Tristan Tzara

16 de abril del 2011

Como tantos otros rumanos más o menos contemporáneos, Mircea Eliade, el antropológolo, Emil Cioran, el filósofo, Martha Bibescu, la novelista, Tristan Tzara el artista, abandonó su país tan pronto como pudo para no volver jamás. Durante el comunismo, es decir hasta hace veinte años, en Rumania se los veía oficialmente como unos desertores de la patria, o en el mejor de los casos, unos afrancesados, sin entender que las razones por las cuales ellos y miles de otros rumanos talentosos se marchaban en el primer barco eran en una y otra ocasión consecuencia directa de alguna decisión del gobierno. Rumania tuvo durante todo el siglo XIX y casi todo el siglo XX gobiernos que siempre se las arreglaban para estar del lado incorrecto de las ideas políticas, y sobre todo, para estar más al extremo que sus extremistas representantes. Así, la Rumania decimonónica fue más pro-austríaca que Hungría, la Rumania Nazi fue más antisemita que Hitler, la Rumania socialista más totalitaria que Stalin. Y los artistas, los pensadores y los escritores, como es el caso en estos regímenes, siempre llevaron las de perder.

La familia de Tristan Tzara era judía, y por eso, durante toda su juventud, Tzara no fue ni siquiera un ciudadano rumano, por más que había nacido en Moineşti, del lado oriental de los Cárpatos, en el corazón del país. Los judíos, por ley, no eran ciudadanos, sino invitados, y por supuesto, invitados no deseados. A pesar de todo, Tzara decidió estudiar en Bucarest al salir del colegio, y fue uno de los rumanos de su generación que se demoró más en emigrar, esperándose hasta los veintiún años. En la universidad fundó un par de revistas con poetas y adeptos del simbolismo, que era la corriente de vanguardia en esa época. Las revistas pasaron por debajo del radar de la censura, pues su distribución era mínima. En 1915, sin embargo, Tzara y varios de sus colegas se mudaron a Suiza, y aunque su salida no fue precisamente un exilio, el hecho de que hayan decidido irse cuando el resto de Europa estaba en plena Primera Guerra Mundial, lo dice todo.

En Suiza Tzara conoció a Hugo Ball, y es esa amistad la que habrá de marcar su carrera artística el resto de su vida. Como Ball había alquilado el Cabaret Voltaire, el grupo de artistas y poetas alemanes, austríacos y rumanos se lo apropiaron en las noches para hacer sus presentaciones, que, a medida que la guerra avanzaba, se hacían cada vez más delirantes, más incomprensibles y más impresionantes. La unión de los dadaístas y los surrealistas en París, algunos años después, es uno de los hitos del arte del siglo XX, pero el movimiento Dada en realidad nació en Suiza, en el Cabaret de Hugo Ball.

La historia de Tristan Tzara en París es más que conocida, y además es la misma historia de todos los surrealistas, de los miembros del grupo Oulipo, de Alfred Jarry, de Apollinaire, de André Breton, que en 1924 escribió el Manifiesto Surrealista, dando fin al movimiento Dada, del que algunos miembros tomaron camino propio y otros se unieron a la vanguardia francesa. Tzara trabajó con casi todos los más importantes miembros del arte del momento, escribiendo poesía, pintando y haciendo instalaciones.

Hacia el final de los treinta, sin embargo, la situación política de Europa se había tensionado y polarizado a un extremo que hacía que el arte surrealista, que por más de ser una expresión directa del sinsentido de la guerra era sin duda una forma de escapismo, dejara de ser suficiente como modo de intervención en los sucesos políticos y sociales. Muchos artistas de esa época, de todos los países europeos, tomaron un camino nuevo, dando a su arte un objetivo y un contenido políticos contundentes, y participando ellos mismos, a veces incluso con las armas, en las guerras que confrontaban a los europeos. Cuando estalló la Guerra Civil en España, Tzara ya era un comunista convencido, miembro del partido francés, y a España se marchó a luchar con los republicanos. Allí los poetas de la generación del 27 ya estaban haciendo otro tanto, y fue en las reuniones clandestinas de su bando en que Tzara conoció a Rafael Alberti, a Pedro Salinas, a Miguel Hernández. Recién acabada la esa guerra, Hitler inició la suya, que tan funesta habría de ser para el país deTristan Tzara, quien pos supuesto, dedicó todo su tiempo a hacer lo que un artista podía hacer por detener el nazismo, que no era mucho.

Cuando Hitler cayó, Tzara, que había planeado retomar la actividad artística, ya estaba demasiado inmiscuido en la política, demasiado comprometido con la causa de la izquierda. Siguió pintando, escribiendo y organizando grupos y movimientos, pero muchos concuerdan en que la producción de esta época ya estaba irremediablemente desvinculada de la época Dada. Y cuando Tzara murió, en su casa de París en el 61, era difícil distinguir si los muchos homenajes que le hicieron eran homenajes a un artista o a un activista político.

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