Los aranceles, el eterno amor del señor Trump

19 de junio del 2019

Data desde los 80 idea de los impuestos.

Los aranceles, el eterno amor del señor Trump

Donald J. Trump perdió una subasta en 1988 por un piano de 58 teclas usado en la película clásica “Casablanca” ante una sociedad mercantil japonesa que representaba a un coleccionista.

Aunque le restó importancia al hecho de que la compañía hubiera superado su oferta, fue un recordatorio de primera mano de la creciente riqueza de Japón, y al año siguiente, Trump salió en la televisión para pedir un impuesto del 15 al 20 por ciento a las importaciones de Japón.

“Creo muy fuertemente en los aranceles”, dijo Trump, en ese entonces un desarrollador inmobiliario de Manhattan con instintos políticos en ciernes, a la periodista Diane Sawyer, antes de criticar a Japón, Alemania Occidental, Arabia Saudita y Corea del Sur por sus prácticas comerciales.

“Estados Unidos está siendo estafado”, afirmó. “Somos una nación deudora, y tenemos que cobrar impuestos, tenemos que cobrar aranceles, tenemos que proteger a este país”.

Treinta años después, pocos asuntos han definido más a la Presidencia de Trump como su amor a los aranceles y en pocos asuntos ha sido más inquebrantable.

Aliados e historiadores aseveran que ese amor está arraigado en la experiencia de Trump como empresario en los años 80 con la gente y el dinero de Japón, en ese entonces percibido como una amenaza mortal para la preeminencia económica de Estados Unidos.

El afecto ha crecido en años recientes, mientras los aranceles han emergido como tal vez la herramienta unilateral más potente que Trump puede esgrimir para avanzar su agenda económica —y quizá la expresión más pura en materia de políticas de los temas de campaña que lo llevaron a la Casa Blanca.

“Los aranceles reúnen tanto de Trump”, dijo Jennifer M. Miller, profesora asistente de Historia en el Colegio Dartmouth, en New Hampshire, quien el año pasado publicó un estudio de cómo el ascenso de Japón ha afectado la visión del mundo del Presidente.

“Su obsesión con ganar, que piensa que los aranceles le permitirán hacer. Su obsesión con parecer duro. Su obsesión con reforzar ciertas partes de la frontera nacional. Y su obsesión con el poder ejecutivo”.

Trump ha impuesto aranceles a lavadoras, paneles solares, el acero, el aluminio y a 250 mil millones de dólares en productos importados de China. Está considerando aranceles adicionales a importaciones chinas con un valor de 300 mil millones de dólares y a autos, camionetas y autopartes de Europa y Japón.

Grupos empresariales, legisladores republicanos y demócratas y algunos de sus propios asesores de políticas nacionales han instado a Trump a eliminar esos aranceles, pero ha desafiado la presión. Y se ha vuelto más insistente en afirmar que los socios comerciales de Estados Unidos, no los consumidores estadounidenses, carguen con la mayor parte de los costos de lo que equivale a un aumento de impuestos sobre las importaciones.

“¿Dónde están mis aranceles? Tráiganme mis aranceles”, declaraba en reuniones a inicios de su Presidencia, cuando sus asesores no le proporcionaban opciones con suficiente rapidez.

Arthur Laffer, economista conservador que ha asesorado a Trump, comentó que le dijo al Presidente lo que le dice a todo mundo sobre la política comercial: “cuando ves los aranceles, son muy malos para la economía”. Pero cree que Trump los usa para presionar a otros países a abrir sus mercados más libremente.

Sin embargo, cada vez más Trump aparenta ver los aranceles no como simplemente una estrategia para negociar, sino un fin en sí mismo.
Recién declaró en Twitter que los líderes chinos parecían pensar que podrían obtener un mejor trato comercial si esperaban que un nuevo Presidente fuera electo.

“Sería sensato que actuaran ya”, escribió Trump, “pero ¡amo cobrar GRANDES ARANCELES!”.

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