Hace 17 años se nos apagó la alegría en Bojayá

2 de mayo del 2019

“La paz sería una felicidad para todos nosotros, sería lo más lindo que pasaría”, Yenmin.

Conmemoración Masacre de Bojayá

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Los habitantes de Bojayá continúan resistiendo a los embates del conflicto y el recuerdo, para reconstruir el tejido social que se rompió en décadas de guerra que no han dado un solo momento de tranquilidad a los chocoanos.

Este 2 de mayo, varios de los habitantes de la población se acercan a la iglesia de Bellavista, desolada desde hace 17 años, para conmemorar la masacre de Bojayá, cometida por la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) en 2002.

Como un recuerdo imborrable quedaron las 98 personas asesinadas y las escenas de horror para los otros cientos de sobrevivientes.

“Ese día se rompió el tejido social, cambió la forma como vivíamos antes, muchos se dispersaron, varios se fueron del territorio y ahora andan por Quibdó, Medellín, y otras partes de Colombia”, cuenta Yenmin Cuesta, miembro del Comité de Víctimas Dos de Mayo.

Ese día, el Bloque José María Córdoba de las Farc se enfrentó con el Bloque Élmer Cárdenas de los paramilitares entre los municipios de Vigía del Fuerte y Bojayá. Los paramilitares se resguardaron detrás de la iglesia, donde unas 300 personas también habían buscado refugio cuando huían del fuego cruzado. Antes del mediodía, los guerrilleros lanzaron el cilindro que terminó rompiendo el techo de la parroquia y acabó con la vida de la mayoría de los presentes.

Una guerra incesante

La masacre de Bojayá, como fue conocido ese hecho, fue un detonante en ese territorio que se disputaban los grupos armados. Los más afectados, como en todo el conflicto, fueron los civiles.

“Desde antes de 1997, cuando incursionaron los paramilitares, ya había grupos armados en nuestro territorio. Las Farc y los grupos al margen de la ley estaban haciendo cosas desagradables para las comunidades antes, pero nadie nos puso atención. Cuando ocurrió lo del 2 de mayo, ya viraron los ojos hacia nosotros por la cantidad de gente que perdimos, pero veníamos desde siempre viviendo la zozobra de la guerra”, afirmó Yenmin en diálogo con KienyKe.com.

Ese día Bojayá se convirtió en centro de atención, pero en realidad el enfrentamiento que provocó la masacre duró cinco días más en el municipio.

En la actualidad, 17 años después, ese conflicto que un día estuvo en el centro de la opinión, no ha cesado un solo día.

“La violencia ha sido constante. Cuando las Farc entregó las armas tuvimos un tiempo de tranquilidad. Podíamos andar con un poco de tranquilidad, pero ahorita que hicieron presencia los otros dos grupos, la cosa cambió totalmente, regresó la guerra”, afirma Cuesta.

Un recuerdo indeleble

Este jueves, como parte de la conmemoración de la masacre que enlutó a Colombia por unos días pero a Bojayá para toda la vida, el Comité de Víctimas, la Unidad para las Víctimas, el Centro de Memoria Histórica y otras organizaciones sociales y gubernamentales realizaron una procesión hasta el río que lleva el mismo nombre del municipio del Chocó.

Los dolientes participaron de una eucaristía en las viejas instalaciones de la iglesia de Bellavista, que aún conserva el cristo mutilado, como se le conoce a la escultura tras la detonación en 2002 y que se ha convertido en símbolo del suceso.

Yenmin acompañó la conmemoración como lo ha hecho todos los 2 de mayo, desde hace 16 años. Pero como en todas esas ocasiones, tuvo que salirse de la iglesia a la mitad de la misa, porque no logró disipar las imágenes de lo ocurrido, que se repetían en su cabeza como una película.

Del 2 de mayo del 2002 se recuerda recorriendo cada rincón de la parroquia para buscar a su hijo de 21 meses.

“Estoy en el lugar donde mi hijo perdió la vida y otras personas que eran nuestros familiares murieron. Apenas llego recuerdo el sitio donde lo recogí para enterrarlo, porque yo lo enterré en una bóveda; los otros no tuvieron la fortuna de una bóveda, sino una fosa”, comenta.

“Los recuerdos para unos son alegría, pero para otros son tristeza”, Yenmin.

Yenmin cuenta que siempre se imagina a su hijo con los 19 años que tendría ahora. Las cosas que haría con él y la vida que podrían haber construido. Todo, si esa masacre fuera una pesadilla y no un hecho histórico.

“Cuando llegó a la iglesia lo único que me da son unos dolores, se me eriza el cuerpo y no me gusta entrar porque me trae unos recuerdos muy fuertes, entonces prefiero no entrar porque me genera una tristeza muy fuerte. No es fácil, esto no se supera tan fácilmente”, cuenta.

17 años de resistencia

No existe la duda, cuando se afirma que la masacre de Bojayá cambió la historia de este pueblo, como el conflicto armado lo ha hecho con todos los que han estado expuestos a su violencia.

Cambiaron las costumbres, el día a día, la forma de relacionarse y los demás aspectos sociales que los definían antes y un después del estallido de la violencia en este municipio, ubicado al noroccidente del departamento de Chocó.

“Antes era muy alegre, cruzábamos el río para visitar los municipios vecinos, bajaba uno a divertirse a la playa, no teníamos miedo de nadie. A pesar de que no había la tecnología que hay ahora, nuestra felicidad era nuestra cultura, lo que podíamos desarrollar era nuestra felicidad, pero en este momento todo se ha ido perdiendo”, cuenta Cuesta recordando los días de su juventud.

En ese tiempo era normal y placentero cruzar los ríos que bañan el departamento que cubre la mayor parte de la Costa Pacífica del país.

Eran comunes las visitas a los otros caseríos como Vigía del Fuerte. Cualquiera cogía una piragua para atravesar el afluente, encontrar otro campesino navegante y quedarse con él en una charla hasta la madrugada, relata Yenmin.

“Ahora no, aquí tipo 6 de la tarde o 7 de la noche todo el mundo busca meterse en su casa. Diferente en todo lo que nos sucedía anteriormente, esas son las cosas que nos han apagado la alegría”, explica Cuesta.

Los sobrevivientes y las víctimas han procurado reconstruir la alegría que les arrebató la guerra, con lo que tienen a mano. El dolor que comparten les ha permitido a los habitantes de Bojayá acercarse más de lo que alguna vez imaginaron. Buscan transitar por un proceso común que les permita superar el flagelo y reafirmarse frente a la vida.

“La paz sería una felicidad para todos nosotros, en el corazón, la paz es el camino, sería lo más lindo que pasaría”.

Yenmin Cuesta dice que ha logrado levantarse gracias a la fe católica, que aún preserva. Confía en que Dios guía su vida. Valora pertenecer al Comité de Víctimas; que los demás bojayaseños le hayan permitido representar la memoria del pueblo. Describe a la comunidad, como unida y comprometida a no olvidar, a buscar verdad y justicia.

“Muchas veces hacemos parte del Comité porque la comunidad nos eligió y ha visto lo que se ha hecho por la comunidad como hablar por ellos, dar a conocer lo que vivimos, por todo eso estoy pidiéndole al Señor que nos ayude y nos guíe para continuar con esto. Si Dios no me guiara, yo no estaría”, explica Cuesta.

Como Yenmin, cientos de familiares de víctimas y sobrevivientes conmemoran cada año la masacre, con el fin de que sus muertos, sus daños y su historia, no se olvide. Es un llamado al Estado, para “hacernos sentir colombianos, que somos personas, que aportamos al país, pero siempre estamos como en un lugarcito donde no le importa mucho a nadie”, concluyó.

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