Pasé mis vacaciones en Bogotá y me robaron por primera vez

Pasé mis vacaciones en Bogotá y me robaron por primera vez

8 de enero del 2017

Tengo 31 años recién cumplidos, vivo en Medellín, pero vine a pasar vacaciones con mi novio a Bogotá —la gran ciudad, la que tiene tanto que enseñarle a la Provincia—. Y aprendí mucho de ella: a caminar con miedo y desconfianza, a creer que de cualquier lugar saldrá un pelao con un puñal hechizo entre sus manos para atracarme y quitarme cualquier sensación de seguridad.

El robo ocurrió este sábado 7 de enero, en la calle 104 con la autopista, pasadas las 9 de la noche, apenas a tres cuadras del Cai Navarra. Sí, lo sé, qué hace una mujer con su novio caminando por esa zona a esas horas —dirán quienes justifican a los ladrones—. Estaba comprando una pizza en el famoso Pan pa ya (que se quedó entera en la caja luego del susto).

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Los pelaos me quitaron mi celular, un Huawei GR3 (creo que es la referencia) y a mi novio un P9 y su billetera. A él lo tumbaron y lo patearon en el piso, a mí, por fortuna, solo me tocaron la chaqueta y me sacaron el teléfono —ni siquiera se llevaron la plata que tenía en el otro bolsillo—. A los dos nos dejaron sin aliento con sus puñales.

Eran 6, si los segundos que duró el ataque me permiten recordar. Cuatro tumbaron a Daniel al suelo y dos me acorralaron.
Cero resistencia. Eso nos salvó de las puñaladas. Solo recordé un comercial que decía algo así como “no pierdas la vida por un teléfono” y los miles de casos que como periodista he cubierto o he conocido por los medios.

Tras el impacto, la primer reacción fue correr hacia un guarda de seguridad que, estoy convencida, fue testigo silente de todo tras la puerta de la Clínica Cecimin, para pedirle que llamara a la Policía. Unos minutos después, sin ver respuesta alguna del guarda ni una patrulla, corrí con Daniel hasta el Cai Navarra.

Como periodista, cuando cubro estos casos de inseguridad, siempre les digo a los lectores lo que me dicen las autoridades: reporten los hechos, sin la denuncia nada se puede hacer en contra de los delincuentes. Eso estaba dispuesta a hacer, pero la respuesta que recibí fue más frustrante que el robo.

El oficial de turno —lamentablemente no tomé su nombre— reportó lo sucedido por su radioteléfono a las patrullas de Suba, porque hacia ese sector corrieron los ladrones. Los pillos cruzaron la autopista con el botín, tomaron el puente de Transmilenio de la 106, y se subieron al sistema. Los policías de la estación no vieron nada.

Los minutos pasaron, Daniel pudo llamar a Bancolombia para bloquear sus tarjetas —eso fue lo más efectivo que hicieron los agentes, prestarnos el teléfono— y nada más. Ni un reporte escrito, ni un acta para firmar, ni un pedido de datos personales.

Los increpé, les pregunté si no era necesario interponer una denuncia, si no podían pedir los videos de la cámara de seguridad de la clínica para individualizar a los ladrones y que el robo al menos sumara en las cifras de la ciudad. Y su respuesta fue acompañarnos hasta donde el vigilante —Orlando— para apuntar en un papelito el teléfono de la empresa de seguridad. En otro más me apuntaron la dirección de la estación de Usaquén, el teléfono del cuadrante y del Cai. Para la denuncia, tuvieron la delicadeza de informarme, me tocaba ir a Paloquemao.

¡A menos de tres cuadras de un Cai, con cinco oficiales, me robaron y no recibí mayor asistencia! ¡Qué impotencia! Se me salió el mal genio y les reclamé a los agentes por su pobre actuar ante unos ciudadanos que sufrieron un delito. Su respuesta, de nuevo, me dejó fría —más de lo congelada que estaba por el frío de Bogotá—: “Mire señorita, es que entiéndanos, en esta estación somos normalmente 18 patrulleros y solo estamos en servicio seis para cubrir tres cuadrantes”.

La prioridad era individualizar a unos sospechosos de robar en un apartamento y atender ”un hurto con arma de fuego que le hicieron a una señora”.

Yo ni los culpo. Son otros empleados más, que poco pueden hacer ante los débiles recursos que les entrega el Estado. Y así, el robo de celulares seguirá siendo el pan de cada día en la Capital y las demás ciudades de este país.

Sin celular, con la frustración y el miedo invadiendo cada rincón de mi corazón, regresé con Daniel al apartamento para terminar de hacer los trámites que en este tipo de situaciones se pueden hacer por teléfono. Pero al recordar a esos pelaos empuñando esos cuchillos y con esa ira desafiante que los hace matar y hacer daño por cualquier peso no siento sino más decepción de la humanidad. Al menos no soy un número más que abulta las cifras de muertes violentas en este país y por eso doy gracias. De resto que furia ver que los delincuentes puedes hacer y deshacer sin que haya mayor actuación de la justicia. ¡Perdonen el desahogo!

Por: Elizabeth Correa