Así surgió la oposición de las vacunas en EE.UU.

14 de octubre del 2019

Los padres no están vacunando a sus hijos y la desinformación sobre el tema aumenta

Así surgió la oposición de las vacunas en EE.UU.

La pregunta a menudo es susurrada y quienes preguntan a menudo se sienten apenados. Pero cada vez más, los padres en el parque de juegos en Nueva York donde Elizabeth A. Comen lleva a sus hijos pequeños le han estado preguntando: “¿vacunas a tus niños?”.

Comen, oncóloga que ha tratado a pacientes por cánceres relacionados con el virus del papiloma humano que ahora se puede prevenir con una vacuna, responde enfáticamente: por supuesto.

Ella nunca imaginó que le harían tales preguntas. Sin embargo, estos intercambios en el parque son un reflejo de la conversación nacional al final de la segunda década del siglo 21, una época de impresionantes avances médicos y científicos, pero también una época en que Estados Unidos, que en el 2000 fue designado por la Organización Mundial de la Salud como un país que ha erradicado al sarampión, ha visto un aumento en los brotes. La OMS ha incluido a la indecisión sobre las vacunas como una de las principales amenazas a la salud mundial.

El sentimiento antivacunas tiene décadas de estar creciendo, consecuencia de una internet rebosante de rumores y desinformación; un contragolpe a las grandes compañías farmacéuticas; una obsesión con las celebridades que le da una credibilidad especial a sus declaraciones en contra de la vacunación y, más recientemente, la retórica de la Administración Trump contra la ciencia.

Aún es cierto que la abrumadora mayoría de los padres de familia estadounidenses vacuna a sus hijos. Han proliferado grupos impulsados por padres, como Voices for Vaccines, formados para combatir el sentimiento antivacunación. Cinco Estados han eliminado las exenciones de los requisitos de vacunación en las escuelas, permitiendo sólo exclusiones médicas.

Pero hay tendencias de mal agüero. En el caso de las enfermedades altamente contagiosas como el sarampión, se cree que la tasa de vacunación para lograr inmunidad colectiva —término que describe la tasa óptima para proteger a una población entera— por lo regular es del 95 por ciento. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades encontraron que la tasa de vacunación para la inyección de sarampión, paperas y rubeola (SPR) en jardines de niños en el ciclo escolar 2017-2018 se había reducido nacionalmente al 94.3 por ciento, el tercer año consecutivo a la baja.

Los expertos en salud pública dicen que los pacientes y muchos doctores podrían no apreciar la gravedad de las enfermedades que las vacunaciones han frustrado, como la polio, porque probablemente no han visto casos.

“Las vacunas son víctima de su propio éxito”, dijo Paul A. Offit, experto en enfermedades infecciosas en el Hospital Infantil de Philadelphia y coinventor de una vacuna para el rotavirus, que puede causar diarrea grave en niños pequeños. “Hemos eliminado en gran medida el recuerdo de muchas enfermedades”.

El crecimiento de la duda sobre las vacunas en EE.UU. coincide con varias fuerzas y actitudes rivales. Desde principios de la década del 2000, mientras aumentaba el número de vacunas obligatorias en la infancia, una generación de padres se volvió hipervigilante de sus hijos y las redes sociales validaban eso. En su opinión, los padres que permitían la vacunación eran ingenuos.

En el 2011, Dana Fuqua, de Aurora, Colorado, embarazada de su primer hijo, sintió la atracción de la crianza con pensamiento grupal.

Se acababa de mudar a la zona, así que se contactó con grupos de madres en Facebook. Colorado tiene un fuerte movimiento resistente a las vacunas. Las nuevas amigas de Fuqua la instaron a tener un parto libre de medicamentos y no permitir nunca que una gota de fórmula pasara por los labios de su bebé. Las vacunas eran un anatema.

Las mujeres la intimidaron. “No discutía con ellas”, dijo Fuqua. “Estaba tan desesperada por su apoyo que cedí retrasando la agenda de vacunas”.

Pero cuando su segundo hijo nació prematuro, susceptible a enfermedades, la aprobación del grupo no fue tan importante como la seguridad de su bebé. Su postura cambió, y les aplicó todas las vacunas a sus dos hijos.

Ha habido movimientos antivacunación desde por lo menos 1796. Pero muchos expertos dicen que el actual puede haberse originado en 1982, cuando el canal de televisión NBC transmitió un documental que abordaba una controversia de Inglaterra: un presunto vínculo entre la vacuna para la tos ferina y convulsiones en niños pequeños.

Los médicos criticaron el programa como peligrosamente impreciso. Pero el miedo se propagó. Se formaron grupos antivacunación.

Luego, en 1998, Andrew Wakefield, un gastroenterólogo británico, publicó un estudio en la revista Lancet (desde entonces desacreditado y retirado), que asociaba a la vacuna de SPR con el autismo.

Frente al riesgo de autismo o sarampión, algunos padres pensaron que la respuesta era obvia. Pero la mayoría de la gente es terriblemente deficiente para evaluar riesgos, dicen expertos en toma de decisiones médicas.

“Preferiríamos no hacer algo y que suceda algo malo, a hacer algo y que algo malo suceda”, explicó Alison M. Buttenheim, profesora asociada de Enfermería y Políticas de Salud en la Facultad de Enfermería de la Universidad de Pennsylvania. La gente se desconcierta por el riesgo numérico.

“Ponemos más atención a los numeradores, como ‘16 eventos adversos’ que a los denominadores, como ‘por millón de dosis de vacunación’”, dijo Buttenheim.

Un concepto llamado “aversión a la ambigüedad” también está involucrado, añadió. “A los padres les gustaría que les dijeran que las vacunas son 100 por ciento seguras”, indicó. “Pero ése es un estándar que no le otorgamos a ningún tratamiento médico”.

Relativamente pocas personas son absolutistas respecto a negarse a todas las vacunas. “Pero si no estás seguro sobre una decisión, encontrarás quienes confirmen tu prejuicio y afiancen lo que piensas”, dijo Rupali J. Limaye, socióloga que estudia las conductas respecto a las vacunas en la Facultad de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins, en Maryland.

En ningún lado es más clamoroso ese refuerzo que en las redes sociales, añadió Limaye. “Podrás ver a tu pediatra sólo unas cuantas veces al año, pero puedes pasar todo un día en internet”, dijo.

La gente también tiende a creer la narrativa anecdótica de una persona más que los números abstractos. Cuando la actriz Jenny McCarthy insistió en que las vacunas causaron el autismo de su hijo, a miles les pareció más convincente que los datos que mostraban lo contrario.

Al 2014, estudios mostraron que la confianza de los padres en las autoridades de salud pública y en pediatras estaba disminuyendo. Para entonces, Donald Trump ofrecía apoyo en Twitter al desacreditado vínculo entre el autismo y la vacunación. Como Presidente electo, se reunió con líderes del movimiento antivacunación, aunque cuando los casos de sarampión subieron respaldó la vacunación.

Pronto, tomar decisiones de manera compartida se volvió el modelo de la relación doctor-paciente. Los pediatras ofrecieron escalonar la programación de vacunas.

El liberalismo también influye en la indecisión sobre las vacunas, ya que los padres afirman que el Gobierno no debería decirles qué meter en sus cuerpos.

“Que el Gobierno les ordene hacer algo refuerza las teorías de conspiración”, dijo Daniel Salmon, director del Instituto para la Seguridad de Vacunas en Johns Hopkins. “Y la gente percibe que su riesgo es más alto cuando algo no es voluntario”.

Con tantas convicciones diversas, pero sumamente arraigadas, los expertos en salud pública batallan para diseñar campañas positivas de vacunación. El equipo de Salmon en Johns Hopkins trabaja en una app para capturar las actitudes de los padres hacia las vacunas y adaptar la información para convencerlos de vacunar a sus hijos.

Los expertos dicen que la mejor forma de cambiar la narrativa es que los profesionales médicos eduquen a los padres y pacientes.

“Les pedimos a los padres en los primeros dos años de vida de su hijo que lo protejan contra 14 enfermedades, que la mayoría de la gente no percibe, usando fluidos que no entienden”, dijo Offit, el especialista en enfermedades infecciosas. “Es tiempo de que asumamos una posición más objetiva y nos expliquemos mejor”.

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