Nada, ni las políticas más crueles, disuaden a migrantes

2 de agosto del 2019

De hecho, alrededor del mundo, en el pasado y el presente, esta táctica en raras ocasiones ha funcionado.

Nada, ni las políticas más crueles, disuaden a migrantes

En respuesta a las crecientes críticas de que la condición de los centros de detención de inmigrantes en la frontera sur de Estados Unidos es inhumana, el Presidente Donald J. Trump tuiteó una resolución radical con la intención de disuadir la migración procedente de Centroamérica: “Si los inmigrantes ilegales no están contentos con las condiciones”, escribió en julio, “sólo díganles que no vengan. ¡Y problema resuelto!”.

Pero nosotros dos hemos visto de primera mano que el simple hecho de contar a los potenciales buscadores de asilo acerca de los terrores que podrían esperarles en Estados Unidos no dará resultado.

Este verano, viajamos por Honduras hablando sobre las leyes de asilo de Estados Unidos. Nuestra intención no era influir en las decisiones sobre huir, sino más bien informar a los potenciales buscadores de asilo sobre los obstáculos legales que enfrentarían, y los derechos que tienen, en caso de que decidieran encaminarse al norte.

Al inicio de cada presentación, pedíamos a los asistentes que levantaran la mano si podían nombrar cinco motivos amparados para buscar asilo -raza, religión, nacionalidad, opinión política o grupo social en particular- o si estaban enterados de la nueva política de “permanecer en México”. En todos nuestros públicos, nadie levantó la mano.

En nuestras presentaciones, no ocultábamos las duras realidades del proceso de asilo. Advertíamos que los buscadores de asilo podrían ser separados de sus familias, forzados a esperar meses en ciudades fronterizas mexicanas agobiadas por el crimen, colocados en “perreras” y detenidos sin el beneficio de fianza. Les explicamos que aún si son liberados dentro de Estados Unidos mientras esperan que sus casos sean escuchados, la vida fuera de los centros de detención puede ser exageradamente difícil.

Si la propuesta de Trump fuera eficaz, nuestros públicos habrían sido disuadidos. Habrían aceptado que los costos de huir pesan más que los beneficios. Pero éste no fue el caso.

En lugar de ello, al final de nuestras presentaciones, docenas de participantes hablaban del sentido de desesperanza que se extiende por su país. Un bombero nos dijo que estaba considerando huir debido a las amenazas contra la vida de su hija tras rechazar el ofrecimiento de una pandilla local de que vendiera drogas. Un empresario de un pueblo rural explicó su plan de huir de las amenazas de muerte que anticipaba por no pagar una cuota de extorsión. El administrador de una escuela describió la enorme caída en la inscripción luego de que bandas rivales peleaban por el territorio.

Algunos días durante nuestros viajes, encontramos que hondureños bloqueaban las carreteras para protestar por la privatización de la educación y los servicios médicos, así como por la desenfrenada corrupción del Gobierno. Apenas días después de que nos fuimos, el Ejército abrió fuego contra estudiantes universitarios que protestaban.

Cuando los potenciales buscadores de asilo se enfrentan con estos tipos de horrores en casa, el simple hecho de comunicarles las crueles políticas del Presidente Trump no es un factor de disuasión. De hecho, alrededor del mundo, en el pasado y el presente, esta táctica en raras ocasiones ha funcionado.

En El Porvenir, en el norte de Honduras, una maestra hablaba de los “dibujos de sueños” de sus estudiantes. Dijo que la mayoría de sus alumnos dibujaba imágenes de ellos mismos viviendo en EU de adultos.

“Saben que no hay futuro en Honduras”, nos dijo. “Estas barreras en la frontera no impedirán que intenten lograr su sueño”.

Con base en lo que vimos y escuchamos, para realmente disuadir a los migrantes, Estados Unidos debe ir a la raíz del problema. Eso significaría volver a comprometerse a apoyar a Honduras y otros países centroamericanos que producen a la mayoría de los buscadores de asilo. Al hacerlo, no puede simplemente poner dinero en manos de un Gobierno a todas luces corrupto que le ha fallado al público y ha perdido por completo la confianza de éste.

Estados Unidos podría, en cambio, apoyar a las muchas organizaciones civiles locales con las que nos reunimos que están haciendo un trabajo excepcional en capacitación de empleo, educación y construcción de comunidades. Con ayuda extra dirigida a reducir la violencia, fortalecer la infraestructura, devolver a hospitales los medicamentos tan necesitados y libros a las escuelas, más personas se quedarán.

Muchos argumentan que Estados Unidos debería hacer estas inversiones de todos modos, como compensación por sus intervenciones en Centroamérica durante el siglo 20, que contribuyeron de manera significativa al dolor que estas naciones experimentan ahora.

Este tipo de estrategia extendida no conlleva el éxito de la noche a la mañana. Sin embargo, con un compromiso a largo plazo Estados Unidos puede ayudar a asegurar que los “dibujos de sueños” de la siguiente generación de hondureños incluyan dibujos de ellos mismos como presidentes, doctores y bomberos en su patria.

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