Alfonso López Michelsen y su corazón vallenato

Alfonso López Michelsen y su corazón vallenato

20 de junio del 2014

En la foto, el expresidente López Michelsen y el maestro Rafael Escalona.

Cuando en 1967 el presidente Carlos Lleras Restrepo tomó la determinación de nombrar al doctor Alfonso López Michelsen primer Gobernador del Departamento del César creyó que la transformación social y económica que proponía el nuevo mandatario regional llegaría al naciente departamento organizando la parte administrativa y financiera, fomentando la irrigación de créditos para el sector primario de la incipiente economía de la región, construyendo vías terciarias, mejorando las condiciones de sanidad etcétera. Pero nunca se imaginó que la genialidad del nuevo gobernante, quien era conocedor de la música Vallenata y tenía un amor profundo por estas tierras, utilizaría estos recursos innatos que nos hacen diferentes para hacer la gran transformación y así encausar nuestro desarrollo y mostrarnos ante Colombia y el mundo.

La organización administrativa y financiera del departamento la llevó a cabo con profesionales que vinieron a colaborarle, como el doctor Jorge Chaild y destacados profesionales de la región como Álvaro Pupo, Luis Roberto García, y el brillante ingeniero Álvaro Araújo Noguera, quien como Secretario de Hacienda del Departamento del Magdalena, siendo gobernador el doctor Jacobo Tovar Daza, facilitó todo el andamiaje que implicó la separación territorial, y como Secretario de Hacienda del César proyectó todo lo concerniente a la sostenibilidad de las finanzas del departamento y gestionó los recursos para cumplir las obligaciones de las inversiones.

El doctor López, como cariñosamente lo han llamado los habitantes no sólo del César sino de la provincia, pensó más allá de esos quehaceres propios de su responsabilidad como gobernante, al constatar la inmensa vocación folclórica de la tierra de sus ancestros y la necesidad de organizarla a través de un ente jurídico capaz de perpetuarla.

Como conocía la música vallenata y parte de la región, por ser descendiente de la matrona vallenata doña Rosario Pumarejo de López, madre del doctor Alfonso López Pumarejo, y nieto de María Michelsen Lombana, tenía siempre presente lo que había conocido en México donde vivió ocho años (1952-1960) dedicado a la literatura ( novela Los Elegidos) y a la elaboración de ensayos jurídicos y políticos.

Allí se dio cuenta del valor y el amor que le profesan los mexicanos a su música y a sus tradiciones, cuyos indígenas, especialmente los Mayas, la escuchaban desde sus orígenes como parte importante en rituales religiosos o en las confrontaciones. Al estudiar su génesis se percató del aporte de la guitarra y el violín que hicieron los españoles, lo cual gestó la conformación de los mariachis, que luego se consolidaron con la trompeta, gracias al ingenio de esa cultura musical.

Aunque sus padres, durante la administración de López Pumarejo, habían tenido la oportunidad de visitar Valledupar con sus hermanas, el doctor López Michelsen sólo vino a la Costa Atlántica a caserías de venados, zainos y tigrillos. Lo acompañaban sus amigos Mauricio Helbron, Mario Roncallo y Rafael y Pablo Obregón. En 1936 viajaron por la carretera que el ingeniero José María Castro Monsalvo, de origen vallenato, construyó durante la primera administración de su padre.

Alfonso Lopez Michelsen  c

Alfonso López Michelsen, cuando era gobernador del Cesar, con Maizena en su rostro y cantando “El amor amor”.

No encontró sino un villorrio, se hospedó en un pequeño hotel llamado Wellcome, de propiedad de un personaje singular llamado Victor Cohen. El eminente médico doctor Ciro Pupo, que había sido nombrado gobernador de Magdalena en 1935 por el presidente Alfonso López Pumarejo, en reemplazo de Manuel Dávila Pumarejo, le organizó una gran parranda que jamás olvidó, pues siendo su memoria privilegiada, algunos asuntos que tocaban sus sentimiento lo emocionaban y le hacían vibrar el alma al recordarlos.

Allí estuvieron presentes las personalidades sobresalientes del momento: Hernandito Molina, Ospicio López, el cachaco Benavides y el reconocido ganadero don Tirso Maya Brujes, padre del exprocurador general Edgardo Maya Villazon. Pedro Castro Monsalvo, que había sido ministro de su padre y con quien tenía una cercana amistad, no pudo asistir por encontrarse en ese momento en Santa Marta.

Ese punto de encuentro con compositores e intérpretes de la música vallenata, donde se hicieron remembranzas de sus parientes, contaron historias de las canciones y se puntualizó sobre las tierras productivas para la ganadería y la agricultura, fue ameno e ilustrativo.

Todo lo que escuchó en esa parranda que se extendió hasta el amanecer, le generó muchísimas inquietudes y le despertó un interés profundo en consolidar un sueño recóndito que desde hacía mucho tiempo llevaba en su corazón: deseaba fervientemente reencontrarse con la tierra, la música y el mundo que vivieron sus antepasados. Al conocer ese universo fascinante, que antes sólo se encontraba en su imaginación, le generó una obsesión por esta región y de inmediato se vinculó a través de la explotación agrícola en unos terrenos de sus padres con su amigo Hernando “El Mono” Vergara.

Cuando el doctor López venía a Valledupar a atender propiedades rurales se hospedaba en la casa del patriarca don Oscarito Pupo Martínez, hermano del exgobernador Ciro Pupo, situada en la calle Santo Domingo, frente al viejo Convento, donde se construyó la actual Catedral Nuestra Señora del Rosario.

Esa hermosa casa española era el centro de grandes reuniones sociales y políticas de la región. Sus propietarios le brindaban muchísimas atenciones a los ilustres huéspedes que se sentían a gusto por el ambiente que encontraron y por las continuas reuniones sencillas y familiares que se celebraban en los amplios corredores que hacían parte de un patio interno, cuyos muros se engalanaban con una planta trepadora denominada Bougainvillea o Trinitarias, nativa de Brasil, que florece todo el año y una enredadera con propiedades medicinales de inigualable belleza, denominada Carácter del hombre, que exhalaban un exquisito aroma.

Él disfrutaba en esta región, donde fue acogido de inmediato, y le representó una experiencia que nunca olvidó. Aquí se encontró con lo que le gustaba: la tierra, la música y las tradiciones. En Bogotá, en su época de estudiante, donde cultivó la amistad con muchos provincianos, escuchaba vallenatos con Hernando Molina y varios cachacos en las reuniones sociales, que eran muy limitadas.

Otra fuente era una emisora local donde el empresario italiano Pascual del Vecchio hacía poner las primeras canciones grabadas por Abel Antonio, Pacho Rada, etcétera. Este cónsul de la Costa en Bogotá se hizo famoso cuando el músico de El Banco, José Barros, le compuso un porro llamado justamente con su nombre, interpretado magistralmente por la orquesta argentina de Eduardo Armani: “Con este golpe, con este golpe del carnaval/Yo bailó el porro de Don Pascual/Con Pascual del Vecchio/Baila mi morena/Este porro que nació/En el Magdalena.”

En ese ambiente de gran hospitalidad brindado por los Pupo, con quienes tenia un vínculo de respeto y alegría, se sintió como un miembro más de la familia que lo atendía con esmero y en especial Leticia, la hija de Don Oscarito, quien le llevaba la contabilidad de sus negocios particulares y atendía todo lo relacionado con el cultivo de arroz en su finca El Diluvio, en Mariangola (César). Cultivaban arroz cecano, posteriormente, gracias a la asesoría del ingeniero agrónomo Fernando Irusta, de origen español, que para tal misión vino de Bogotá, construyó una bocatoma para regarlo.

El doctor López, con gran vocación agrícola, iba y venía a su cultivo permaneciendo allí varios días si las circunstancias lo exigían, pero siempre informado de lo que ocurría en la capital, gracias al periódico que diario le enviaba Leticia en un viejo camión Ford que hacía el tránsito diario a Fundación.

Cuando estaba en Valledupar, en las tardes, se iba a la casa del ingeniero civil Eduardo Delgado Barreneche donde se hospedaba su agrónomo, allí se realizaban constantemente agradables tertulias sobre la actualidad nacional y el mundo, donde participaban sus amigos Clemente Quintero, Oscarito Pupo, Manuel Pineda Bastidas, entre otros, acompañados en algunas ocasiones por la guitarra flamenca que con gracia pulsaba el ingeniero Irusta.

Años después, siendo gobernador del César, doña Pauliana de Castro M, esposa del ministro de su padre, Pedro Castro M., fallecido en 1967, le ofreció su casa situada en una esquina de la plaza Alfonso López, donde vivió durante todo el periodo de su gobierno.

El doctor López, que en varias oportunidades había compartido la celebración de la llamada Leyenda Vallenata en honor a la Virgen del Rosario, patrona de la Diócesis de Valledupar, que recuerda la intervención de la virgen para salvar a los españoles del ataque de los indígenas, y conocía el bagaje folclórico de la región, visualizó la oportunidad de conmemorar anualmente la fiesta religiosa adicionándole el atractivo de la música vallenata, para mostrar a Valledupar y su gran riqueza folclórica.

De inmediato llamó a Rafael Escalona, a Mirian Pupo, hija de Don Oscarito, que con Consuelo Araújo se dieron la tarea de organizar el Gran Festival de la Leyenda Vallenata, el máximo evento folclórico y de mayor convocatoria que tiene nuestro País.

Consuelo araujo Alfonso Lopez y Rafael Escalona

Consuelo Araújo, Alfonso López y Rafael Escalona.

Ya García Márquez en 1966 había reunido, por intermedio de su amigo Rafael Escalona, a los mejores conjuntos de música vallenata en Aracataca para escuchar todo lo que se había compuesto en los siete años en que había estado fuera de Colombia, como consta en el su artículo publicado el 19 de Junio de 1966 en El Espectador, titulado: “Valledupar, parranda del siglo.”

En 1968 se realizo el Primer Concurso de Acordeoneros en Valledupar, que más adelante se llamó Festival de leyenda Vallenata, en el cual participaron los mejores intérpretes de la región. En ese trascendental evento resultó rey vallenato el legendario acordeonero y compositor Alejo Durán, oriundo de El paso, donde escuchó desde su infancia las notas acordes de su abuelo paterno, Juan Bautista Durán, de su padre Náfer Durán Mojica, y de su hermano Luis Felipe.

Su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, nacida en Becerril, era cantadora de pajarito, chandé y bullerengue y pariente cercana de Escolastico Romero, padre de Israel Romero, creador del internacional conjunto El Binomio de Oro.

En este primer concurso fue un éxito total la interpretación que realizo El negro Durán de la puya “Pedazo de acordeón” y del lamento Alicia adorada, de Juancho Polo Valencia, que despertó un inmenso entusiasmo en los presentes y visitantes. Por eso los diarios nacionales iniciaron sus comentarios sobre la riqueza folclórica de la música vallenata.

La genial decisión del doctor López de crear esta reunión folclórica catapultó sin lugar a dudas el desarrollo económico y social de la región, pues a través de nuestra música vallenata, que nació inicialmente para ser escuchada y no para bailar, Valledupar pudo mostrar su potencial económico. Además, se construyeron nuevas relaciones con quienes llegaban al festival y se hizo posible la participación de nuestros profesionales en responsabilidades importantes en la capital.

No en vano, en un articulo que escribió el doctor López en El Tiempo el 9 de marzo de 2004, resaltaba “la clausura de una era, de una época, que con justicia, debería llevar el nombre de Consuelo Araújo Noguera por haber consagrado su actividad cultural a exaltar los valores autóctonos y a revestir el Festival de la Leyenda de una areola incomparable.”

Él fue un amante de la música e indagaba constantemente por las canciones de diferentes países. Le encantaba la música folclórica argentina especialmente la del guitarrista Eduardo Falú, quien compuso grandes piezas sobre letras del poeta Jaime Davalo. En sus ratos de euforia cantaba “La tonada del viejo amor” con sus cercanas María Lourdes Castro y Mirian Socarras: “Yo sé que no vuelve más/el verano en el que me amabas/que es ancho y negro el olvido/y entra el otoño en mi corazón/que es ancho y negro el olvido/y entra el otoño en mi corazón.”

Año tras año se ha venido realizando el festival que atrajo a cercanos y personalidades de varios países y de otras ciudades, invitados por amigos de esta tierra querida que han cultivado el don de la hospitalidad, cualidad sobresaliente de la familia Vallenata.

El doctor López, uno de los colombianos que más ha aportado al país por su inteligencia deslumbrante, sugirió como himno para Valledupar ” El amor amor”, un canto popular que consta de un inmortal estribillo, al que se le van agregando versos que trasmiten hospitalidad, afecto y amor, características propias del hombre parrandero, “Este es el amor, amor / el amor que me divierte / cuando estoy en la parranda / no me acuerdo de la muerte.”

En alguna oportunidad le pregunté sobre las canciones vallenatas que más le gustaban, de inmediato me contestó: “No las que más me gustan, sino mis predilectas: La gota fría, autentico clásico de Emiliano Zuleta Vaquero, La diosa coronada, de Leandro Díaz y Compae chipuco de Chema Gómez Daza, oriundo de Fonseca: ‘Soy vallenato de verdad/tengo las pata bien pinta/ con mi sombrero bien alon /y de remate yo bebo ron'”.

Alfonso López y Ricardo Gutierrez

El expresidente López Michelsen y el autor del texto, Ricardo Gutiérrez.

En una de tantas venidas a Valledupar lo invité a mi casa para que escuchara las grabaciones inéditas de música vallenata que tengo recogidas durante muchos años y le pregunte: ¿cuando usted se encuentra contento no canta vallenatos doctor López ? Moviendo su erguido cuello me miró con un dejo melancólico como queriendo transmitir todo lo que significaba para él, el embrujo de esta música vernácula y sus sentimientos hacia ella… Seguidamente me contesto:

“Desgraciadamente Dios me privó de la voz y del oído para ejecutar canciones, pero no del corazón para disfrutarlas, Ricardo.” En ese instante pletórico entendí aún más, a uno de los grandes pensadores del país, que sembraba poesía en sus razonamientos y manifestaba de diferentes maneras el amor que sentía por Valledupar, por la que estaba dispuesto a mover el sol si era necesario, para ayudarnos.

Busto de Alfonso Lopez Michelsen

El busto que este año, 2014, se puso en la plaza central de Valledupar en honor a Alfonso López Michelsen.