Así nos robaron falsos policías

4 de diciembre del 2013

Testimonios de dos personas que en la última semana fueron víctimas de la delincuencia.

Robo, atraco, arma, Kienyke

Hace poco, el secretario de gobierno, Guillermo Alfonso Jaramillo, cuestionó las cifras de seguridad suministradas por la Policía Nacional en el 2012. Según el funcionario hubo más atracos y homicidios que los reportados por las autoridades.

El informe pasado y entregado por las autoridades dice que en el año pasado se presentaron 8.072 lesiones comunes, 2.275 hurtos, 1.802 hurtos de motos y 14.985 personas; mientras que el secretario Distrital dice que las cifras subieron y en realidad se presentaron 12.097 lesiones comunes, 2.023 hurto de vehículos, 1.567 hurto de motos y 18.584 robos a personas.

A pesar de esto, el Distrito destaca su labor en materia de seguridad, pero la sensación ciudadana dice lo contrario. A continuación, dos casos de robos ejecutados por falsos policías en menos de una semana. Las víctimas: dos integrantes del equipo periodístico de Kienyke.com.

“Asaltado en mi buena fe”. 

Vivo en el sur de Bogotá, específicamente en el barrio Libertador, que colinda con el Bravo Páez, Quiroga y Centenario. Una zona muy popular que desde hace unos años es azotada por grupos de delincuencia común.

Tengo 29 años y si bien he tenido que presenciar atracos, nunca había sido yo la víctima. A pesar de estar en un sector peligroso, siempre he vivido allí sin problema. Pero el pasado lunes todo cambió.

Esta es la historia de una nueva modalidad de robo en la que los asaltantes juegan con tu mente y, sin necesidad de sacar un revólver, te obligan a entregar todas tus pertenencias.

Como no es usual, salí de mi casa a las 5:30 A.M., ya que mi horario de ida suele ser las 6:30 de la mañana. Ese día la calle estaba vacía. Me despedí un poco afanado porque mi turno laboral comenzaba a las 6:30 de la mañana y mi oficina se halla en el norte de la ciudad.

Debo tomar dos transportes públicos. El primero a tres cuadras de mi hogar y el segundo a unas cuadras de mi empleo. A solo unos metros de llegar a la vía principal, advertí que una moto se acercaba.

–Buenos días, ¿usted me puede informar donde consigo a la familia Rodríguez? –me dijo uno de los motociclistas, un moreno de acento costeño.

Respondí inmediatamente que no sabía quiénes eran.

–Los buscamos pues sabemos que son los mayores expendedores de marihuana y bazuco en el sector. Venimos armados, ¿usted qué hace?

Lo primero que se me vino a la mente fue decir que era celador.

–Usted no tiene pinta de celador, ¿está armado?

El miedo entró a la conversación. Solo habían pasado dos minutos y comencé a suponer que era un grupo de limpieza social en búsqueda de ladrones y drogadictos. Les dije que no llevaba ningún arma.

–Muéstreme su identificación. Somos agentes de policía encubiertos y venimos armados –recalcó el acompañante del motociclista, que también tenía acento costeño.

Saqué mi billetera y le di mi cédula. Quizás  el mayor pretexto que encontraron para hacerme una requisa. El ‘pato’ se bajó de la moto y dijo que me quedara quieto pues iban a revisar mi maleta.

–¿Por qué tiene una maleta dentro de otra? –preguntó el supuesto agente de policía encubierto. Respondí que era mi almuerzo y que por favor no me fuesen a matar. Los delincuentes, advirtiendo mi pánico, me dijeron que “le bajara un cambio a los nervios”.

Cuando esculcaron mi maleta y me requisaron de pies a cabeza entendí que iban a sacar un arma.

–Sáquese el celular del saco, deme de nuevo la billetera y bájese del reloj –dijeron.

Ahí entendí que querían robarme.

Se llevaron $50.000 pesos, mi reloj y un celular con menos de un mes de uso. Me quedo con la mirada y la última frase de ese individuo. –No vaya a mirar hacia atrás o si no lo mato –dijo. La situación pudo ser peor ya que mi madre estaba pendiente de mi salida y se dio cuenta de todo desde la distancia. Cuando se volaron los rateros, ella estaba gritando y pidiendo ayuda. Pudieron hacerle daño. Fueron cinco minutos que duraron una eternidad. Mi consejo para todos es uno solo: Estén atentos.

Robo, Kienyke

Un robo psicológico

Eran las seis de la mañana. Caminaba por la Calle 23 N con Carrera 68 C, a pocas cuadras de mi destino: la terminal de transportes de El Salitre, en el occidente de Bogotá.

El frío de esa mañana era diferente, de hecho la persona con la que caminaba lo comentó frotándose las manos segundos antes de que empezara a fraguarse la historia de un robo psicológico.

De nada sirvió la información previa que teníamos en ese sentido.

Meses antes escuché una noticia en la que se advertía de que falsos policías organizaban retenes para robar en el occidente de Bogotá, pero en el momento de los hechos mi mente quedó en blanco y la inocencia fue bien aprovechada por los delincuentes.

Un minuto después de las seis de la mañana, un carro plateado marca Aveo se detuvo en la esquina de la Calle 23. Con voz autoritaria, uno de los dos hombres que se movilizaban en el vehículo espetó una orden mientras mostraba una identificación: “acérquense por favor, Policía Nacional”.

Robo, Kienyke

Este fue el sitio en el que se registró el robo. A pocas cuadras de la terminal de transporte de El Salitre. 

Sin bajarse del carro y desde su ventana de copiloto, el hombre que dijo ser de la Dirección de Investigación Criminal e Interpol, DIJIN, mostró un carné de policía; quise revisarlo más de cerca pero el sujeto elevó su nivel de intimidación y con movimientos bruscos evitó que tomara el documento en mis manos.

A las 6:05 a.m., una vez terminó de identificarse, empezó un laborioso trabajo de persuasión a través de la palabra.

Con la premura que sugería la situación, el falso policía vestido de civil aseguró que estaban en una operación en cubierto porque en la zona se había reportado un robo cometido por un hombre y una  mujer. Nosotros (mi acompañante y yo) éramos sospechosos. Necesitaban comprobar que nuestras pertenecías no eran las mismas que se habían robado.

A esta altura no había nada que hacer, el robo era inevitable.. A las 6:08 a.m. ‘firmábamos’ nuestra sentencia de hurto.

Mientras este sujeto explicaba el supuesto motivo de la intercepción, el conductor del vehículo se reportaba y expresaba una serie de órdenes por radio teléfono: “estamos en la zona”, “6:10am vamos a requisar a un par de sospechosos”; “sí, mi mayor”; “no, mi mayor”, entre otras, eran las palabras que el falso policía trasmitía por radio.

Entre tanto, su cómplice continuaba con la labor de persuasión, pero ahora hablaba más rápido, con más autoridad y contundencia. Pidió documentos y exigió explicaciones de nuestra presencia en ese sector.

A la escena llegó una tercera persona (solo con el tiempo nos dimos cuenta que era un cómplice), le pidieron el celular, el dinero y los documentos.  Accedió y lo entregó todo, esto nos dio confianza, pero claramente intimidados por la falsa autoridad, cedimos a sus peticiones, nos dejamos convencer. La paranoia nos convirtió en presa fácil de la delincuencia.

El cómplice dijo no tener cédula, por esta razón el falso policía le ordenó subir al carro; tenía que llevarlo a la estación para verificar sus antecedentes.

Pese al miedo, la duda era evidente y ante esta sensación mi acompañante reaccionó e intentó rescatar su celular. El falso policía lo había puesto junto al dinero en la consola del automóvil para que su compañero “lo investigara”.

Mi reacción fue similar, también intenté recuperar las pertenencias pero esta vez chillaron las llantas del Aveo. Mientras aceleraban a fondo, yo forcejeaba con ellos. Fueron apenas unos metros pero parecieron kilómetros. Aterricé en el pavimento y sufrí varios raspones.

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