Bosnia ostenta un paisaje digno de un cuento de hadas

15 de junio del 2019

Persiste la belleza de los Balcanes.

Bosnia ostenta un paisaje digno de un cuento de hadas

Había una vez, en una tierra muy, muy lejana, picos esmeralda serpenteados con ríos cristalinos, laderas engarzadas con pueblos de piedra y cañones unidos por puentes elevados que se arqueaban hacia los cielos. Este reino encantador incluso tenía un nombre encantador: Bosnia y Herzegovina.

Pero Bosnia no es exactamente un cuento de hadas: un bloque de departamentos a unos minutos del aeropuerto de Sarajevo tiene una fachada salpicada con ampollas. Poco después, un edificio tiene una enorme grieta, y a otro le faltan pedazos de yeso, como dientes arrancados. Las cicatrices que persisten son recordatorios de un mal que ocurrió no érase una vez, sino hace sólo 25 años.

Y, sin embargo, en Bosnia encontré un paisaje digno de un cuento de hadas, con minaretes delgados erguidos en lugar de cruces.

En una época en que gran parte de Europa es atormentada por una desconfianza hacia mi fe como una entidad extranjera que profana sus costas, había llegado a Bosnia para ver cómo podría sentirse una comunidad musulmana local, con 500 años de historia arraigada en el corazón de Europa.}

En el Bascarsija, el laberíntico barrio antiguo en el corazón de Sarajevo, caminé por los callejones del bazar de la era otomana del siglo 16 que alguna vez estuvo demarcado para diferentes artesanos: trabajadores del cobre daban forma a ollas en la calle Kazandziluk; herreros forjaban herramientas de hierro en Kovaci; curtidores ofrecían artículos de cuero en Saraci, y zapateros convergían en Cizmedziluk.

Hoy en día, las tiendas se fusionan en una interminable extensión de juegos de té, pantuflas de piel y obras de arte. Pero lo que más atrajo mi atención fueron las aldabas de las puertas adornadas con latón y plata. El zvekir es un símbolo de la Ciudad, que figura en el escudo de armas del Cantón de Sarajevo; es, me dijo un guía, un tributo a la hospitalidad de los bosnios.
“Quizá debido a las raíces islámicas de aquí, la gente es cordial”, dijo Reshad Strik, propietario de un café llamado Ministry of Cejf. “Quizá por ello siempre hay guerra aquí. Somos demasiado acogedores”.

Los balcanes rebotaron de romanos a godos, a bizantinos y a eslavos antes de ser conquistados por los turcos en el siglo 15, convirtiéndose en el puesto de avanzada más occidental del Imperio Otomano, hasta que fue devorado por el Imperio Austro-Húngaro.

La Primera Guerra Mundial estalló después del asesinato del Archiduque Franz Ferdinand cerca del Puente Latino de Sarajevo; después de la Segunda Guerra Mundial, Bosnia fue fusionada con Croacia, Serbia, Macedonia, Montenegro y Eslovenia para convertirse en la Yugoslavia comunista.

En los 90, cuando se disolvió Yugoslavia, también se disolvió la civilidad humana. Los serbios cristianos ortodoxos, los croatas católicos y los bosniacos musulmanes, que habían vivido durante generaciones en una sociedad multiétnica, de repente se volvieron peligrosamente conscientes de sus diferencias. Durante mil 425 días, de 1992 a 1996, Sarajevo ardió bajo un bombardeo que mató a más de 10 mil personas.

Y, sin embargo, los sarajevitas resistieron. Vedran Smailovic, que fue chelista en la Ópera de Sarajevo, se volvió un símbolo de perseverancia cuando tocó en medio de las ruinas de Vijecnica, el destruido Ayuntamiento de Sarajevo del siglo 19. En el atrio espectacularmente restaurado de Vijecnica, vi a una pareja de novios bailar para las fotos de la boda.

Gran parte de la ciudad ha sido reconstruida. Sin embargo, a cada paso encontré reliquias de tiempos de guerra: cráteres en forma de pétalos dejados por el fuego de artillería, ahora preservados en resina roja y conocidos como Rosas de Sarajevo; tanques de juguete hechos de balas en tiendas de souvenirs; y cementerios, muchos cementerios.

Crucé a la región sur de Herzegovina, donde los escarpados picos y bosques podrían haber figurado en las ilustraciones para “La Bella Durmiente”.

Los viajeros de paso inundaban el distrito histórico de Mostar para cruzar el puente Stari Most del siglo 16. Evliya Celebi, el explorador otomano del siglo 17, escribió que “el puente es como un arco iris que se eleva a los cielos, extendiéndose de un acantilado al otro”.
Mostar sufrió algunos de los bombardeos más intensos en la guerra. El Stari Most se vino abajo en el Río Neretva en 1993 y fue reconstruido en el 2004.

Sentada en un restaurante en el acantilado occidental de Mostar, con el puente resplandeciente bajo el crepúsculo, me dejé llevar por la fantasía de que me hallaba en un cuento de hadas, y que un final feliz podría finalmente estar al alcance de Bosnia.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO