William Makepeace Thackeray

24 de diciembre del 2010

Thackeray fue uno de los escritores favoritos de la sociedad victoriana, que lo tuvo como el mejor de los discípulos de Charles Dickens y el mejor de los maestros de Thomas Hardy, que le puso una escultura en su honor en el rincón de los poetas en Westminster Abbey, que le hizo un entierro con […]

William Makepeace Thackeray

Thackeray fue uno de los escritores favoritos de la sociedad victoriana, que lo tuvo como el mejor de los discípulos de Charles Dickens y el mejor de los maestros de Thomas Hardy, que le puso una escultura en su honor en el rincón de los poetas en Westminster Abbey, que le hizo un entierro con más de siete mil personas en Kensington Gardens, que lo invitó a Alemania a conocer a Goethe y que además, y por encima de todo, leyó uno que otro de sus libros.

Esas cortesías Thackeray las pagó con diarios de viajes por Irlanda y Francia, y novelas muy formales y apropiadas como Pendennis y The History of Henry Esmond, en que retrata con fidelidad, y con añadido humor, la vida de esos ingleses aburridos de ir a París y de leer a John Bunyan.

Pero no todas las novelas de Thackeray son somnolientas como un vals de salón, porque Thackeray, secretamente,  no era del todo un inglés victoriano. Había nacido y crecido en Calcutta, hijo de funcionarios de la British East India Company, y aunque lo llevaron de vuelta a Inglaterra relativamente temprano, había alcanzado a desarrollar un irreversible gusto por la aventura, el despelote y el curry picante. Por eso procuró dejar notablemente inconclusa su carrera en letras en la universidad de Cambridge, y dedicarse a escribir novelas igualmente notables.

En éstas, cosa de contrarrestar el efecto de las otras, Thackeray se dedicó a burlarse de la sociedad que tan amablemente lo adulaba. Entre estas está The Luck of Barry Lyndon, de la que Kubrick hizo una magnífica versión en cine, que narra la historia de un campesino irlandés que hace lo posible por meterse a la clase alta inglesa, y va entendiendo, a medida que el sacrificio necesario aumenta, lo absurdo de su cometido. De tema similar es Vanity Fair, por lejos su mejor novela, en que la pícara y despierta Becky Sharp manipula a todo el que se le cruza con el único objetivo de ascender en la escala social, y lo va logrando aprovechándose de la estupidez de la aristocracia.

Estas novelas, que son las que hoy se leen, y las que en su época apreciaron sólo los lectores de mejor gusto, como Henry James, son las verdaderas radiografías de la sociedad victoriana, y están escritas con el tono y el sarcasmo del mejor curry picante.

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