¿Tendrá un precio la práctica de robar de libros?

23 de septiembre del 2019

La conveniencia y el menor precio posible, o no ningún precio, se han vuelto los valores que nos definen.

¿Tendrá un precio la práctica de robar de libros?

Un día, no hace mucho tiempo, en una clase que impartía en una universidad, algunos de mis alumnos no podían encontrar la página de la que yo estaba hablando en la lectura. Y caí en la cuenta: sólo se exigía un texto en la clase, una antología de escritos sobre el mundo natural titulada “American Earth”. Y ellos estaban leyendo copias pirateadas —versiones descargadas gratuitamente de algún dudoso “proveedor” en internet.

Era una universidad muy conocida por su política progresista. Así que quizá mis estudiantes pensaban que estaban asestando un golpe a la oscura hegemonía de los avariciosos editores de libros de texto. O quizá, al haberse disparado a la estratósfera los costos de colegiaturas y libros, sólo querían ahorrarse 27 dólares, el precio en línea con descuento. Con la mayor delicadeza posible, les informé que, de hecho, estaban robándole al autor (o, en este caso, al editor) que resultaba ser el activista ambiental Bill McKibben, uno de sus héroes ambientales. Además, la Biblioteca de Estados Unidos, que publicó el libro, es legalmente una organización sin fines de lucro. (Muchas otras casas editoriales ahora logran ese estatus meramente de facto).

Me temo que fue un fracaso como momento de enseñanza. Mis alumnos se veían desconcertados, mas no persuadidos, atrapados en la conveniente racionalización de que los autores subsisten de la inspiración y el amor más puro al tema en cuestión. Traté de explicar: los autores también necesitan comer, y nos las arreglamos (o no del todo, hoy en día), presentándonos en nuestros lugares para escribir a una hora designada día tras día y permaneciendo allí hasta que hayamos sacado nuestra cuota de palabras, para que sean enviadas, después de un tiempo, a un editor, con la esperanza de que, dentro de dos o tres años, algunos centavos pudieran llegar bajo el nombre ridículamente grandioso de “regalías”.

Sin embargo, lo que llega estos días son principalmente alertas vía correo electrónico sobre sitios en internet que, violando descaradamente la ley de derecho de autor, ofrecen descargas gratis de libros que los autores se han tardado años en producir. En este momento, tengo unas 400 de esas ofertas de mis propios libros en un fólder de correo electrónico etiquetado “Ladrones”. Resulta que la mayoría son fraudes tipo phishing, que piden a usuarios ingenuos que den información de tarjetas de crédito antes de proceder a la copia supuestamente gratis.

Sin embargo, el verdadero robo sucede en otra parte, de acuerdo con expertos de la industria editorial que monitorean el rápido crecimiento de la piratería de libros. Sucede en una desconcertante variedad de escenarios, incluyendo “bibliotecas de piratería” que aparecen en búsquedas en Google, PDFs ilegales en eBay, copias físicas falsas en Amazon, grupos privados para compartir archivos en Facebook, y en el reparto de una persona a otra mediante memorias digitales.

“Hay personas que simplemente quieren que todo sea gratis”, dijo Mary Rasenberger, directora ejecutiva del Gremio de Autores, “y es como una religión para ellos”.

Desde el 2009, cuando los libros electrónicos (o eBooks) y la piratería de libros se volvieron un fenómeno, los ingresos para los autores ha disminuido 42 por ciento, de acuerdo con una encuesta de ingresos realizada en el 2018 por el Gremio de Autores, y el ingreso promedio por escribir ahora es tan bajo —sólo 6 mil 80 dólares al año— que los niveles de pobreza parecen la cima de la montaña.

En contraste, un sondeo de Nielsen en el 2017 encontró que las personas que admitieron haber leído un libro pirata en los seis meses anteriores tendían a ser tanto hombres como mujeres de clase media y educados, de entre 30 y 44 años —y con un ingreso de 60 mil a 90 mil dólares anuales. Extrañamente, muchos de ellos, al igual que los estudiantes de mi clase, son fans de los autores que piratean, como si circular copias del trabajo de toda la vida de alguien sin pago alguno fuera de algún modo un gran elogio.
El sondeo Nielsen, encargado por Digimarc, un proveedor de servicios de protección de derechos de autor y marcas registradas, estimó que las editoriales de libros pierden 315 millones de dólares en ventas al año a causa de la piratería. Tomando el típico porcentaje inicial para regalías, eso resulta en 31.5 millones de dólares que los autores ya no ganan. Y eso se traduce en muchos autores que renuncian y se dedican a las relaciones públicas o algo peor.

Lo exasperante es lo poco que podemos hacer respecto a esto, o más bien, lo mucho que podemos hacer, con tan poco efecto. Las leyes de Estados Unidos permiten que el poseedor legal del derecho de autor envíe una notificación formal de retiro del texto al sitio culpable, el cual por lo general lo ignora, en especial si opera fuera de Estados Unidos. Incluso en el caso poco probable de que el culpable cumpla, el libro simplemente se cambia a un nuevo URL, o dirección de internet, lo que exige que el autor o editor envíe otra notificación de retiro, y otra, y otra.

También es exasperante porque las plataformas que permiten este comportamiento, incluyendo Google (ganancias del 2018: 31 mil millones de dólares), Amazon (10 mil millones), eBay (2 mil millones) y Facebook (22 mil millones), están mucho mejor equipadas financiera y tecnológicamente para bloquear la piratería antes de que incluso empiece. Pero la Ley de Derecho de Autor del Milenio Digital de 1998 específicamente las exenta de responsabilidad por los comportamientos ilegales y antisociales que comunican. La indignación pública reciente ha vuelto a estas plataformas temerosas de la regulación y por ello colocan mayor atención al negocio de monitorear y vigilar el contenido. Pero el modelo de negocios de Google sigue siendo en gran medida “indiferente a si los consumidores llegan a mercancías legítimas o pirateadas”, de acuerdo con una reciente declaración de la Asociación de Editores Estadounidenses. Asimismo, Amazon permite “la falsificación generalizada, los productos defectuosos y las reseñas falsas”, lo que deja a los autores y editores con una pérdida que crece cada vez más rápido.

Quizá, sin embargo, es demasiado estrecho enfocarse en la forma en que nuestra sociedad ha menospreciado a sus autores. Sin duda, músicos, minoristas locales, periódicos locales, maestros de escuela y obreros se sienten menospreciados casi de la misma manera. Hemos entregado nuestras vidas a los multimillonarios tecnócratas que alguna vez que se propusieron no hacer daño y que en lugar de ello han terminado destruyendo al mundo como lo conocíamos. La conveniencia y el menor precio posible, o no ningún precio, se han vuelto los valores que nos definen.

Nos hemos cortado de nuestras comunidades y del toma y daca mutuo que alguna vez fue nuestra vida diaria ordinaria. Ahora permanecemos sentados, solos en nuestras habitaciones, inquietamente desplazándonos por la pantalla en busca de algo gratuito para leer.

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