Stendhal

23 de enero del 2011

Desde que la creación literaria se ha vuelto un campo académico y su enseñanza un bien comerciable, los profesores de los consabidos talleres literarios se han dedicado a estandarizar las normas de la literatura cosa de poder justificar un cinco dado a un estudiante, pero sobre todo de poder justificar, en la soledad de sus […]

Stendhal

Desde que la creación literaria se ha vuelto un campo académico y su enseñanza un bien comerciable, los profesores de los consabidos talleres literarios se han dedicado a estandarizar las normas de la literatura cosa de poder justificar un cinco dado a un estudiante, pero sobre todo de poder justificar, en la soledad de sus hogares, frente a sus propios cuentos y poemas, ponerse a ellos mismos un cinco también.

En esa Legislación de la libre expresión, que los dichos profesores han inventado a su antojo y comodidad pero que achacan diestramente a Harold Bloom (responsable de otros crímenes, pero no de éste),  figuran, ente tantas, las famosas “no enumerar” y “no terminar las frases con etc.”, leyes que también los profesores de ciencias sociales han adaptado enérgicamente para poder tener un criterio de calificación que les ahorre la tarea de leer los ensayos poniendo atención. Las enumeraciones de ejemplos o argumentos se pescan al vuelo porque suelen ir sangradas, y para pescar los etc. sólo hace falta buscar el final.

Por eso ya no queda un estudiante que logre colar una lista o un etc. por el detector de metales de los celadores del buen gusto, penoso estado de cosas que no parece tener esperanza alguna. Pero por suerte existe la obra de Stendhal, que habría sacado cero en más de un taller literario. En La Cartuja de Parma, su mejor novela, preciada por su estilo desde el día de su publicación, imitada por cientos de novelistas desde entonces, dice:

Y miraba las montañas, lo picos llenos de nieve, las estrellas, etc.

Y:

Ese estado de aislamiento cruel en que su obstinación insensata tenía sumido al general, debía terminar, etc. etc.

Y no es un personaje el que habla, sino el narrador, que en uno de los momentos más emocionantes de la novela, y más líricos, donde los novios deben separarse, no duda en usar una lista para alcanzar el efecto deseado:

Era necesario que Fabricio, en su destierro a Romagnano:

1. No dejara de ir a misa todos los días…

2. No frecuentara a ningún hombre que pasara por tener ingenio…

3. No se dejara ver jamás en el café…

Tampoco el conde Mosca, en el momento decisivo de su relación con la condesa, duda en ignorar la ley:

Fue así como el conde Mosca le dijo, con la más perfecta simplicidad, a la mujer que adoraba:

-Tengo dos o tres planes de conducta que ofrecer a usted…

1.Renuncio, y vivimos como buenos burgueses en Milán….

2. Usted se digna venir al país donde tengo algún poder…

Y es a través de listas y de unos doscientos o trescientos etc. que Stendhal nos cuenta una de las mejores historias jamás escritas, porque entendía que es el lenguaje el que se tiene que moldear a las exigencias del edificio de la novela, y no el escritor a las del edificio de las buenas letras, hoy en manos de una dudosa junta administrativa.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO