Hasta los repartidores explotan a los migrantes en Francia

9 de julio del 2019

Se aprovechan de quienes están más desesperados por trabajo.

Hasta los repartidores explotan a los migrantes en Francia

Aymen Arfaoui se sujetó una mochila de plástico de Uber Eats y revisó su celular para encontrar la ruta más rápida en bicicleta antes de comenzar a pedalear entre el río de autos que circulaban alrededor de la Plaza de la República. El tiempo era dinero y Arfaoui, un nervioso migrante de 18 años, necesitaba dinero.

“Lo hago porque tengo que comer”, dijo. “Es mejor que robar o pedir dinero en la calle”.

Arfaoui no tiene permiso para trabajar y se quedaría con poco más de la mitad de las ganancias de ese día. Mencionó que el resto se lo debía a un repartidor en bicicleta francés que consideraba que las condiciones de pago de Uber Eats eran demasiado baratas, 3.50 euros (poco menos de 4 dólares) por pedido y un poco más por kilometraje, como para realizar el trabajo él mismo.

El repartidor parisino había subcontratado ilegalmente a Arfaoui, quien tenía un mes de estar viviendo en un auto abandonado tras su llegada de Túnez. El joven migrante señaló que había ganado 17 euros ese día por cuatro horas de trabajo.

El reparto de alimentos se ha convertido en un negocio de miles de millones de euros al tiempo que Uber, Deliveroo, la plataforma de entregas con sede en Londres, y rivales ambiciosos pelean para captar mercados y consumidores. Pero la competencia ha comprimido las ganancias para los repartidores, provocando que algunos se aprovechen de quienes están más desesperados por trabajo.

En Francia, algunos repartidores registrados en esas apps están rentando sus cuentas. Los repartidores suplentes por lo general son inmigrantes ilegales, buscadores de asilo y menores de edad dispuestos a trabajar largas horas por salarios bajos.

Los repartidores originales hacen esos tratos en la calle o vía Facebook, WhatsApp y Telegram, y se quedan con entre un 30 y un 50 por ciento de las ganancias.

“Estos empleos se han vuelto más precarios”, afirmó Jean-Daniel Zamor, presidente del Colectivo de Repartidores Independientes de París, un grupo laboral.

“El hecho de que las plataformas den menos dinero ha alentado a la gente pobre a subcontratar a gente aún más pobre”.

Hasta ahorita, la actividad se ha visto a poca escala, pero el problema también ha sido reportado en Gran Bretaña y España.

Uber Eats y sus competidores, incluyendo Stuart, una aplicación francesa, y Glovo, con sede en España, señalaron que estaban al tanto de estas conductas indebidas. “Nos preocupa porque estas son prácticas ilegales en las que la gente se aprovecha de la vulnerabilidad de otros”, comentó Nicolas Breuil, gerente de Stuart.

Uber Eats dijo que no toleraba el trabajo ilegal ni de menores de edad. Glovo hace un seguimiento a los tiempos de entrega para identificar comportamiento sospechoso. Stuart dijo que descubría al menos una docena de sustitutos ilegales al mes.

El inspector laboral en Nantes, una de las ciudades más grandes de Francia, ha abierto una indagación. Stuart y Deliveroo dijeron que habían hablado con funcionarios franceses para evitar posibles abusos.

“Es un gran problema”, dijo Alexandre Fitussi, director general de Glovo en Francia, al añadir que se había encontrado que al menos el 5 por ciento de sus mil 200 repartidores semanales estaban ilegalmente en Francia.

Hasta hace poco, los servicios de entrega de comida rara vez se veían en Francia, donde las comidas formales a la mesa son un tótem cultural. En el 2015, Deliveroo empezó a ofrecer comidas de menús de bistros y restaurantes de comida rápida. Uber Eats y otras compañías pronto siguieron su ejemplo.

“Cada año ganamos menos y entregamos menos”, señaló Florent, un repartidor veinteañero. “Nos cambian las condiciones reduciendo salarios o modificando las reglas de pago”.

Florent mencionó que había trabajado para tres apps de entrega de alimentos y ahora rentaba ilegalmente su identidad de cada app a trabajadores indocumentados a cambio del 30 por ciento de sus ingresos.

Youssef El Farissi, de 18 años, residente de Avignon, dijo que había rentado su cuenta de Uber Eats a una docena de trabajadores indocumentados en el mes pasado. Seis de sus amigos estaban haciendo lo mismo.

“Si fuera mejor pagado, todo mundo usaría su propia cuenta y trabajaría”, señaló.
Mientras que los migrantes siguen huyendo de África y  el Medio Oriente, en Francia aumenta la población de solicitantes de asilo que no pueden trabajar mientras el Gobierno revisa sus casos.

Arfaoui dijo que tenía pocas alternativas. Para escapar de la economía en zozobra de Túnez, abordó un bote en septiembre junto con cientos de otras personas en Libia. Llegó a Italia, dijo, y se escondió en trenes con dirección a Francia.

Quizás solicite asilo.

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