Vicente Huidobro

2 de enero del 2011

Durante mucho tiempo y en muchas revistas literarias de Europa y América Latina, escritores e intelectuales sostuvieron la disputa acerca de quién era el poeta más grande de Chile, si Pablo Neruda o Vicente Huidobro. Visto desde hoy, es claro que la contienda la ganó Neruda, a juzgar por la periodicidad de sus publicaciones y […]

Vicente Huidobro

Durante mucho tiempo y en muchas revistas literarias de Europa y América Latina, escritores e intelectuales sostuvieron la disputa acerca de quién era el poeta más grande de Chile, si Pablo Neruda o Vicente Huidobro. Visto desde hoy, es claro que la contienda la ganó Neruda, a juzgar por la periodicidad de sus publicaciones y los estudios sobre su obra. Sin embargo, como lo afirmaron en su época tantos artistas, desde Carpentier hasta Picasso, la obra de Huidobro será apreciada sólo cuando se la entienda completamente, lo cual puede tomar largas décadas. Y es que más allá de si fue mejor o peor poeta que Neruda, ya que en últimas el juicio es subjetivo, la poesía de Huidobro es sin duda mucho más difícil.

Esto se explica fácilmente si se mira con atención la vida artística de Huidobro, que transcurrió, desde el principio hasta el fin, en el corazón de las vanguardias artísticas europeas. La lista de amistades célebres de Huidobro los incluye a todos, desde Borges hasta Apollinaire, pero lo relevante no es la importancia de sus amistades, sino el hecho de que con todas y cada una de ellas Huidobro mantuvo arduas correspondencias e hizo colaboraciones en publicaciones, manifiestos, declaraciones políticas, exposiciones y creaciones artísticas conjuntas.

Producto de ese apabullante comercio es la obra poética de Huidobro, que a primera vista es surrealista, a segunda política, a tercera metafísica, y así sucesivamente hasta abarcarlo todo. Un ejemplo de su poema más importante da una idea de sus dimensiones; es la primera  la útima parte de su poema Altazor, que narra el viaje de un paracaidista o un ángel a lo largo de su caída:

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

(…)

Campanudio lalaí

Auricentro auronida

Lalalí

io ia

i i i o

Ai a i ai a i i i i o ia

Este poema, que para muchos no es más que un relajo aleatorio, no tiene en cambio nada de aleatorio, y es en cambio una de las obras más ambiciosas de la poesía latinoamericana, comparable sólo con el Finnegans Wake de James Joyce.

Tales alturas poéticas, sin embargo, no le ahorraron al poeta el tormento de tener que lidiar con los celos, los egos y las preocupaciones banales de los escritores de su época, lo que incluye la ya mencionada disputa con Neruda y sobre todo la larga pelea con intelectuales secundarios como el español Guillermo de Torre, cuñado de Borges, que tanto tiempo les hizo desperdiciar tanto al poeta chileno como al ilustre ciego. Y es que no hay nada más peligroso que una persona obligada por su profesión a entender la literatura, y que no la entiende. Pero Huidobro entendía esto, y por eso logró no prestar más atención a sus detractores que la necesaria para terminar una obra que hoy el mundo le agradece.

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