma de duelo hacia el ‘médico de los pobres’. En su pueblo natal, Isnotú, se construyó un santuario en su nombre que recoge a miles de turistas que solicitan favores al santo no beatificado.

Varias personas en América Latina le han atribuido milagros curativos, en rituales que dicen sanar cualquier tipo de enfermedad. Es normal ver porcelanas con su figura en centros de artículos religiosos, aunque el Vaticano no ha declarado su betificación. Su mayor logro póstumo fue cuando el papa Juan Pablo Segundo lo declaró siervo de Dios en 1972.

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