La Amazonía de Brasil se está perdiendo

11 de agosto del 2019

Bolsonaro ha desestimado los datos sobre la deforestación.

La Amazonía de Brasil se está perdiendo

La destrucción de la selva tropical en la Amazonia brasileña ha aumentado rápidamente desde que el nuevo Presidente de extrema derecha asumió el cargo y cuyo Gobierno ha reducido los esfuerzos para combatir la tala, minería y explotación ganadera ilegales.

La parte brasileña de la Amazonia ha perdido más de 3 mil 445 kilómetros cuadrados de bosque desde que el Presidente Jair Bolsonaro asumió el cargo, un incremento del 39 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado, de acuerdo con la agencia del gobierno que monitorea la deforestación. Bolsonaro ha desestimado los datos sobre la deforestación, llamando “mentiras” a las cifras de su propio Gobierno.

Un análisis hecho por The New York Times de registros públicos encontró que las acciones de imposición por parte de la principal agencia medioambiental brasileña —como multas, advertencias y el decomiso o destrucción de equipo ilegal en áreas protegidas— cayeron 20 por ciento durante el primer semestre de este año en comparación con el mismo periodo en el 2018. La caída significa que amplios sectores de la selva pueden talarse con menos resistencia de las autoridades.

La postura del Gobierno de Bolsonaro ha desatado fuertes críticas de los líderes de Europa, inyectando un irritante a un acuerdo comercial pactado entre la Unión Europea y un bloque de cuatro países, incluyendo a Brasil.

Durante una visita reciente, Gerd Müller, el Ministro de Cooperación y Desarrollo Económico alemán, dijo que proteger la Amazonia es un imperativo global, particularmente debido a que tiene un papel vital en la absorción y almacenamiento de dióxido de carbono, esencial en el esfuerzo para frenar el calentamiento global. Cuando hay tala, quema o derribo de árboles, el dióxido de carbono es liberado de nuevo a la atmósfera.

Alemania y Noruega también ayudan a financiar un fondo de conservación amazónico de mil 300 millones de dólares, pero el Gobierno de Bolsonaro ha cuestionado su efectividad.

“Sin las selvas tropicales no hay cómo resolver el tema climático”, dijo Müller.

Bolsonaro ha minimizado las críticas internacionales, argumentando que los llamados para preservar grandes porciones de Brasil son parte de un complot global para obstaculizar el desarrollo de su país. En julio acusó a los líderes europeos de buscar la conservación de la Amazonia porque son ellos quienes quieren desarrollarla en el futuro.

“Brasil es como una virgen que todos los pervertidos extranjeros desean”, afirmó Bolsonaro. “La Amazonia es nuestra, no suya”.

En el pasado, Brasil había intentado retratarse como un líder en la protección de la Amazonia y en el combate al calentamiento global. Entre el 2004 y 2012, el país creó nuevas áreas de conservación, incrementó el monitoreo y retiró créditos públicos a productores rurales que fueran capturados intentando desmontar áreas protegidas. La deforestación alcanzó su nivel más bajo desde que hay registros.

Sin embargo, cuando la economía brasileña cayó en recesión en 2014, el país se volvió más dependiente de sus productos agrícolas para la exportación —como la soya y la carne, cuya producción impulsa la deforestación— y del poderoso cabildeo agrícola. La tala empezó a aumentar nuevamente.

Bolsonaro ha prometido eliminar el resto de las barreras al desarrollo de tierras protegidas. También ha hablado con desprecio del trabajo de la agencia medioambiental, cuyos efectos ha sentido de primera mano.

El 25 de enero de 2012, agentes medioambientales interceptaron un pequeño barco pesquero en una reserva ecológica; Bolsonaro, entonces diputado federal, estaba a bordo. José Augusto Morelli, el agente a cargo, dijo que Bolsonaro rehusó irse y se le impuso una multa.

Bolsonaro nunca pagó la multa, que le fue revocada poco tiempo después de que asumió la presidencia. A finales de marzo, a Morelli lo bajaron de puesto, decisión que él ve como represalia por la multa.

Ricardo Salles, el ministro de Medioambiente de Bolsonaro, ahora quiere crear un mecanismo que permitiría que un panel gubernamental tenga la discreción de reducir o suspender penas medioambientales; ex funcionarios temen que un mecanismo así debilitará la aplicación de las medidas aún más.

Onyx Lorenzoni, jefe de gabinete de Bolsonaro, criticó lo que dijo son esfuerzos desde el extranjero para formular la política medioambiental de Brasil.

“No somos ingenuos”, dijo Lorenzoni. “Hay una perspectiva en partes del mundo, patrocinado por ONGs, que relativiza la soberanía brasileña sobre la Amazonia”.

Pero, advirtió en una reunión reciente con reporteros: “Ahí les va un mensajito: ‘No se metan con nosotros’”.

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