¿Quién le dio vida a Sherlock Holmes?

¿Quién le dio vida a Sherlock Holmes?

22 de mayo del 2014

Aunque las historias de crímenes y policías ya existían desde que a  comienzos del XIX Wilkie Collins escribió Who killed Zebedee?, la literatura propiamente policiaca, con sus claros parámetros y su estructura clásica de tensión-resolución, no llegó hasta que Sir Arthur Conan Doyle ideara al investigador privado Sherlock Holmes, en Inglaterra, y Edgar Allan Poe ideara al detective Auguste Dupin, en West Virginia. Con los Asesinatos de la calle Morgue, decía Borges, se inauguró el género policial en el cuento, pero el detective que resuelve los casos en los cuentos de Poe está inspirado, entre otros, en Sherlock Holmes.

Pero con Sherlock Holmes, Conan Doyle no inauguró sólo el cuento policial, sino que más o menos conscientemente abrió un camino por el que se habrían de gestar campos enteros del conocimiento. La anécdota es rechazada por algunos que se niegan a admitir que los escritores, incluso los escritores de ficción y de aventuras, puedan tener de vez en cuando alguna buena idea, y que las ciencias sociales hayan aprendido mucho más de la literatura de lo que ellas mismas suelen admitir.

El método con el que Sherlock Holmes resuelve los casos suele llamarse abductivo, ya que es una mezcla, o un punto medio, mejor, entre la inducción y la deducción. Sherlock Holmes siempre busca en los detalles y nunca en los sucesos más escandalosos o evidentes. Esos detalles los encuentra buscando qué está fuera de sitio, proceso que es deductivo porque implica admitir certezas previas sobre el comportamiento de los seres humanos. Pero una vez cree tener suficientes de esos mínimos detalles, infiere la intención del criminal, proceso que en cambio es inductivo. La primera parte de su investigación la hace siempre en la calle, hablando con la gente, entrevistando sospechosos siempre con preguntas que no parecen tener relación alguna con el caso. La segunda parte, famosamente, la hace de vuelta en su apartamento, durante dos o tres días, sin un solo apunte, sólo con su mente y a veces su pipa de opio.

El proceso, mirado con atención, se parece mucho al de la psicología freudiana, que al entrevistar al paciente toma como datos importantes no los que el paciente ofrece como importantes, sino el sinnúmero de reflejos, muletillas y órdenes de palabras que el paciente hace inconscientemente. Con suficientes reflejos ivoluntarios, el psicólogo se da a la tarea de inducir el comportamiento general del paciente, y su verdadera posición frente a los problemas de su vida.

Pero el caso no es en modo alguno una coincidencia: con una diferencia de muy pocos años, cuatro textos aparentemente inconexos salieron a la luz en Europa. La introducción al psicoanálisis, los Aventuras de Sherlock Holmes, un ensayo de un algún ruso sobre el método inductivo y un tratado de diplomática pictórica de un tal Morelli. Otros tantos años les llevó a los respectivos autores darse cuenta de que el método abductivo, entonces aún sin nombre, era el fondo de los cuatro textos: el que Sherlock Holmes usaba para resolver casos ficcionales, el que Freud apoyaba para estudiar pacientes, el que el ruso proponía como una derivación práctica de la inducción, y el que Morelli usaba para atribuir óleos del Renacimiento a sus autores legítimos. Morelli le exigió a Freud el crédito del método que era de su invención. Freud dudó de la autoría de Morelli. Morelli confesó que lo había leído en un ensayo de un ruso. Freud reveló que el nombre del ruso no era más que un pseudónimo de Freud. Y ambos continuaron en silencio sus investigaciones, y a todas esas, Conan Doyle, que al ser un escritor de un género entonces considerado como menor ni siquiera figuraba en las bibliografías mentales de los dos académicos, seguía escribiendo apaciblemente los cuentos en que el método de un detective excéntrico y misterioso, estaba el verdadero origen del método que nos dio el psicoanálisis y la primera catalogación rigurosa de los cuadros de Leonardo da Vinci. Aunque no es la regla general, hay veces en que es la naturaleza la que imita al arte, y no al contrario.