La mujer que estafó a más de “cinco batallones”

La mujer que estafó a más de “cinco batallones”

6 de Julio del 2015

Hace algunos meses varios militares, policías y civiles participaron en una fiesta ofrecida en la casa de Ingrid Johanna Carvajalino Barbosa, que entre whisky y aguardiente celebraba su ascenso al rango de mayor del ejército.

La mayoría de invitados, además de ser amigos de la homenajeada, tenían algo en común: todos, sin que lo sospecharan, eran víctimas de la nueva mayor, que hoy está tras las rejas de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá. Lea también: Buscaban empleo en cruceros y fueron estafados.

Carvajalino nunca perteneció al ejército ni a ninguna otra fuerza armada. Pero fue capaz, según las investigaciones, de estafar a militares, policías y civiles, en total más de 600 personas. Las cifras de sus fraudes alcanzarían los mil millones de pesos. Ingrid Johanna, parafraseando la canción de Helenita Vargas, habría estafado a más de cinco batallones.

La fiscalía le imputó a Ingrid Johanna, de 34 años, los delitos de estafa agravada en concurso homogéneo y sucesivo, utilización ilegal de uniformes e insignias, usurpación de funciones públicas, falsedad personal, amenazas personales y abuso de confianza. Ella, ante el juez, solo aceptó los dos primeros. Lea también: El falso cura que estafó más de 100 millones de pesos.

Después de dejar al cuidado de su madre a sus tres hijos en Ocaña, Norte de Santander, de donde es oriunda, empezó a recorrer el país en busca de futuro, lo encontró años después al lado de un hombre que sí era cabo del ejército y con el que mantuvo una larga relación sentimental.

Cuando el uniformado llevaba a su esposa a reuniones sociales o a eventos relacionados con su oficio Ingrid empezó a presentarse también como militar. Al parecer ahí empezó su afición por simular ser parte del Ejército Nacional. Lea también: Las 27 estafas de un hombre que vende cruceros.

Con el paso del tiempo, la mujer se dio cuenta que el uniforme abría puertas y oportunidades y sobre todo generaba confianza, circunstancia que empezó a aprovechar.

Gracias a la cercanía que tenía con la milicia aprendió con facilidad el dialecto y costumbres militares. Sus primeras víctimas fueron algunos civiles a quienes les cobraba dinero por trámites ante la institución militar que nunca llegaron a concretarse.

Años después Ingrid Johanna compró un uniforme militar, insignias de subteniente y una placa con su primer apellido: Carvajalino. A los ojos de los demás ella era y se hacía llamar la subteniente Carvajalino y decía que trabajaba en el área de recursos humanos del ejército.

Uniformada lograba ingresar a las guarniciones militares. Puso en práctica su facilidad para hacer amigos. En cada batallón recopilaba información personal de las personas con las que hablaba y de algunos amigos de ellos. Poco a poco creó una basa de datos interesante para su cometido.

Fuerzas armadas

Le decía a los militares que tenía opciones de ayudarlos en varios aspectos que mejorarían su calidad de vida personal y laboral. Muchos le creyeron.

“Esa mujer tiene un don de convencimiento muy grande. Habla y habla y habla y se le cree. Sabe lo que está ofreciendo”, dijo un patrullero de la Sijin que cayó en su engaño.

La ‘subteniente’ Carvajalino ofrecía tramitar cursos en el exterior para oficiales y suboficiales, tramitar ascensos con rapidez, prometía traslados y otros servicios como tramitar viviendas de interés social  para civiles y militares; esta era la estafa con la que más ganaba ingresos, ya que lograba quitarles en promedio entre 10 y 30 millones de pesos a cada grupo familiar.

Doña María y su esposo, padres de un militar, quienes estaban presentes en la audiencia contra la estafadora, también fueron víctimas de Carvajalino. A ellos, según lo narró doña María, les quitó 12 millones de pesos. La, en ese momento, capitana Carvajalino contactó al joven militar por Facebook y después de hacerse amiga de él y de conocer a sus padres los convenció para que le dieran el dinero, con el que ella les aseguraría un apartamento con la caja de vivienda militar.

Ingrid Johanna no se quedó en el rango con el que supuestamente inició su carrera militar. A medida que pasaban los años fue subiendo de rango, tal y como si estuviera realmente en la fuerza. Cada cuatro o cinco años compraba otras insignias, otro kepis, estrenaba uniforme y con una reunión que se convertía en fiesta celebraba su ascenso. Así pasó a ser teniente, capitán y mayor. Este último grado lo celebró a comienzos de 2015.

Las autoridades y las investigaciones presumen unas 600 víctimas. Pero Carvajalino estafaba desde 2006, fueron nueve años en los que visitó guarniciones militares de varias partes del país con el fin de obtener más víctimas. En promedio a cada una de sus víctimas le cobraba entre 300 mil pesos y dos millones de pesos.

También se hizo íntima amiga de oficiales y personas con altos ingresos, a quienes les solicitaba préstamos por los que nunca respondió.

Ingrid Johanna, según las fuentes del caso, tuvo al menos nueve parejas con quienes compartió algunos meses y años de su vida. A varios de ellos, aparte de engañarlos y serles infiel, también estafó. Su primera pareja militar, el cabo con quien conoció la milicia, la demandó por estafa hace un par de años, así lo indicó una fuente del caso.

Íngrid Carvajalino 01

El día de la audiencia contra Carvajalino Barbosa, en la que el juez declaró legal su captura, se le imputaron los delitos y fue enviada a prisión, un patrullero de la policía de Bogotá, quien trabaja en la Sijin, llegó a la sala judicial. Sólo quería una cosa: verle la cara una vez más.

“La conocí por Facebook. Una vez me envió la invitación la acepté y empezamos a comunicarnos por ahí. En muchas fotos que tenía se veía uniformada. Me dijo que era capitán del ejército. Nos vimos un par de veces e iniciamos una relación. Un mes después, ya que ella vivía cerca a la Metropolitana de Bogotá, donde yo trabajaba, me fui a vivir con ella. Eso fue lo peor que hice”, afirmó el patrullero, que perdió más de 10 millones de pesos.

“Yo había sacado un préstamo en un banco, de 10 millones, para completar junto con mi familia la cuota inicial de un apartamento. Conocí a Ingrid, me fui a vivir con ella y terminé prestándoselos”.

El patrullero se alejó de la mujer al darse cuenta que lo estaba engañando. “En la casa no tenía ni un solo uniforme. Me iba a trabajar y ella me decía que salía después de mí, pero en varias oportunidades me devolví y ahí estaba. No parecía que tuviera un trabajo. La llamaba y me decía que estaba en el trabajo, que salía a equis horas, yo iba a esa hora, la esperaba por mucho tiempo en la puerta del comando y nunca salía”, afirmó el patrullero.

Desde la cárcel, la confesa estafadora está intentando llegar a un acuerdo con la fiscalía, pero la defensa de las víctimas se opondrá, ya que los estafados esperan que la mujer los indemnice, situación que algunos ven poco probable.

El patrullero fue el último novio que tuvo Ingrid antes de ser capturada. Después de su alejamiento, él no volvió al lugar donde vivían. La llamaba de vez en cuando para pedirle el dinero que le debía.

El día de la audiencia contra Ingrid el patrullero estaba almorzando en su casa cuando en las noticias vio que el ejército y el CTI había capturado a una mujer de nombre Ingrid Johanna Carvajalino Barbosa, quien utilizando prendas militares había estafado a más de 600 personas, entre ellos a nueve hombres con los que vivió en los últimos diez años. El patrullero fue el último de esos nueve.