Vivir bajo la ley de ‘o nos matan o los matamos’ en Honduras

Vivir bajo la ley de ‘o nos matan o los matamos’ en Honduras

19 de mayo del 2019

Se escucharon tres chasquidos secos, rápidamente seguidos de otros tres. La autopista se vació. Un taxi viró a toda prisa a una calle lateral. Una madre empujó a su pequeño al interior de la casa.

El tirador, un gatillero de la MS-13 estaba tranquilamente parado en la esquina a plena luz del día, la única persona que quedaba en el área comercial.

Bryan, Reinaldo y Franklin se escabulleron al terreno de un vecino, espantando a las gallinas. Entre susurros de pánico, intercambiaron opiniones sobre el tiroteo, el tercero en menos de una semana.

Apenas unos días antes, un niño había sido baleado en un ataque similar. Bryan, de 19 años, se preguntó cómo podrían los pocos hombres jóvenes que todavía vivían en el barrio responder a los ataques, si es que era posible.

La Mara Salvatrucha, la pandilla conocida como MS-13, ahora venía por ellos casi todos los días. Saqueaban casas, colocaban espías y se burlaban de ellos con silbidos al anochecer, como constante recordatorio de que el enemigo estaba justo a la vuelta de la esquina, capaz de atacar a su antojo.

El barrio, un terreno de calles sin pavimentar apenas del tamaño de unos cuantos campos de fútbol, estaba rodeado por todos los flancos. Hacia el este, la MS-13 estaba planeando tomar el control del área. Al sur, la pandilla de la Calle 18 planeaba lo mismo. En el norte y el oeste la situación no era mejor; allí también había pandillas.

Para Franklin, cuya familia tenía generaciones de vivir allí y quien estaba esperando la llegada de su primer hijo, el barrio era todo su mundo. Reinaldo y Bryan se sentían igual.

Los tres habían sido miembros de la pandilla Calle 18, pero los asqueó la serie de asesinatos, extorsiones y robos contra sus vecinos. En busca de redención, echaron a la pandilla del barrio.

Ahora, los estaban cazando. Así que los jóvenes, por su propia protección, volvieron a transformarse en lo que más odiaban: una pandilla.

Desde 2018 hasta principios de 2019, The New York Times siguió a los jóvenes de Casa Blanca en este rincón de San Pedro Sula, una de las ciudades más peligrosas del mundo, y fue testigo de cómo trataban de mantener a raya a las pandillas.

La MS-13 quería el territorio para vender drogas. Las otras pandillas lo querían para extorsionar y robar. Pero los miembros de Casa Blanca habían prometido nunca volver a dejar que su barrio cayera víctima de eso. Y de ser necesario, morirían por ello.

Casi nadie intentaba detener la guerra que se avecinaba, ni la policía ni el Gobierno. El único que trabajaba para evitarla era un pastor de medio tiempo que recorría el barrio en un destartalado auto amarillo, arriesgando la vida para calmar a las facciones en guerra.

“No estoy a favor de ninguna pandilla”, dijo el pastor, Daniel Pacheco. “Estoy a favor de la vida”.La lucha para proteger el barrio —unas cuatro manzanas de casas de concreto, lotes baldíos con maleza y unas cuantas tiendas de abarrotes— simboliza la violencia que enfrentan millones de personas en toda Latinoamérica.

Desde principios de siglo, más de 2.5 millones de personas han sido asesinadas como parte de la crisis de homicidios que aqueja a América Latina y el Caribe, de acuerdo con el Instituto Igarapé, un grupo de investigación.

La región representa apenas el 8 por ciento de la población global y, sin embargo, ahí ocurre el 38 por ciento de los homicidios de todo el mundo. Reúne a 17 de los 20 países más mortales del planeta.

Y en tan sólosiete países latinoamericanos —Brasil, Colombia, Honduras, El Salvador, Guatemala, México y Venezuela— la violencia ha cobrado las vidas de más personas que las guerras en Afganistán, Irak, Siria y Yemen juntas.

Apuntalando casi todos los asesinatos está un clima de impunidad que, en algunos países, deja más del 95 por ciento de los homicidios sin resolver.
“Solo hay una forma de terminar con esto”, comentó Reinaldo. “O nos matan o los matamos”.

‘La próxima vez, me matan’

Los hombres entraron en silencio, levantando la delgada cortina en la puerta principal de la casa de Fanny con sus AK-47.

Ella dejó escapar un chillido de miedo mientras los hombres inspeccionaban su casa. Después del tiroteo del día anterior, el gatillero vio a Bryan, Reinaldo y Franklin correr al patio trasero de la casa de Fanny.

Ahora era de noche y Fanny, madre soltera de tres hijos, estaba sola. Los hombres hicieron una última revisión, buscando a los miembros de Casa Blanca y luego se fueron. Su silencio hacía al mensaje más aterrador: podían entrar y salir a su antojo.

Temblando de miedo, llamó a su primo, el pastor Pacheco. “La próxima vez, me matan, lo sé”, le dijo al pastor.

La mayoría de los días, Pacheco, conocido en el área como el Pastor Danny, iba y venía entre los territorios de las pandillas en su auto amarillo. Más de una vez había intervenido cuando la policía golpeaba a los pandilleros o se había interpuesto entre pandilleros rivales que estaban a punto de matarse entre sí.

Conocía a muchos de los miembros de Casa Blanca y entendía el dilema en el que se encontraban. Él tampoco quería que las pandillas controlaran el barrio.

Pero era realista —no había manera de mantenerlos fuera. La MS-13 estaba avanzando por amplias franjas de San Pedro Sula. En su opinión, seguía el territorio de Casa Blanca.

El pastor Danny consideraba que era una buena señal que los pistoleros de MS-13 no hubieran lastimado a Fanny, pero la repentina escalada le preocupaba. Habría más balas y más muertes, de eso estaba seguro.

Así que el pastor urdió un plan: quería servir como intermediario en una reunión entre los miembros de Casa Blanca y la MS-13, la pandilla que amenazaba con matarlos.

‘La vida era buena’

Anner, de 26 años, había crecido con los de Casa Blanca. No era miembro del grupo, pero dos de sus cuñados, entre los que se encontraba Franklin, lo eran.

El pastor necesitaba que Anner convenciera a los miembros de Casa Blanca de que la paz era la única salida. Anner necesitaba que el pastor entendiera a qué se enfrentaba  —la historia de Casa Blanca.

Durante más de una década, Casa Blanca había sobrevivido trabajando con pandillas más grandes. Pero estas pandillas aterrorizaban a los residentes y los miembros de Casa Blanca con el tiempo las expulsaron.

“Se convirtieron en un grupo antipandillas”, relató Anner. “La vida era buena. No más robos, no más extorsiones ni más violencia contra la gente que vivía en el barrio.

“Y luego”, dijo, “llegó la policía”.

Durante el verano de 2017, la policía arrestó a media docena de miembros de Casa Blanca. Otros huyeron. Las filas quedaron diezmadas, dejando a los miembros con el perfil más bajo en la calle.

“Si algo no cambia, habrá una masacre para fin de año”, dijo el pastor, impaciente.

“¿Fin de año? Más bien para el fin de la semana”, espetó Anner.

‘Mi última carta’

El pastor Danny entró al territorio de la MS-13, esperando ponerse a merced de Samuel, el líder en esa área.

“Esta es mi última carta”, dijo.

Samuel parecía tener treinta y tantos años, tenía el cabello corto y el porte tranquilo de alguien acostumbrado a tener el control. Se acercó y abrazó al hombre mayor. “Pastor Danny, ¿cómo estás?”, le preguntó.

“No muy bien, hermano”, dijo el pastor. “Tengo que pedirte un favor personal”, dijo.

Samuel levantó las cejas y contestó como político: “Si puedo hacerlo, lo haré”, dijo.

“Sé que ustedes están buscando ingresar al territorio de Casa Blanca”, continuó el pastor Danny. “Pero te vengo a pedir, te suplico, que no lo hagan con violencia. Por favor no maten a nadie”.

Todos sabían que Casa Blanca era débil, dijo Samuel. Ya había ordenado a su lugarteniente —un hombre al que llamaban Monstruo— que se apoderara del barrio.

“Si podemos evitar la violencia, lo haremos. Pero eso depende de ellos”, dijo.

‘Perdonarán a todos’

Unos días después, el pastor decidió decir a los miembros de Casa Blanca sobre su plan de una tregua. Reunió a todos en casa de Anner.

“Dijeron que perdonarán a todos siempre y cuando puedan entrar pacíficamente”, dijo el pastor, explicando los términos de la MS-13.

El pastor buscaba presentar el panorama de la manera más optimista posible. La MS-13 había dicho que no quería matar, pero nunca prometió que los perdonaría a todos, no explícitamente.

Al final de la conversación, Anner aceptó reunirse con Monstruo. “Esto es inevitable”, dijo Anner. “Miren las posibilidades: son como 50 mil de ellos contra 8 de nosotros”.

Entrando a territorio de MS-13, Anner y el pastor llegaron a un edificio con un pórtico de hojalata. Bajo él, Monstruo estaba sentado en una silla baja, fumando marihuana.

“No queremos problemas con la MS”, dijo Anner.

Monstruo, bajo el efecto del estupefaciente, negó con la cabeza y pronunció un suave: “No.

“Nuestra meta es no matar gente”, afirmó. “Si no se resisten, si hacen las cosas como está planeado, no habrá necesidad”.

‘Creo poder convencerlo’

Los cuerpos aparecieron una mañana de enero, mutilados, envueltos en bolsas negras de basura y depositados en los márgenes del territorio de Casa Blanca con la pandilla de Barrio 18.

La advertencia hablaba por sí misma: Barrio 18 se había enterado de la tregua en ciernes con la MS-13, y no tenía intenciones de aceptarla.

Unas semanas después, Reinaldo desapareció. El pastor se enteró de que los de Barrio 18 se lo habían llevado. Nunca devolvieron el cuerpo.

La frágil paz conseguida por el pastor comenzó a resquebrajarse.

La MS-13 nunca entró al barrio, como Samuel y el Monstruo dijeron. Aunque dejaron de atacar a Casa Blanca, como prometieron, los de Barrio 18 retomaron los enfrentamientos donde sus rivales se habían quedado.

A principios de este año, Samuel y Monstruo fueron ascendidos. Ya no había nadie que garantizara paz. El sustituto del Monstruo, Puyudo, retomó los ataques a Casa Blanca y el pastor desconocía los motivos.

Pero el pastor logró encontrarse con Puyudo, el nuevo líder del área. La desilusión del pastor Danny desapareció.

“Me parece que puedo convencerlo de detener los tiroteos”, dijo el pastor. “Se supone que nos volveremos a encontrar pronto”.

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