Rudolf Nureyev

6 de enero del 2011

Rudolf Khametovich Nureyev nació a ciento cincuenta kilómetros por hora, en un vagón del trans-siberiano con destino a Vladivostok a visitar a su papá, y ese ímpetu con el que nació es el mismo con el que aterrizó cincuenta y cuatro años después en una florida tumba de un cementerio en París. Su incesante vida […]

Rudolf Nureyev

Rudolf Khametovich Nureyev nació a ciento cincuenta kilómetros por hora, en un vagón del trans-siberiano con destino a Vladivostok a visitar a su papá, y ese ímpetu con el que nació es el mismo con el que aterrizó cincuenta y cuatro años después en una florida tumba de un cementerio en París.

Su incesante vida como bailarín comenzó desde muy pequeño, el día en que su madre lo metió escondido entre su abrigo a una presentación del Ballet de Leningrado, noche en que se enamoró de ese arte para siempre. Muy pronto empezó a estudiar el arduo régimen del ballet en una escuela de danza folklórica, y al poco tiempo, sus padres casi sin notarlo, Nureyev había saltado de un pirouette al Ballet de Leningrado, en que los maestros pronto notaron su precoz talento. Entonces, unas cuantas apariciones lo hicieron famoso entre los jóvenes, y en un cabriole pasó a formar parte del Ballet estable del Bolshoi, uno de los más prestigiosos de su país. Allí empezó haciendo presentaciones dentro del territorio soviético, pero alcanzó los escenarios europeos en un flic-flac.

La KGB, sin embargo, ya le tenía un expediente abierto por sospechas de traición y curándose en salud, le prohibió bailar afuera de los países soviéticos, cosa que fue un duro fouetté para su ego. Sin embargo, la estrella del Bolshoi se lesionó justo antes de la gira más importante del año, y así Nureyev consiguió un permiso para viajar a París, de donde, por supuesto, afirmó que no se marcharía. Los agentes de la KGB trataron de intimidarlo con promesas falsas primero, y después con falsas amenazas acerca de su convaleciente madre, que Nureyev sin embargo ignoró, escapándose en un veloz cou de pied de los agentes en el aeropuerto de París.

En un relevé saltó directo a la posición de bailarín principal en el Royal Ballet de Londres, y en menos de un battement tendu se convirtó en la estrella indiscutible del ballet universal. Entonces interpretó todos los ballets clásicos, los cuales, sin embargo, no tenían partes muy importantes para el bailarín masculino, que tradicionalmente servía de apoyo a la mujer. Pero el talento de Nureyev animó a varios coreógrafos contemporáneos a componer piezas más complejas para él, y este es sin duda el gran aporte del bailarín ruso. Entonces protagonizó Valentino y Don Quijote, en una larga gira mundial que lo llevó de un grand jeté a las puertas de Broadway en Nueva York, donde protagonizó el musical The King and I, experiencia que sin embargo lo alejó decididamente del mundo del espectáculo americano.

En consecuencia, las últimas dos décadas de Nureyev, aunque fueron de constante trabajo y no exentas de presentaciones memorables, son décadas de decadencia, sobre todo de su estado físico, incapaz de un grand pirouette, y de obedecer a los arduos rigores a los que solía someterlo. A los cuarenta años, para rematar, Nureyev contrajo sida, enfermedad que lo desgastó en una lenta y dolorosa convalecencia.  Sus cientos de admiradores, sin embargo, no dejaron de apoyarlo y de llenar sus presentaciones, en las cuales, hacia el final, Nureyev se dedicaba a dirigir, y lo acompañaron de la mano hasta el ataúd sobre el cual tendieron un tapiz de motivo barroco en su honor.

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