Thomas Hardy

11 de enero del 2011

La obra de Thomas Hardy consta de más de veinte novelones, decenas de cuentos y cientos de poemas, y sin embargo, aunque el reconocimiento que tuvo no fue poco, nunca fue el que se merecía, pues su obra permaneció largo tiempo bajo la sombra de otra obra todavía más grande, que es la del enorme […]

Thomas Hardy

La obra de Thomas Hardy consta de más de veinte novelones, decenas de cuentos y cientos de poemas, y sin embargo, aunque el reconocimiento que tuvo no fue poco, nunca fue el que se merecía, pues su obra permaneció largo tiempo bajo la sombra de otra obra todavía más grande, que es la del enorme Charles Dickens. Por eso su nombre no es tan conocido como el de Dickens, ni su obra tan leída, ni siquiera en Inglaterra. Sin  embargo, si Dickens es el novelista por excelencia de la primera mitad del siglo XX, Hardy lo es sin duda de la segunda mitad, y no son pocos los que lo consideran, en varios aspectos, superior.

Las novelas de Hardy ocurren en una región imaginaria de Inglaterra llamada Wessex, entre el silgo XVIII y el XIX. En su conjunto, conforman un mundo completo, de dimensiones prácticamente inconmensurables, en que los lazos más sutiles unen, por ventura o por sangre, incluso a los personajes secundarios de sus novelas. De ese modo, leer una novela de Hardy es como haberse mudado con la familia y todos los trastos a una casita en Wessex, desde donde iremos conociendo, poco a poco, las gentes y las historias del lugar. Y como buena novela del siglo XIX, son las historias las que habrán de dejarnos sin aliento.

Porque Hardy tiene una virtud que no tiene Dickens, y es la de atraparnos sin retorno en las primeras tres páginas. En El alcalde de Casterbridge, un hombre llega a un improvisado paradero en el camino, exhausto después de haber andado días enteros. Viene acompañado de su aún más exhausta mujer, que ha hecho el mismo trayecto con un bebé de brazos. El hombre se gasta sus últimos peniques en sucesivas jarras de cerveza la cuales, cayendo en su estómago vacío, no tardan en embriagarlo. La mujer trata de frenarlo, pensando en las necesidades del bebé. El hombre se enfurece y en un acto de soberbia, pone en venta a su mujer entre los presentes, quienes, suponiendo un acto de embriaguez, lo ignoran. Pero el hombre está hablando en serio, y se inicia la subasta. Un marinero ofrece cinco libras esterlinas, como por probar al hombre, que sin dudarlo le recibe las libras y despacha a la mujer. El marinero se la lleva, y el hombre la ve marcharse mientras pide más cerveza. Y  aún no hemos llegado a la tercera página.

En Tess de los D’Urbervilles, un campesino que ya no recuerda cuándo empezó a hundir la cabeza en un barril de whisky para olvidar las penurias que la vida le ha deparado, baja en carreta por un camino, y se cruza con un cura que va en sentido contrario y que lo detiene. El cura le pide que se ponga la cabeza de lado, a lo que el borracho asiente, y al ver el perfil de la cara el curita queda súpito. “Usted es el perdido heredero de una de las familias más ricas del condado, no me cabe la menor duda. Vaya a la mansión de los D’Urbervilles a reclamar lo que es suyo”. Y así, en dos páginas, comienza la terrible y dolorosa historia de los pobres que se vuelven nobles sin volverse ricos.

Y esta es la forma de todas las novelas de Hardy: un inesperado mazazo en la cabeza seguido de trescientas páginas destinadas a restaurarnos del golpe, experiencia literaria que no vamos a encontrar en ninguna página de Dickens.

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