Wolfgang Amadeus Mozart

27 de enero del 2011

Esta viola que sin gracia tango -de virtuosismo y técnicas ayuno- óptimo la tañera antaño uno: Mozart Wolfgango. León de Greiff, Secuenciecilla. La corta y pintoresca vida de Mozart, tan llena de leyendas tristemente falsas como de historias tristemente verdaderas, ha hecho más por opacar la importancia real de su obra que por sacarla a […]

Wolfgang Amadeus Mozart

Esta viola que sin gracia tango
-de virtuosismo y técnicas ayuno-
óptimo la tañera antaño uno:
Mozart Wolfgango.
León de Greiff, Secuenciecilla.

La corta y pintoresca vida de Mozart, tan llena de leyendas tristemente falsas como de historias tristemente verdaderas, ha hecho más por opacar la importancia real de su obra que por sacarla a la luz. Sin embargo, no cabe duda que ha divertido e inspirado a cientos de personas que consideran genial todo lo que no comprenden y que consideran el maltrato infantil la cuna de todo talento.

También es cierto que le ha hecho la vida más fácil a cientos de periodistas que se contentan con poner, una vez al año en el día de su natalicio, que el padre le daba palo, que tocaba con los ojos vendados y que tenía un prodigioso sentido musical. Tal es el cariño de los periodistas por Mozart que no hace tanto un cierto Aristóteles del periódico El Tiempo le atribuyó la Quinta Sinfonía de Beethoven, seguro considerando que como a Mozart el padre le daba rejo, se la merecía mucho más.

Pero no son sólo los Aristónteles que pululan en los periódicos y revistas de este mundo los que se han beneficiado de la pintoresca vida de Mozart, pues no hay que olvidar a esa parranda de ladrones que lleva más de diez años convenciendo a madres y padres que con ponerle al niño un disco de Mozart se ahorran el trabajo de educarlo, y así es que esos inútiles padres y madres, que no tienen menos culpa en el asunto, someten a sus hijos durante tres días al tal “efecto Mozart”, los plantan enfrente a una organeta, les vendan los ojos, y después los insultan por no ejecutar al instante la Quinta Sinfonía, que no tiene piano, y QUE ES DE BEETHOVEN.

Pero ese, para mal y no para bien, es lo que esta triste época ha decidido preservar de la obra de este compositor austríaco, que aunque a veces estaba borracho, a veces de fiesta, a veces sobándose las manos adoloridas tras los azotes del padre, también tuvo que estar una que otra tarde de lluvia, me atrevo a decir yo, sentado estudiando, pensando y componiendo. Pero hoy el criterio ambiente, criado por el efecto Mozart, a la cultura le llama entretenimiento, y a los comerciantes de la desgracia ajena les llama periodistas, y como dice mi abuela, ya nada tiene nada, y así no vale la pena decir nada sobre Mozart más allá de que tenía un prodigioso sentido musical, que el padre le daba palo, que era sordo, que a los diez días de nacido tocaba a la vez la dulzaina y el contrabajo mientras montaba en un monopatín con los ojos vendados por las calles de Australia, y recomendar, para el día de hoy, escuchar su afamada y aclamada Quinta Sinfonía.

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