Niños brasileños, una mercancía más en la industria del fútbol

25 de junio del 2019

Un incendio reveló los peligros del negocio del deporte rey.

Niños brasileños, una mercancía más en la industria del fútbol

Christian Esmério iba a ser el elegido, su familia estaba segura de ello.

Tenía 15 años y era muy alto, un futbolista de sonrisa fácil que disfrazaba su habilidad debajo de los tres palos. Ya se hablaba de contratos, y de comprar una casa para sus padres, que habían vaciado todos sus ahorros en el sueño de que su hijo pudiera ser la siguiente gran exportación brasileña del fútbol.

Pero en febrero, su padre se encontraba de pie, aturdido por el pesar, rodeado de abogados. Unos días antes, Christian había muerto en un incendio ocurrido en uno de los clubes de fútbol más famosos de Sudamérica, el Flamengo. Fue uno de 10 jugadores que perdieron la vida.

Las muertes ofrecieron un vistazo a la línea de producción más grande del fútbol internacional y generaron cuestionamientos sobre un aparato brutal que engulle a miles de jóvenes brasileños por cada estrella que acuña.

Pero por el momento, había una pregunta: ¿cuánto valía Christian?

El mundo del fútbol en Brasil está poblado por una variedad de actores, casi todos atraídos por la oportunidad de escapar de la pobreza, quizás incluso volverse ricos.

Están los chicos y sus familias. Están los inversionistas, quienes peinan el país en busca de prospectos jóvenes. Y están los equipos, muchos en un estado de caos financiero tal que sólo la venta de la estrella más reciente los mantiene a flote. Las ganancias generadas por invertir de manera inteligente, y a una edad temprana, en un solo jugador, pueden alcanzar las decenas de millones de dólares.

Para muchos en el deporte, la industria ha crecido fuera de control. Se ha transformado de un sistema que tenía como objetivo desarrollar futbolistas prometedores en un mercado internacional que ahora vale 7 mil millones de dólares al año, de acuerdo con la FIFA.

Talentosos atletas jóvenes, algunos de ellos niños, se compran y venden como cualquier otra materia básica. En Brasil, a los mejores se les denomina “piedras preciosas”.

Nadie sabe con certeza cuántos niños hay en el sistema de fútbol juvenil de Brasil. Los estimados oscilan entre 12 mil y 15 mil, pero es una cantidad difícil de corroborar. La federación brasileña de fútbol no hace ningún esfuerzo por rastrear jugadores hasta que cumplen 16 años y se vuelven profesionales.

El Flamengo se enorgullece de ser el equipo más popular. Pero esa adoración y ese poder podrían haber permitido que durante años el Flamengo escapara de cualquier tipo de censura en relación con el trato a los niños bajo su cuidado.

En el 2015, procuradores estatales de Río de Janeiro demandaron al Flamengo por las condiciones de su centro de entrenamiento. Los procuradores citaron fallas en la protección de los menores, al declarar que las condiciones eran “incluso peores que las ofrecidas en la actualidad a los delincuentes juveniles”.

En el 2017, los funcionarios de la ciudad emitieron una orden para cerrar las instalaciones, pero nunca la ejecutaron.

En años recientes, el Flamengo gastó millones de dólares para mejorar su academia de jóvenes. Pero el dormitorio que albergaba a 26 niños dormidos el 8 de febrero era una estructura improvisada, que consistía de seis contenedores de acero fundidos juntos.

Un chico que estaba en la habitación de Christian dijo que la puerta se había atorado cuando intentaron escapar. El niño logró deslizarse a través de las rejas de una ventana. Pero Christian, de 1.90 metros de estatura, no lo logró.

Los representantes del Flamengo no respondieron a solicitudes de entrevistas. Sin embargo, en febrero, su presidente Rodolfo Landim, negó tener conocimiento de alguna irregularidad.

Sergio Rangel, un periodista que ha cubierto el deporte durante tres décadas, asegura que el sistema de entrenamiento de juveniles le recuerda a la gigantesca mina de oro de Serra Pelada. Hombres pobres de todo el país atiborraron la mina a cielo abierto en los 80s, volteando rocas con la esperanza de encontrar la pepita que cambiaría sus vidas.

El fútbol también ha eludido a muchas familias. Algunas se mudan cientos o incluso miles de kilómetros para inscribir a sus hijos en programas que clasificarán, escudriñarán y, la mayoría de las veces, rechazarán a sus hijos.

“Eligen uno, lo voltean y lo desechan si no sirve”, comentó Rangel.

Menos del 5 por ciento de los prospectos del fútbol en Brasil llegarán a ser profesionales, de acuerdo con la mayoría de los estimados. Aún menos ganarán un sueldo decente. Un estudio publicado por la federación brasileña de fútbol en el 2016 encontró que el 82 por ciento de los futbolistas en el país ganaba menos de 265 dólares al mes.

Sin importar las probabilidades, sin importar las dificultades, hay suficientes historias de éxito en el fútbol como para alimentar las esperanzas de jovencitos que casi no tienen más a qué aspirar.

Está Neymar da Silva Santos Júnior, tan exitoso que es más una marca internacional que un futbolista. Están Rivaldo Vitor Borba Ferreira, Christiano Ronaldo y Romário de Souza Faria, tres ex futbolistas brasileños ganadores de la Copa del Mundo, cada uno nombrado el mejor jugador del planeta en su momento por la FIFA.

Parecía que Christian estaba acercándose a su propia versión de una historia de éxito dentro del fútbol. Se anticipaba que el 5 de marzo, el día que cumplía 16 años, firmaría su primer contrato profesional con el Flamengo.

Murió cuatro semanas antes de ese cumpleaños.

Días después de su muerte, un abogado le dijo a Cristiano Esmério, que en términos de la indemnización, Christian valía más que los otros jugadores. Esmério asintió con la cabeza en silencio. Él y su hijo también habían hablado de dinero.

“Papá, busquemos una casa”, le había sugerido Christian cuando se enteró de que estaba a punto de firmar un contrato profesional. “Con mi primer cheque, quiero comprarle una casa a mi mamá, para que ya no tenga que sufrir porque no tiene agua ni electricidad”.

Una semana antes de morir, el chico publicó un tributo a su familia en Facebook. Arriba de dos fotos de padre e hijo tomadas con una década de diferencia, prometió: “Todo el sacrificio será recompensado, mi viejo”.

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