Rafael Pombo, el papá de la Pobre Viejecita

Rafael Pombo, el papá de la Pobre Viejecita

3 de noviembre del 2016

Un buen traductor, sobre todo de literatura, es uno que logra, a partir del material y el tono del original, crear una obra autónoma en su idioma, una obra que no necesite un original detrás para ser comprendida y apreciada. En ese sentido, la traducción literaria se trata más de crear que de reproducir, más de volver a imaginar en los colores de la lengua propia, que de copiar lo ya imaginado en otra lengua. No es coincidencia, por eso, que entre los mejores traductores literarios haya tantos escritores, o que tantos traductores encuentren su vocación literaria a partir de sus traducciones. El primer caso es el de Cortázar y Borges y Alfonso Reyes, entre muchos otros. El segundo es el de Edward Fitzgerald, y sin duda el de Rafael Pombo.

Antes de ser poeta y mucho antes de ser cuentista infantil, Rafael Pombo fue traductor. Como sus estudios en el Rosario le habían hecho accesibles los clásicos latinos, Pombo empezó por lo más difícil: traducir lo que ya cientos de sabios de todos los países y los siglos han traducido. Intentó una nueva versión de Virgilio y otra más de Horacio, entre las de tantos otros sabios de la lengua, los elogios de Menéndez y Pelayo. Lo importante en la vida de Pombo no es que Menéndez y Pelayo hayan elogiado su obra, ya que la traducción literaria es en sí misma una creación artística, y poco importa lo que los viejos opinen de ella. Lo importante es que a la edad que tenía entonces, Pombo no pensaba así, y el elogio de Menéndez y Pelayo le importó muchísimo y lo animó a seguir traduciendo. Entonces intentó, no con menor éxito, algunos episodios de Shakespeare y algunos de Lamartine, que le valieron, unos años después, un contrato con una editorial neoyorquina para traducir al español algunos poemas infantiles de la tradición anglosajona. De esa labor aparentemente mecánica y subordinada a los caprichos de los originales, surgió sin embargo la obra infantil de Pombo, y todos sus extravagantes y memorables personajes.

Imaginar un poema del siglo XVIII o quizás más viejo, escrito por algún luterano moralizante en un pueblo perdido en Inglaterra, que pueda ser el original de Doña Pánfaga es una causa perdida. ¿Cuál podría ser la versión inglesa de “Doña Pánfaga hallábase hidrópica, o pudiera ser víctima de apoplético golpe fatal”? ¿Cuál podría ser el nombre original del doctor Saltabancos Farándula? Sin duda los poemas de Pombo son más fieles a su propia imaginación que la de esos anónimos autores de otro siglo. Rinrín Renacuajo, Michín, la Pobre Viejecita, e incluso la Marrana Peripuesta, que muchos ya no recuerdan y que es uno de sus mejores poemas, son versiones de otros personajes, de seguro mucho menos pintorescos, tan libres y tan autóctonas que conforman no sólo una obra original, sino una obra colombiana.

Hay un aspecto de esos originales ingleses, sin embargo, que comporta un problema, y es que la moral en que fueron escritos era una moral protestante, y por más atrevida que fuera la imaginación de Pombo, parece difícil alterar algo que está tan profundamente enraizado en el ámbito cultural de una historia, no ya en sus palabras, sino en su sentido final. Sin embargo, una leída adulta de los poemas de Pombo, sin duda mucho menos divertida y fructífera que una lectura infantil, muestra que de protestantismo no queda un rastro en sus versos, y que en cambio las pataletas de Michín, el delirio de grandeza de doña Pánfaga y la hipocresía de la Pobre Viejecita esconden culpas más bien católicas, y ya que estamos, de un catolicismo más bien latinoamericano. Una lectura comparativa con los originales da cuenta de esa sutil pero profunda diferencia.

Pero en últimas la cosa no debe asombrarnos: cuando Pombo, que fue un poeta mucho antes de escribir su primer poema, tradujo los versos anglosajones, ya había traducido suficientes clásicos para darse cuenta que la traducción no es el arte de barnizar una silla para que se vea mejor en tierra caliente, sino el de desarmarla y volverla a construir para que sirva para echarse todo el día a tomar el sol.

Toda obra literaria es una versión de una obra anterior, o de un palimpsesto de obras anteriores, porque la literatura, como dice Borges, no tiene finalmente más que seis o siete historias que contar. Y no es otro el caso de la obra de Pombo, en que la única y mínima diferencia es que sabemos con certeza cuál es la obra que la inspiró.