El Burro, un humedal cercado por la urbanización

14 de noviembre del 2019

Ubicado en Kennedy, este humedal poseía 71 hectáreas, hoy solo cuenta con 18.

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Agencia UNAL

Así lo demuestra la investigación de la arquitecta Wanda Xiomara Matta García, estudiante de la Maestría en Hábitat adscrita a la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien se propuso observar la transformación del humedal El Burro desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad, con el fin de encontrar los imaginarios sociales que han influido positiva o negativamente en dicha transformación.

Los cambios físico-ambientales del humedal se dan de la siguiente manera: en 1950, cuando Bogotá expandió su perímetro urbano acogiendo a seis municipios más y aceleró su crecimiento demográfico, tenía 71 hectáreas; en 1975 se redujo a 38,53 hectáreas; en 1985 solo poseía 27,14; en 2000, periodo de mayor degradación espacial y ecológica, tenía 14, y finalmente en 2015 recuperó algunas hectáreas quedándose con 18,8, que es el terreno que conserva hoy.

Por medio de la revisión documental y de prensa se configuró la transformación físico-ambiental del humedal, que permitió “identificar los actores sociales locales, distritales y nacionales relacionados con esta, cuyas narrativas permitieron justificar esos cambios”, señala la arquitecta Matta.

En tal sentido, explica que los discursos y narrativas encontrados desde 1950 hasta hoy se organizaron en una taxonomía para establecer dos categorías: la que no poseía contenido vivencial, es decir las condiciones geográficas o descripciones del humedal, y las que sí tienen contenido vivencial y que dan cuenta de las experiencias de personas en el lugar.

Los humedales son indispensables por los innumerables beneficios o servicios ecosistémicos que brindan a la humanidad, desde el suministro de agua dulce, alimentos y materiales de construcción y biodiversidad, hasta el control de crecidas, la recarga de agua subterránea y la mitigación del cambio climático.

De hecho, el humedal El Burro, que antes formaba parte del aluvial de los ríos Bogotá y Fucha, y de la extinta laguna del Tintal, representa hoy un ecosistema de grandes beneficios ambientales para el suroccidente de la ciudad.

Pero no siempre fue así, ya que en los 70 años del estudio que comprende la investigación, el humedal se ha percibido de tres maneras: desecación como beneficio, potrero para lo no deseado, y recurso digno de protección gracias a la acción de actores locales.

Ley desecadora

En cuanto a la desecación como beneficio, el imaginario se instituye a principios del siglo XX, cuando el presidente Rafael Reyes emite en 1905 un decreto legislativo que ordena el desagüe de lagunas, lagos, ciénagas y pantanos en todo el país, entendiendo ese acto como un beneficio por habilitar el suelo para procesos de urbanización.

“A pesar de que esta ley solo estuvo vigente siete años, esa desecación del humedal pareció seguir en vigencia hasta 2000, e incluso se intentó retomarla en 2012 y 2013”, señala la investigadora.

Como potrero de lo no deseado, el humedal acogió discursos alrededor del consumo de drogas; se le llamaba “basurero, consumidero u olla”, narrativa que coincide con la construcción de una planta de transferencia de basuras en el lugar, en donde para 1997 se seguían arrojando desechos, haciendo del humedal un lugar inseguro.

Por último, alrededor de 2010, el humedal se percibe como recurso digno, se convoca el primer cabildo ambiental y hay un llamado de los actores locales empoderados en su defensa y en la recuperación del ecosistema.

Los discursos cambian configurando un nuevo imaginario en pro de la recuperación de los espejos de agua y de la biodiversidad del lugar y su protección a través de la política pública.

Con la información de la Agencia UNAL

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