El triste temor a los números arábigos

El triste temor a los números arábigos

14 de junio del 2019

¿Deben los estadounidenses, como parte de su plan de estudios, aprender los números arábigos?

CivicScience, una firma de investigación en Pennsylvania, hizo esa pregunta a unos 3 mil 200 estadounidenses en una encuesta reciente aparentemente sobre matemáticas, pero el resultado fue una medición de las actitudes de los alumnos respecto al mundo árabe.

Alrededor del 56 por ciento de los encuestados dijo “no”. Un 15 por ciento no tuvo opinión. Esos resultados, que rápidamente inspiraron más de 24 mil tuits, podrían haber sido marcadamente diferentes si los encuestadores hubieran explicado qué son los “números arábigos”.

Hay 10 de ellos: 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9.

Ese hecho provocó que John Dick, director ejecutivo de la compañía encuestadora, etiquetara el hallazgo como “el testimonio más triste y más chistoso de intolerancia estadounidense que jamás hayamos visto en nuestros datos”.

Presuntamente, los estadounidenses que se opusieron al aprendizaje de los números arábigos (republicanos más que demócratas) carecían del conocimiento básico de qué son y también tenían una cierta aversión a cualquier cosa descrita como “árabe”.

Esto es, efectivamente, triste y chistoso —y también una razón para hacer una pausa y hacer una pregunta sencilla: ¿por qué se llama “número arábigos” al sistema numérico más eficiente del mundo, que también es estándar en la civilización occidental?

La respuesta se remonta a la India del siglo 7, donde fue desarrollado el sistema numérico, que incluyó el revolucionario invento del cero. Unos dos siglos después, se trasladó al mundo musulmán, cuya gloriosa capital, Bagdad, era en ese entonces la mejor ciudad del mundo en donde ir en pos de una trayectoria intelectual.

Allí, un erudito musulmán persa llamado Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi desarrolló una disciplina matemática llamada al-jabir, que literalmente significa “reunión de partes quebradas”.

A principios del siglo 13, un matemático italiano llamado Fibonacci, quien estudio cálculo con un maestro árabe en África del Norte musulmana, halló que los números y su sistema decimal eran mucho más prácticos que el sistema romano, y poco después los popularizó en Europa, donde las figuras se conocieron como “números arábigos”.

Hoy muchas palabras en español tienen raíces árabes; una lista breve incluiría almirante, alquimia, alcoba, almanaque, laúd, máscara, muselina, nadir, azúcar, jarabe, arancel y cenit.

Hay un motivo por el que estos términos occidentales tienen raíces árabes: entre los siglos 8 y 12, el mundo musulmán, cuya lengua universal era el árabe, era mucho más creativo que la Europa cristiana, que en ese entonces estaba a finales de la Edad Media.

Los musulmanes fueron los pioneros en matemáticas, geometría, física, astronomía, biología, medicina, arquitectura, comercio y, de manera más importante, filosofía. Por supuesto, los musulmanes habían heredado estas ciencias de otras culturas, como los antiguos griegos y los cristianos, judíos e hindúes orientales.

No obstante, impulsaron esas disciplinas gracias a sus propias innovaciones y las transmitieron a Europa.

¿Por qué explorar de manera tan profunda esta historia en gran parte olvidada? Porque son lecciones tanto para los musulmanes como para los no musulmanes.

Entre los últimos figuran los conservadores occidentales, que protegen apasionadamente el legado de la civilización occidental, que a menudo definen como exclusivamente “judeo-cristiana”.

Por supuesto, la civilización occidental tiene un gran logro que sí vale la pena preservar: la era de la Ilustración, que nos dio libertad intelectual, libertad de culto, la abolición de la esclavitud, la igualdad ante la ley y la democracia.

Esos valores no deberían ser sacrificados ante el tribalismo posmoderno llamado “política de identidad”. Pero los propios conservadores de Occidente se resguardan en el tribalismo cuando niegan la sabiduría y las aportaciones de fuentes que no son judeocristianas.

La tercera gran religión abrahámica, el Islam, también participó en la creación del mundo moderno, y respetar ese legado ayudaría a establecer un diálogo más constructivo con los musulmanes.

Por supuesto, los propios musulmanes tenemos una gran interrogante que responder: ¿por qué nuestra civilización alguna vez fue tan creativa, y por qué hemos perdido esa época dorada?

Algunos musulmanes hallan una respuesta simple en la devoción religiosa y en la falta de ésta, creyendo que ese declive se dio cuando los musulmanes se volvieron “pecadores”. Otros suponen que el origen de esa majestuosidad antigua se puede rastrear a líderes poderosos, cuya reencarnación esperan ver nuevamente. Otros hallan consuelo en teorías de conspiración que culpan a enemigos externos y “traidores” desde dentro.

He aquí una explicación más realista: la primera civilización islámica fue creativa porque tenía una mente abierta. Al menos algunos musulmanes tenían un deseo de aprender de otras civilizaciones. Había cabida para la libertad de expresión, lo que era extraordinario para su época.
Eso permitió que la obra de destacados filósofos griegos, como Aristóteles, fuera traducida y debatida, que teólogos de distintas religiones expresaran su opinión y que eruditos buscaran patrocinio independiente.

Sin embargo, del siglo 12 en adelante, una forma de Islam más uniforme y menos racional fue impuesta por califas y sultanes déspotas. Así que el pensamiento musulmán se volvió aislado, repetitivo y poco curioso.

Precisamente por qué sucedió esta trágica cerrazón de la mente musulmana, y cómo puede ser revertida, es la mayor interrogante que hoy enfrentan los musulmanes.

Sin embargo, al mismo tiempo, otros no deberían cometer el error de juzgar la civilización islámica al fijarse en sus peores productos, muchos de los cuales hoy abundan. Es una gran civilización que ha hecho aportaciones importantes a la humanidad, especialmente a Occidente.
Y los números arábigos son sólo la punta del iceberg de ideas y valores compartidos entre el Islam y Occidente.

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