Un largo romance lunar de cuatro siglos

17 de julio del 2019

Desde el satélite natural de la Tierra hasta la NASA.

Un largo romance lunar de cuatro siglos

Siglo tras siglo, la Luna se negó rotundamente a revelar sus secretos. Los antiguos griegos y romanos generalmente la consideraban tersa, inmaculada y blanca, pero no tenían una explicación satisfactoria para las manchas sucias en su cara que eran visibles al ojo humano. Luego, alrededor del año 90 después de Cristo, Plutarco escribió que esas imperfecciones eran las sombras de montañas y valles y que la Luna debía ser habitable.

Aunque nunca aparecieron criaturas vivientes, la noción de que podrían hacerlo no murió. Después de la Segunda Guerra Mundial, uno de varios rumores era que los alemanes habían establecido instalaciones secretas en la Luna, y algunos incluso especularon que Hitler había fingido su propia muerte y vivido el resto de sus días bajo la superficie lunar.

Una nueva exhibición, “Apollo’s Muse: The Moon in the Age of Photography” (La Musa de Apolo: La Luna en la Era de la Fotografía), en el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York, es un recorrido a través de una historia poco común: retratos de la Luna a través de cuatro siglos.

Esta revelación de persistentes búsquedas astronómicas es una unión innovadora de ciencia y arte —300 imágenes y objetos, además de material fílmico. Las imágenes arrojan luz sobre la imparable búsqueda de conocimiento de los astrónomos, así como sobre avances tecnológicos, respuestas artísticas y fantasía.

La muestra es un testamento del impulso humano por conocer y explorar.

Después del invento del telescopio, en 1608, la Luna parecía accesible. En 1609, Galileo dibujó sus primeros retratos de observación cuidadosa. Galileo se dio cuenta de que las manchas en realidad eran las sombras de montañas. Sus dibujos publicados, dos de ellos presentes en la exhibición, representan los albores de la astronomía moderna.

El siglo 17 llegó a la vista humana objetos extremadamente distantes y extremadamente pequeños, al tiempo que los telescopios mejoraron rápidamente y la potencia de los microscopios, inventados a fines del siglo anterior, se incrementó marcadamente.

Se cree que la altamente exitosa Selenografía de Johannes Hevelius —un altas lunar publicado en 1647 y titulado en honor a Selene, la diosa lunar en la mitología griega— es el primer libro dedicado enteramente a la Luna.

“Apollo’s Muse” reúne varias de las primeras fotografías de la Luna, incluyendo el impresionante daguerrotipo de John William Draper, de 1840.

Buscando capturar la tridimensionalidad que veía a través de su telescopio, el astrónomo británico James Nasmyth hizo piezas en yeso. En 1874, sus fotografías de sus sustitutos artísticos de la Luna fueron publicadas y elogiadas como las representaciones más “veraces” jamás vistas.

Las ilustraciones incluían humanoides y animales caprichosos, pero más encantadora fue la primera película de ciencia ficción, “Le Voyage Dans la Lune” (“El Viaje a la Luna”), de Georges Méliès, de 1902. Un grupo de astrónomos son disparados desde la Tierra por un cañón, hacen blanco en uno de los ojos del hombre en la Luna y apenas logran escapar de nativos hostiles.

Alrededor de principios del siglo 20, la Luna se había vuelto tierna. Los estudios fotográficos se hicieron de medias lunas sonrientes y resistentes. Amantes, amigos, familias, bromistas y hasta mujeres desnudas se sentaron en la curva de la media luna para ser inmortalizados en tarjetas postales.

Para cuando llegó la NASA, la Luna nuevamente era cosa seria. Antes del lanzamiento del Apolo 11, el 16 de julio de 1969, las cámaras de Orbitadores Lunares no tripulados estaban haciendo una inspección de la Luna, buscando un sitio para el alunizaje. Algunas de las fotografías tomadas desde una distancia de 385 mil kilómetros fueron convertidas en panorámicas lunares tridimensionales y estudiadas para un sitio de alunizaje, pero Neil Armstrong utilizó sus ojos para encontrar un sitio de aterrizaje más seguro que el que se le había indicado.

Quizás nada pueda superar el aterrizaje lunar. El impacto de la NASA en la cultura popular es representado por el vestido “Cohete” (1968) de Harry Gordon, que retrata a un cohete explotando hacia arriba por la parte central del maniquí.

La bandera de Estados Unidos fue plantada en la Luna en 1969, no para proclamar a el satélite como una colonia estadounidense, sino para conmemorar el logro.

Una fotografía de Stephen Shames de un mensaje escrito en pintura aerosol en una pared de ladrillo en un lote baldío en Brooklyn lo dice todo: “¡¡¡LA LUNA PERTENECE A LA GENTE!!!”.

Las imágenes reunidas en la muestra del Met equivalen a una carta de amor de sus amorosos admiradores.

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