Salvador Elizondo

Salvador Elizondo

29 de marzo del 2011

En un artículo breve sobre su amigo, el escritor mexicano Salvador Elizondo, Carlos Fuentes recuerda los comentarios inesperados y no pocas veces violentos, aunque siempre “proverbiales”, de los que Elizondo era capaz, y cita uno en que a una pregunta necia del “infaltable necio”, respondió:

-Es usted un pendejo.
-Señor Elizondo, no me insulte.
-No lo insulto. Lo defino.

Ese breve diálogo en que el periodista no tuvo mucho qué añadir, retrata con bastante exactitud la personalidad de Elizondo, uno de los escritores más valiosos de México de la generación de los sesenta, posterior a la del boom latinoamericano, de Fuentes y Rulfo. Muchas veces su sentido del humor se limita a observar el absurdo cotidiano y dejarlo que hable por sí mismo, como cuando, enviado por sus padres a un colegio militar en California durante tres años, a ver si así lo corregían, descubrió que la imposibilidad de los militares para pronunciar su apellido lo había convertido condenado a llamarse Salvador Elsinore. Entonces Elizondo, sin protestar ni intentar dictar una rápida sesión de primeros auxilios fonéticos, aunque a los comandantes no les hubiera venido mal, se retiró en silencio y escribió Elsinore, memoria en que deja que los militares se burlen de sí mismos sin ayuda.

Pero en otras ocasiones su humor tan irónico y esquivo que resulta difícil ubicar el chiste, y sus comentarios de ese estilo incomodaron a todos los que se atrevieron a entrevistarlo en su vida, que no fue corta. Le encantaba dar opiniones extremas e incendiarias sobre su posición política, sin importar cuál fuera esa posición ni cual había sido la que había defendido días atrás en una entrevista previa. Durante una conversación con Elena Poniatowska, una escritora francesa y mexicana, libertaria y moderna, y más bien de izquierda que poco después del comienzo ya hacía notar su desespero por no poder sacarle una opinión genuina, Elizondo resolvió volverse de repente monárquico y legitimista:

-¿Y a ti, Salvador, ninguno de los problemas del país te interesan?
-No, ninguno. No, me repugna además pensar en ello. Yo creo en la aristocracia y en esas             cosas.
-¿Cuáles cosas?
-A mí me parece que la tragedia máxima de México fue la caída del Imperio Habsburgo en           México. ¡Fue absolutamente cretino matar a Maximiliano! ¡Estaríamos mucho mejor con             Maximiliano que con Benito Juárez!… también estoy con Porfirio Díaz. Hizo muchas cosas,        ¿no? Yo creo que introdujo, aunque no sea más que indirectamente, los buenos modales en las          mesas de las familias mexicanas.
-¿Y eso te parece importante?
-Sí.

Pero así como se encallaba en esas posiciones reaccionarias, las olvidaba con facilidad (o las planeaba con astucia), y a la entrevista siguiente aparecía de repente del otro lado del espectro, como en esta charla con García Ramírez:

-¿Es usted pesimista, ve el porvenir muy oscuro?
-No sé bien. Mi estado físico y de ánimo no me permiten responder con certeza. Espero que         algún día triunfe el comunismo.

Elizondo tradujo varios libros, escribió otros tantos sobre difíciles escritores latinoamericanos y europeos, y estudió en las mejores universidades de Europa y de México, incluyendo el Colegio de México, del que fue un miembro fundador. En papel su trayectoria intelectual se parece a la de Alfonso Reyes, otro sabio mexicano, pero en persona, o por medio de sus cuentos, poemas y novelas, el personaje que se pinta es otro, pesimista como Beckett, desconfiado de la tradición literaria occidental como Joyce, delirante como William Burroughs. Sus novelas más leídas son Farabeuf, o la crónica de un instante, una versión mexicanizada del Marqués de Sade, al decir de Fuentes, y El hipogeo secreto, superior a Farabeuf al decir de César Aira, es decir, inferior. El Elizondo de esos libros se parece mucho más al de las entrevistas, y de algún modo lo explica y justifica. La literatura de Elizondo dialoga con toda la tradición occidental desde Homero, y en ese sentido es académica, pero también proclama la muerte de esa tradición, y en ese sentido es irreverente. De joven, Elizondo estuvo en un manicomio, y muchos creyeron hasta el día de su muerte que nunca lo debieron haber soltado. Pero su literatura revela que su locura era mucho más calculada de lo que hacía parecer, y que tenía por objetivo cambiar de una vez por todas la forma en que se piensa la literatura: la literatura tradicional está muerta, diría, la manera tradicional de hacer crítica también debería estarlo. Por eso, en esa misma entrevista con Poniatowska, cuando ella le pregunta acerca del período en el manicomio, él responde que fue una exageración de sus padres, pero ella insiste:

-Pero en tu autobiografía cuentas que incendiaste ropas…
-Bueno, ¿y qué? Eso es parte de la borrachera, ¿no? Estoy hablando de una borrachera, no           estoy hablando de un cuetecito. Yo quemé unas ropas, y hay otros que mandan fusilar a un       líder ejidal con toda su familia.

Es difícil adivinar la personalidad de Elizondo a través de sus intervenciones justamente porque están diseñadas para despistar, para no dejarse encajar en los moldes de la literatura corriente. En sus textos, sin embargo, esa ambigüedad que no nos permite saber si era ácido o ignorante, cuerdo o loco, terriblemente triste o simplemente desilusionado, se convierte en una lucidez poco común, como la que muestra, al respecto de la tristeza humana, en este fragmento de un cuento:

Es un hecho que la tristeza está condenada a desaparecer. Las situaciones que nos pone la vida moderna, especialmente la actividad incesante que genera y su altísima velocidad, dificultan cada vez más la percepción o la experiencia de este sentimiento que tuvo una vida fugaz (hablando en términos de literatura) en la conciencia o en la atención de los hombres. Cada día los tristes se vuelven más raros y si acertamos a encontraron con uno su condición de triste se nos mostrará como resultado de la multitud de constricciones que por todas partes amenazan su tristeza, y más que un triste veremos a un raro. Pero si la tristeza ha perdido el dominio de la literatura no así el del alma humana. Lo que pasa es que ya no hay tiempo ni fijeza de la atención para percibir esa modulación tan tenue del tono anímico cuando pasa de do mayor a re menor.