Mitad judía, amó toda la vida a un discípulo de Hitler

22 de junio del 2019

Los nazis mataron a su padre, pero eso no impidió que la relación prosperara.

Mitad judía, amó toda la vida a un discípulo de Hitler

Emilie Landecker tenía 19 años cuando entró a trabajar en Benckiser, una compañía alemana que fabricaba productos de limpieza industrial y que también se enorgullecía de limpiar a su personal de elementos no arios.

Era 1941. Landecker era mitad judía y le aterraba ser deportada. Su nuevo jefe, Albert Reimann Jr., fue uno de los primeros discípulos de Adolfo Hitler y se describía a sí mismo como un “seguidor incondicional” de la teoría de la raza nazi.

De algún modo, se enamoraron.

La historia de Landecker, cuyo padre judío fue asesinado por los nazis, y Reimann Jr., cuyo nazismo y abuso de trabajadores forzados no impidió que su familia lograra una riqueza colosal, es un relato de muerte, devoción y contradicciones humanas. También es un relato de la expiación corporativa en la era moderna.

Benckiser se convirtió en uno de los conglomerados de productos para el consumidor más grandes del planeta. Conocido hoy como JAB Holding Company y aún controlado por la familia Reimann, está valuado en más de 20 mil millones de dólares y es propietario de Krispy Kreme Doughnuts, Pret A Manger, Keurig y otras marcas de productos para el desayuno.

La relación entre Reimann Jr. y Landecker fue un secreto durante años. Él estaba casado, pero no tuvo hijos con su esposa. Él y Landecker tuvieron tres. Durante décadas, dicen los hijos, no supieron sobre el nazismo de su padre ni de los abusos que ocurrieron en la compañía.

Reimann Jr. y Landecker, quienes murieron en 1984 y 2017, respectivamente, nunca hablaron sobre esos años. Pero a medida que Benckiser se convertía en el conglomerado mundial JAB, su pasado se volvió imposible de ignorar. Peter Harf, que asumió la presidencia del consejo este año y cuyo padre era nazi, dijo que dudaba que la organización no tuviera nada que ocultar.

Apenas ahora, 74 años después de la Segunda Guerra Mundial, están la familia y la compañía lidiando con su oscura historia.

En marzo, los primeros hallazgos sobre el abuso de trabajadores forzados por parte de la compañía se filtraron en un tabloide alemán, causando indignación. Los empleados de JAB (180 mil a nivel mundial) dicen que han sido acusados de “trabajar para nazis”, y la compañía ha enfrentado amenazas de boicot.

En una serie de entrevistas con The New York Times, miembros de la familia Reimann hablaron públicamente sobre el escándalo nazi. Contaron la historia del padre judío de Landecker, Alfred, y describieron cómo su asesinato ha obligado al clan a lidiar no sólo con el pasado, sino con el futuro.

Los Reimann dicen que gastarán parte de su fortuna para honrar la memoria de Alfred Landecker. Una donación única de alrededor de 11.3 millones de dólares se destinará a instituciones que ayudan a ex trabajadores forzados y sus familias.

Harf señaló que vivía en tres lugares, Nueva York, Londres y Milán, donde el nacionalismo y la división étnica estaban al alza. En la era del Presidente Donald J. Trump, el Brexit y Matteo Salvini, las empresas ya no pueden simular que están operando en un “espacio libre de valores”, dijo Harf.

“Una vez más, éste es un momento en el que todo mundo debe asumir una postura”, dijo. “Estoy muy asustado por lo que está sucediendo”.

Los Reimann habían acogido el nacionalsocialismo y el antisemitismo mucho antes de que los nazis llegaran al poder. Reimann Jr. escuchó hablar a Hitler en 1923 y se convirtió en uno de sus primeros partidarios. Su padre, Albert Reimann Sr., entonces director ejecutivo de Benckiser, se unió al partido nazi en 1931, y su hijo lo siguió un año después. Los hombres entonces transformaron a la compañía de acuerdo con los principios nazis.

Benckiser se benefició del sistema nazi, más que triplicando sus ventas en la siguiente década. La empresa no lucró con los negocios que habían sido arrebatados a propietarios judíos, y nunca empleó mano de obra de los campos de concentración. Pero a partir de finales de 1940, los Reimann sacaron provecho del trabajo forzado: hombres y mujeres sacados de sus hogares que fueron asignados por los nazis a granjas y empresas de toda Alemania.

Fue alrededor de esta época que Emilie Landecker empezó a trabajar en Benckiser, en el Departamento de Contabilidad. Reimann Jr. era su jefe.

Para 1943, 175 personas, o un tercio de la fuerza laboral total, eran trabajadores forzados. Benckiser operaba dos campos de trabajos forzados, uno de ellos supervisado por un brutal capataz, Paul Werneburg. En su turno, las trabajadoras eran obligadas a permanecer desnudas en posición de firmes afuera de sus barracas, y las que se negaban se arriesgaban a sufrir abusos sexuales. Los trabajadores eran pateados y golpeados.

Durante un bombardeo en enero de 1945, Werneburg echó a docenas de trabajadores de un refugio contra bombas del campamento. Treinta resultaron heridos y uno murió.

Landecker lo habría presenciado todo, dijo su hijo, Wolfgang Reimann. “Ella vivió el espectáculo de horror que sucedía en nuestra propia compañía”, comentó. “Probablemente estuvo sentada en el mismo búnker cuando Werneburg echó a los trabajadores”.

El entusiasmo de los Reimann por la ideología nazi nunca se apagó. Incluso en 1945, Reimann Jr. creía en la “Endsieg”, la “victoria final” de Hitler. La guerra terminó en mayo de ese año; un mes después, fue arrestado e internado por las fuerzas aliadas de ocupación como parte del proceso de desnazificación.

Mientras estaba detenido, Reimann Jr. escribió una carta a las autoridades desestimando las acusaciones de que era un “nazi veterano y entusiasta”.
Funcionó, y Reimann Jr. continuó con sus actividades empresariales. Ahora, la familia Reimann es la segunda más rica de Alemania, con un valor de casi 37 mil millones de dólares.

Wolfgang Reimann dijo que lo único que su padre contó a sus hijos sobre la guerra fue que los trabajadores habían amado tanto a la compañía que lloraron cuando terminó el conflicto y tuvieron que irse. Eso es una tontería, dijo, maldiciendo.

Landecker estaba en el trabajo cuando la Gestapo llegó para deportar a su padre en abril de 1942.

El contador y veterano de la Primera Guerra Mundial había sido un padre amoroso. Tras la muerte de su esposa en 1928, cuidó a sus tres hijos. Emilie era la mayor.

Los nazis llegaron al poder en 1933. Alrededor de esa época, Landecker hizo dos cosas que resultaron previsoras. Bautizó a sus hijos como católicos, la religión de su esposa. Y les traspasó sus propiedades, incluyendo el departamento de la familia, para que no pudieran ser expropiadas.

El padre detallaba el cambio social en cartas a su hija menor, que se encontraba en Bavaria.

Dos días antes de su deportación, le escribió su última carta. “Les deseo lo mejor para el futuro, manténganse sanos y conviértanse en seres humanos decentes”, exhortó. “¡Aprendan idiomas! Tienen el futuro por delante, no lo desperdicien”.

Su carta final a sus hijos en Alemania fue enviada desde Izbica, un ghetto que servía como punto de transferencia a los campos de concentración en la Polonia ocupada por los nazis.

Nadie sabe con exactitud cuando inició el amorío de Landecker y Reimann Jr. Pero en 1951, nació su primer hijo. Luego nacieron dos más. Dos veces por semana, Reimann dejaba a su esposa y visitaba a Landecker, quien trabajó en Benckiser hasta 1965. Ese año, Reimann Jr. adoptó formalmente a sus hijos.

Landecker era una mujer reservada. No hablaba mucho. Pero, a pesar de todo, amaba al padre de sus hijos, dicen éstos. “Nunca entendí por qué”, expresó Wolfgang Reimann.

Durante décadas, los hijos supieron que sus padres se habían conocido “en la compañía”. Sabían que su abuelo materno, Alfred, había sido asesinado por los nazis. Pero no sabían, hasta este año, que su mismo padre había sido un nazi.

“Mi madre nunca dijo nada”, dijo Wolfgang Reimann. “Si hubiera tenido que vivir con el amor de mi vida, como lo hizo mi madre, y esta persona también fuera responsable de las cosas terribles que sucedieron durante la guerra, supongo que yo tampoco habría dicho mucho”.

Casi todas las compañías alemanas con suficientes años de existencia tienen una historia en torno a la era nazi. La expansión internacional a menudo ha sido un detonante para que esas empresas lidien con su pasado. Ése fue el caso con las propiedades de los Reimann.

A través de los años, Benckiser pasó por fusiones y desincorporaciones; se combinó con otra firma para volverse el gigante de productos del consumidor Reckitt Benckiser, conocido por marcas como Lysol y condones Durex. A la larga, los Reimann canalizaron mucha de su riqueza a JAB.

Las revelaciones nazis han conmovido a los Reimann más jóvenes.

“Cuando escuché y leí sobre las atrocidades cometidas en Benckiser, aprobadas por mi abuelo, sentí ganas de vomitar”, dijo Martin Reimann, de 30 años, nieto de Landecker y Reimann.

“No puedo afirmar que estaba muy interesado en la política antes. Simplemente vivía mi vida. Pero después de lo que sucedió, cambié de parecer. Tengo que hacer algo. En nuestro consejo familiar, la generación más joven se rebeló un poco”.

Al renombrar a la fundación de la familia en honor a Alfred Landecker, explícitamente se está vinculando la memoria de los crímenes pasados con la lucha de hoy por preservar los valores de la democracia liberal.

Harf, el presidente del consejo de JAB, dijo que acaba de leer “The Order of the Day” (El Orden del Día), una novela histórica ambientada en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Una escena tiene lugar en febrero de 1933, cuando Hitler y el presidente del Reichstag (el parlamento alemán) motivan a 24 industriales alemanes a hacer donativos al partido nazi. Los empresarios, representando a compañías que aún son prominentes nombres corporativos alemanes, como Siemens, Bayer y Allianz, abren sus billeteras.

Harf señaló que esto lo hizo pensar que no había suficientes voces en el mundo empresarial pronunciándose en contra del resurgimiento del nacionalismo y el populismo en Europa y Estados Unidos. Dijo que cada vez que los líderes de negocios toman decisiones deberían preguntarse, “¿qué significa esto para nuestro hijos? ¿Qué significa para el futuro?”.

“En la historia, las empresas han habilitado a los populistas”, añadió. “No debemos cometer el mismo error hoy.

“Como sucesores y descendientes de personas que cometieron actos horrendos, es vital que nuestra generación acepte lo que sucedió, que hagamos todo lo posible para llevar tolerancia e igualdad a las comunidades donde vivimos, y asegurar que las acciones de Albert Reimann Sr. y Albert Reimann Jr. sean parte de una historia que nunca se repita”.

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