Santa Teresa de Ávila

Santa Teresa de Ávila

28 de marzo del 2011

Al igual que los de muchos otros santos de la Iglesia Católica, los restos de Santa Teresa de Ávila (o de Jesús), están distribuidos por buena parte de Europa, en iglesias y monasterios en que los fieles y los devotos les rezan y los toman por reliquias, objetos con facultades milagrosas, cuya sola presencia facilita las comunicaciones en sentido vertical.

Después de varias disputas por sus restos tras su muerte entre el Papa, y varios abades y obispos, después de exhumarla y volverla a enterrar varias veces, el Papa sólo pudo conseguir quedarse con su pie derecho, que aún se encuentra en Roma. Con ese pie (y con el otro, por supuesto), a los nueve o diez años de edad, Santa Teresa se marchó de su natal Ávila con su hermano Rodrigo camino del sur de España, tierra de moros. Las historias de santos leídas en el colegio y los juegos con sus vecinos y hermanas, en que muchas veces pretendían ser santos o monjas de convento, habían convencido a esos niños de que no había aventura superior que la de internarse en las tierras musulmanas mendigando, como lo hizo Cristo, hasta que alguien les cortara la cabeza por herejes, y morir martirizados, como lo hizo Cristo. Por suerte, un tío fue a buscarlos y los trajo de vuelta a Ávila de una oreja, cuando ni siquiera habían pasado Madrid.

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

En la Iglesia de la Anunciación en el pueblo de alba de Tormes, en el altar mayor, está el cuerpo de Santa Teresa, guardado en un cofre bajo nueve llaves diferentes. Tres de esas llaves las tienen las monjas del convento, tres su confesor, y otras tres la Duquesa de Alba. Ese torso hoy desprovisto de extremidades es el que a los quince años se le paralizó durante más de dos años, después de haberse escapado de la casa para meterse, en contra de la voluntad de su padre, de monja en el monasterio de Ávila. La parálisis la obligó a regresar a casa, donde terminó de convencerse de su destino monacal. Los dolores que no la dejaban dormir, la imposibilidad de moverse no podían ser otra cosa que una prueba de su voluntad impuesta por Dios. Santa Teresa la sorteó, la movilidad regresó, y corriendo fue de vuelta al Convento de  Encarnación.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

En un monasterio de Carmelitas Descalzas en Lisboa está la mano izquierda de Santa Teresa, en un relicario de plata. Con esa mano Santa Teresa ayudó a remodelar los caídos monasterios y capillas que el Vaticano le fue concediendo poco a poco para fundar los conventos de su nueva orden, la Orden de las Carmelitas Descalzas, ideado y fundado por la Santa Teresa, en equipo con su amigo San Juan de la Cruz. Santa Teresa había querido siempre reformar la orden de las carmelitas, que se daban demasiados lujos, que vivían demasiado bien para su gusto. Las descalzas habrían de vivir descalzas, dormir en camas de paja, ayunar ocho meses del año y renunciar a la carne. Después de múltiples esfuerzos, consiguió el permiso del Vaticano, que le entregó abandonados monasterios, o palomarcicos, como los llamaba ella, refiriéndose a su austeridad extrema. Así se fue viajando por España fundando monasterios descalzos, tanto de monjes como de monjas, primero en el norte de España, en Ávia, Medina del Campo, Toledo, Valladolid, Alcalá y Salamanca, y después en el sur, en Granada, y en Portugal, en Lisboa.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

En el altar de un pequeño monasterio en Ronda, España, está la mano derecha de Santa Teresa, que sólo logró hallar descanso hasta que acabó la dictadura de Franco, que se la había apropiado porque le traía buena suerte. Con esa mano derecha, Santa Teresa escribió su propia vida, y varios poemas líricos, todos de tema místico-religioso, y el más famoso de los cuales es Vivo sin vivir en mí, cuyas estrofas se han ido turnando con los párrafos de este escrito. Pero también con esa mano derecha escribió el Libro de las fundaciones, en que relata todos y cada uno de los avatares y desventuras que pasó durante los largos años en que viajó por España fundando conventos carmelitas. Relata las disputas con los curas y con las monjas de otras órdenes, con los dueños de los edificios, y las discusiones con San Juan de la Cruz, que la visitó varias veces para oírla y aconsejarla, pues él se dedicaba a hacer lo mismo, en otros pueblos y ciudades, con monasterios para monjes. Las fundaciones nunca fueron fáciles, sea por la burocracia católica o por la envidia de otras prioras y obispos, que no querían creer en el voto de austeridad de Teresa, pues hacerlo era aceptar los extremos de su propia opulencia.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

También en ese monasterio de Ronda, en un frasco de cristal, está el ojo izquierdo de Santa Teresa, con el que tantas veces vio a Cristo, y vio su Dolor, y vio las llamas de Infierno. Estando en Salamanca preparando el convento que allí habría de fundar, San Juan de la Cruz la visitó, y se fueron a charlar un rato. Pero en medio de la charla Santa Teresa entró en rapto, y cuando regresó contó haber presenciado el matrimonio de su alma con la de Dios, experiencia que se dice haber sido la inspiración para La noche oscura del alma, el poema más hermoso de San Juan. En otras ocasiones, en el convento de Ávila en que inició sus votos, tuvo una visión del Infierno, tan temible que la dejó enferma durante meses, sin signos de recuperación. Pero al cabo del tiempo tuvo otra visión, de Cristo, alto y esbelto, al regreso de la cual estaba sana. Así se inauguró el rumor de su santidad.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.

En un relicario en de la misma Iglesia de la Anunciación de Alba de Tormes en que está su torso, está, en un relicario aparte, el corazón de Santa Teresa, el cual, en 1726, el Papa Benito XIII bendijo, otorgándole un día del calendario litúrgico en que desde entonces se celebra el Día de la Transverberación del Corazón de la Santa Teresa, en honor a una visión que tuvo en que un ángel, pequeño y no grande, le traspasó el corazón, como lo había hecho en la Biblia con el de la Virgen María.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Teresa fue santificada relativamente temprano, pero sólo hasta 1970 se le nombró Doctora de la Iglesia, título del que no goza ninguna otra mujer, a excepción de Catalina de Siena. Su obra literaria, una de las más hábiles y profundas de la lengua española, la convirtió en la santa patrona de los escritores, patrono de los cuales es su amigo San Juan de la Cruz. Los restos de Santa Teresa están regados por toda la península ibérica, pero su espíritu sigue entero, sin un solo matiz extraviado, en las páginas de sus memorias, sus visiones y sus versos.


Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.