Salihorsk, la sanadora mina de sal de Bielorrusia

6 de julio del 2019

En toda la exUnión Soviética, una visita a las minas de los campos de prisioneros.

Salihorsk, la sanadora mina de sal de Bielorrusia

Yury Lukashenia, gerente de 40 años de una compañía austriaca en Bielorrusia, con regularidad lleva a su familia de vacaciones a lugares soleados como España y Grecia. Pero lo que realmente lo emociona es ir a una mina de sal.

“Por supuesto, la primera vez dio un poco de miedo”, dijo, al recordar su recorrido original en un elevador destartalado y sin luz que descendió 420 metros bajo tierra hasta un laberinto débilmente iluminado de cuevas y túneles cavado en uno de los depósitos de sal y potasio más grandes del mundo.

Pero ahora, en su sexta visita a Salihorsk, la joya de la corona de la industria de minas de sal de la exUnión Soviética, Lukashenia, que sufre de alergias, dijo que no se perdería su viaje anual por nada del mundo.

“Me siento mejor tan pronto llego aquí”, dijo. “Es mucho mejor pasar dos o tres semanas en una mina de sal que sentado en un yate”.

Él ha intentado lograr que su esposa lo acompañe, pero ella tiene claustrofobia y prefiere la playa. Y ninguno de sus amigos tiene la menor inclinación a ir. “Cuando les digo a mis amigos que voy a las minas de sal, siempre me preguntan: ‘¿qué hiciste mal?’”.

En toda la exUnión Soviética, la sugerencia de una visita a las minas de sal evoca sombríos recuerdos de los campos de prisioneros. Sin embargo, las minas en Bielorrusia han sido replanteadas como una cura de salud, una idea apoyada por Alexander Lukashenko, el líder autoritario de mucho tiempo del país.

Unas 4 mil personas al año visita ahora la Clínica Nacional de Espeleoterapia, un complejo tipo hotel en Salihorsk, un pueblo minero 130 kilómetros al sur de Minsk, la capital bielorrusa.

La clínica abrió apenas unos meses antes del colapso de la Unión Soviética en 1991, pero ha crecido de manera sostenida desde entonces. La mitad de sus visitantes son bielorrusos, cuyas estancias son cubiertas por el sistema nacional de salud, y la otra mitad son extranjeros, principalmente rusos, quienes pagan alrededor de mil dólares por una estancia de dos semanas.

Autobuses trasladan a los visitantes, ataviados con cascos, a la entrada de la mina para un turno de seis horas bajo tierra y, para los realmente extremos, un turno más largo de toda la noche. Las luces de la mina se apagan a las 22:00 horas y vuelven a encenderse a las 5:45 horas, cuando las catacumbas de sal empiezan a temblar con música polka. Corredores inmensos albergan mesas de ping-pong, una cancha de voleibol y una pista para trote. No hay televisión ni internet.

Pavel Levchenko, un cirujano de Minsk que dirige la clínica, insistió en que su establecimiento no es un spa, sino instalaciones médicas. Los miembros del personal visten batas médicas blancas y son médicos, enfermeras y otros profesionistas. A los visitantes se les llama pacientes.

“No queremos turistas”, dijo Levchenko. “La gente que viene aquí tiene que estar motivada. Tiene que estar enferma”.

Lukashenia dijo que él calificaba, explicando cómo había desarrollado alergias terribles y batallaba tanto para respirar que con frecuencia no dormía. “Aquí duermo como lirón”, dijo.

El estar totalmente aislado de la luz del sol, los celulares y la internet alivia el estrés y ayuda, dijo, pero lo más importante era el aire. Está saturado de sal y potasio, pero libre de contaminación de polen y otros heraldos de la primavera que le causan estragos. Después de intentar con pastillas y remedios dudosos, decidió visitar la mina de sal. Reconoció haberse sentido escéptico en un principio, pero quedó sorprendido por la rapidez con la que empezó a respirar normalmente de nuevo.

No hay consenso científico de que funcione la terapia de mina de sal, pero las autoridades de salud de Bielorrusia están convencidas de que su país está a la vanguardia de la innovación médica.

“Yo mismo estaba muy escéptico en un inicio”, dijo Levchenko. Pero, añadió, “he visto lo bien que funciona”. El tiempo en la mina de sal, agregó, no cura a los visitantes de sus padecimientos, pero “los pone en remisión”.ç

Nadezhda Vasilenko, de 58 años, una mujer rusa que sufre de asma, dijo haber visitado la mina el año pasado. “Me sentí tan mejorada, así que decidí venir de nuevo”, dijo, sentada con un grupo de otras mujeres.

Las amistades forjadas bajo tierra son fuertes, dijo Zhanya Sakanchuk, originaria del pueblo bielorruso de Pinsk. Aquejada de asma, ha visitado el lugar cada año desde el 2012, cuando vio un reportaje en la televisión sobre la visita del presidente Lukashenko a las instalaciones.

Dijo haber estado desesperada después de que la pérdida de su único hijo la sumió en una profunda depresión y dejó su salud en condición precaria. Dijo que se sentía mucho mejor y que definitivamente regresaría.

“Quizás simplemente sea el efecto placebo, pero la mina de sal me salvó la vida”, dijo Sakanchuk.

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