Así vive un ‘dealer’ estrato seis

Así vive un ‘dealer’ estrato seis

26 de Junio del 2014

En una sola noche Alejandro Puertas* puede ganar hasta un millón de pesos. Se dedica a vender drogas sintéticas en los bares de lujo de Bogotá. Sus productos más frecuentes son éxtasis, ácidos y ahora incursiona en un nuevo producto: el 2CB, la nueva droga de diseño de la élite bogotana.

El mejor momento de las ventas de ‘Alejo’ comienza los sábados a partir de las tres de la tarde. Sus clientes van desde universitarios hasta amas de casa.

Su ropa no es ostentosa , según él, para no ‘boletearse’: jean azul sin marca evidente, buzo del mismo color y una camisa blanca con estampado. Se moviliza en un Chevrolet Optra, también azul. Dice que no le gusta llamar la atención y en la calle pasa como cualquier joven universitario.

Alejandro, de 31 años, empezó a vender éxtasis a los 23, cuando estudiaba en la Universidad Javeriana. Confiesa que todos los días vende droga, pero sus mejores días son los fines de semana.

Antes de convertirse en ‘dealer’, ‘Alejo’ fue consumidor. Mientras enciende un cigarrillo en la zona de fumadores de un local cercano al Parque de la 93, al norte de Bogotá, asegura que ese es ahora su único vicio.

–Probé pepas (éxtasis), pero soy el vendedor, no el que mete. Esa es una regla de oro en este negocio.

Cuando estudiaba comunicación social con énfasis en publicidad en la Javeriana, conoció a un compañero que lo indujo primero a las rumbas electrónicas, después al éxtasis y ‘trips’, o más conocidos como ácidos (LSD).  Su compañero lo presentó con un señor que tenía un laboratorio en el Meta y se convirtió en su distribuidor.

–Me empecé a ganar hasta cuatro millones mensuales y eso es mucho dinero para un estudiante universitario.

‘Alejo’ no tenía necesidades económicas. Su familia le pagaba la universidad y le daba dinero para su manutención; sin embargo, para él era muy poco.

Pronto dejó de interesarse por los estudios y abandonó la carrera en cuarto semestre. No volvió a saber de su amigo, quien lo ayudó a volverse ‘dealer’. Era familiar de su primer distribuidor, es todo lo que sabe de él. “Eran conocidos y se tenían mucha confianza. De eso me di cuenta la única vez que viajamos al laboratorio”, dice Alejandro Puertas.

“Los precios dependen de cada bolsillo, el sitio de venta y la calidad del producto”. Si es un sitio de música electrónica, en Chapinero o Usaquén, puede costar el doble de lo que cobraría si la venta es en su casa o en la calle.

En cuanto al éxtasis, explica que el precio oscila entre 20 mil y 50 mil pesos. Además existen diferentes tipos: con forma de granada,  hongo y otras redondas con el logo de Heineken, entre otras.

Extasis, drogas

Otras veces las ofrece como de origen ruso, holandés o gringo, para darle más “caché” a su negocio, aunque en realidad no son importadas sino fabricadas en pequeños laboratorios clandestinos que pasan inadvertidos por las autoridades.

‘Alejo’ explica que la calidad de las pepas depende de que no estén mezcladas con medicinas psiquiátricas, como bianzedicipinas o en el peor de los casos, con cafeína o ketamina, un sedante veterinario que también es vendido como psicoactivo.

–Las mejores son las granadas, pero yo no las fabrico. Solo las vendo y no tengo nada que ver en su preparación-. Al preguntarle sobre si él rebaja sus productos, responde con firmeza y algo contrariado, que sus ‘pepas’ y ‘trips’ son de buena calidad.

¿Sabe si alguien ha muerto de sobredosis por la droga que les vende?

No, cada quién es responsable de su salud y su vida. No obligo a que nadie consuma ‘pepas’ o trips. La mayoría de los que meten éxtasis son conscientes de que no pueden mezclar trago. Les puede dar un infarto, pero no sé si alguno ha muerto.

¿Ha tenido problemas con las autoridades?

Sólo una vez estuve detenido pero logré salir a los tres días. Como apenas me habían cogido como con cuatro pepas y dos ácidos, dije que era consumidor. Procuro andar lo menos cargado posible.

Cuando fue arrestado Alejandro tenía 25 años, no tenía antecedentes y eso le ayudó a evadir la justicia sin mayores inconvenientes.

Aunque sus padres, profesores jubilados y bastante conservadores, se enteraron de sus andanzas, pensaron que era drogadicto.  Jamás se imaginaron que se había convertido en un expendedor.

“Ellos pensaban que era consumidor y me obligaron a entrar a Despertares2”, dice Alejandro en referencia a un centro de rehabilitación campestre ubicado a las afueras de La Vega, Cundinamarca. Allí estuvo tres meses, aunque su tratamiento estaba planeado para un semestre. “Había consumido las drogas que vendía, pero nunca tuve actitudes de drogadicto”,  asegura.

En el centro de rehabilitación trató de tener buena actitud pero no se sentía igual que sus compañeros. Según Alejandro sus historias eran muy distintas. “Ellos –dice– hacían cualquier cosa por droga pero yo puedo pasar varios meses sin consumir. No pierdo el control, no me pongo a robar y puedo seguir vendiendo”.

Pese a las terapias de grupo y trabajar en el programa de los doce pasos (diseñados para los adictos), tres meses después de salir de rehabilitación volvió a vender drogas. “Es difícil cambiar cuando ya te acostumbraste a ganarte la vida de cierta forma. Traté de cambiar pero no sabía hacer nada más. No terminé mi carrera y de alguna forma me independicé. Mis papás juran que hago trabajos freelance en diseño”.

Desde hace dos años ‘Alejo’ contrató a dos jóvenes, de entre 20 y 23, casi de la misma forma que él entró en el negocio. Es decir, son estudiantes universitarios y con gusto por la música electrónica. Dice que uno estudia en la Universidad Santo Tomás y el otro en la Universidad Javeriana. Los conoció en una fiesta electrónica en el Parque Jaime Duque. Después de tratarlos por cierto tiempo, notó que ellos tenían ‘cojones’ para entrar en el negocio.

“No me sirve que sean locos y ‘drogos’ porque se me acaba la mercancía y no me responden con el dinero”, cuenta. Prefiere a quienes son buenos estudiantes y les gusta divertirse. Sólo deben tener un requisito: ambición. Tener varios distribuidores de confianza le permiten no llamar la atención de las autoridades.

Según ‘Alejo’ en varias universidades privadas existen estudiantes que pese a que no les falta nada, tampoco les sobra y les gustaría tener poder adquisitivo mientras terminan sus carreras (aunque muchos abandonan los estudios). Este tipo de jóvenes son como carne fresca para la venta de drogas sintéticas. Así lo confirmaron las autoridades.

¿Qué dice la policía?

Desde mediados de 2013 la autoridades están tras la pista de The System, un grupo de jóvenes de estratos altos a quienes les gusta las rumbas estrambóticas y además son usados por los carteles de la droga. Por ser “niños bien” no llaman la atención de las autoridades, sin embargo, pueden ser efectivos a la hora de vender debido a sus poderosos contactos e influencias.

Para un oficial de la dirección de Antinarcóticos, que prefiere mantener en reserva su nombre, Chapinero es una de las localidades más afectadas por la venta de drogas de diseño. Además aseguró que han encontrado jóvenes de entre 16 y 24 años,  quienes no tienen la típica apariencia del ‘jibaro’ de barrio, a las entradas de establecimientos vendiendo drogas, gracias al trabajo de inteligencia o policías que se hacen pasar por consumidores.

Según el oficial estos expendedores venden drogas en los apartamentos para no despertar sospechas. Los ‘narcouniversitarios’ pueden ganar hasta 10 millones de pesos a la semana.

‘Amanecederos’, los preferidos

Estos sitios de rumba, que infringen la norma de venta de licor hasta las tres de la mañana, amparados en la figura de clubes privados o asociaciones laborales, entre otros, son los preferidos para la venta de este tipo de alucinógenos.

El 2CB, el nuevo negocio

Después del cierre de establecimientos como White and Black, Le Club, Da Vinci y La Trinchera, la policía ha detectado una nueva y peligrosa droga de élite:  2CBa, que sin duda es más lucrativa: un kilo puede costar hasta 90 millones de pesos.

Al preguntarle a ‘Alejo’ si también ofrece esta nueva droga de diseño, confiesa que un solo gramo puede costar entre 120 mil y 150 mil pesos. Sin embargo, es difícil de conseguir un contacto que la produzca. También genera un poco de miedo entre sus clientes. “No sé exactamente lo que produce, pero puede ser un viaje muy bravo. Es algo nuevo y por eso toca tener cuidado”.

Los clientes y la doble vida

La mayoría de los clientes de Alejandro son universitarios, pero con regularidad lo llama una mujer casada que busca combatir el tedio de su vida cotidiana con los productos que él vende. Esta clienta recibe la mercancía en su propia casa por un cargo extra de 20 mil pesos, es muy joven, está casada con un hombre mayor que la controla demasiado, por eso no puede salir a buscar las drogas que consume.

‘Alejo’ conoce esta y otras historias, pero todas se mueven en el círculo de los negocios. Ningún cliente es amigo suyo. Para comprarle algo, el cliente debe ser referido por otro cliente. Nada se deja al azar. Alejandro no le fía a nadie. De hecho lleva una vida doble. Para sus clientes es un ‘dealer’, para su círculo más íntimo es un diseñador que se gana la vida como diseñador freelance.

*El nombre fue cambiado a petición de la fuente.