Cuando al contralor Edgardo Maya lo salvaron de una pena de amor

Cuando al contralor Edgardo Maya lo salvaron de una pena de amor

5 de septiembre del 2014

Amigos, familiares y personas que han trabajado con Edgardo Maya Villazón a veces se preguntan qué tan costeño es. Serio, reservado, introvertido y callado. Eso sí, amante del buen vallenato, pero más bien alejado de las parrandas; prefiere encerrarse en sus silencios a leer un buen libro, antes que frecuentar las juergas amenizadas por el trago y el acordeón.

Maya tiene 63 años, una carrera política llena de triunfos y éxitos, y un corazón que se colmó de inmensidad, que fue luego brutalmente destrozado y hasta hace poco remendado, resucitado.

La elegancia de su vestir y caminar lo destacaron siempre como un líder imponente. Duró cinco años usando traje de paño y corbata negra. No descuidaba su imagen en absoluto. Era otra manifestación de la coraza que debía cargar, para no desnudar un alma que cada día, desde el 24 de septiembre de 2001, se llenaba de nostalgia al echar un vistazo al pasado.

Cualquier día de esos, mientras pasaba su primer periodo como Procurador General de la Nación (2001-2005), Edgardo recordaba los difusos momentos en que comenzó todo. Los episodios cuando poquito a poquito se enamoró de Consuelo Araujo Noguera, y ella también de él.

Aún no era la famosa ‘Cacica’, pero sí una respetada mujer de una de las familias más destacadas de Valledupar. Estaba casada con otro de los más nombrados hombres de la región, Hernando Molina Céspedes. Tenía cinco hijos y una avidez por el arte y la cultura que la embriagaba de pasión.

Los más cercanos a ellos conocen el secreto de cuando comenzó todo. Al resto del mundo solo le interesará saber que el destino los juntó y, con un inesperado flechazo, los hizo desearse el uno al otro.

Fue amor a primera vista. De hecho, Consuelo Araujo era una mujer de pasiones inmediatas; el primer impacto que le daba una persona le bastaba para predecir si le agradaría o no.

Era finales de los 70; algunos atinan a decir que fue como en 1978 o 1979 cuando se decidieron a vivir su escandaloso amor. La conservadora capital del Cesar no resistía que una de sus hijas ilustres se separara de tan prestigioso hombre para buscar la felicidad al lado de un desconocido, que incluso era más joven que ella.

Consuelo era casi once años mayor que Edgardo y, además de estar casada, tenía hijos. “Hasta la iglesia se pronunció en contra de esa relación”, dijo Teresa Triana, una vieja amiga de Consuelo y Edgardo que conoció de boca de ellos las pericias que tuvieron que atravesar para estar juntos.

La presión los obligó a dejar su natal Valledupar y radicarse, por un tiempo, a vivir en Bogotá.

A ninguna de las dos familias, ni los Maya ni los Araujo, aprobaron inicialmente la relación. En Bogotá comenzaron de cero como costo por expresar en público su afecto; algunos dicen que pudieron haber tenido simplemente una aventura, pero el sentimiento fue tan grande que prefirieron renunciar a todo por vivir su verdad.

Personas muy cercanas a esa relación contaron a KienyKe.com que a su llegada a Bogotá, Consuelo se dedicó a la labor periodística a favor del vallenato, mientras que Edgardo inició la vida jurídica y política que tanto soñaba. Para ese momento se convirtió en magistrado auxiliar de la Corte Suprema.

“Consuelo empezó a hacer entrevistas y, durante el gobierno de Julio César Turbay, cobró una gran importancia como gestora cultural independiente. Ganó el Concurso Nacional de Cuento y se forjó como una de las periodistas y cronistas de la generación de grandes talentos periodísticos como Enrique Santos o Daniel Samper. A pesar de haber solo cursado hasta quinto de primaria, escribió tres libros y ganó diversos premios nacionales e internacionales. Entonces fue columnista estrella de El Espectador con su Carta Vallenata”, recuerda un amigo cercano que prefirió no ser identificado.

Los hijos de Consuelo manifestaron el interés de volver a vivir con ella y uno por uno fue buscando ser acogido por el hogar en el que estaba Edgardo. Desde el más pequeño hasta el mayor, Edgardo recibió a la familia de su amada como si fuera la suya.

“Asumió un papel no de padre, porque ellos tenían mucho contacto con Hernando Molina, pero sí de padrastro especial, de esposo abnegado de la madre, y que nunca se opuso a que los niños se fueran a vivir con ella. Ellos fueron como sus hijos y él como otro padre para ellos”, dice la misma fuente.

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(Archivo) ‘La Cacica’ Consuelo Araujo, con su esposo Edgardo Maya y el expresidente Andrés Pastrana Arango, en una parranda vallenata. 

A comienzos de los 80 la relación ya estaba consolidada, las asperezas de Hernando Molina y Consuelo estaban zanjadas y las familias de los enamorados entendieron que el reproche no iba a vencer el amor que los unía. Entonces volvieron a Valledupar.

Gloria Triana comenta que conoció a Consuelo mientras coordinaba la delegación de artistas que iba a acompañar a Gabriel García Márquez en su premiación por el Nobel de Literatura en 1982. “La primera vez que hablé con ella fue telefónicamente porque estaba interesada en llevar a Escalona y los Hermanos Zuleta para que tocaran en el banquete de ceremonia en Estocolmo. Empecé a charlar con ella y nos volvimos amigas. Fue maravilloso que ella me acompañara en ese viaje, que hasta la pasamos muy bien. Ni nos quedamos en un gran hotel, sino en un barco en el mar Báltico donde disfrutamos muchos momentos”, recuerda.

“Desde entonces nos hicimos amigas y yo iba todos los años al Festival Vallenato. Me alojaba en la casa de ella y Edgardo, porque ya estaban viviendo juntos. Me di cuenta que tenían una relación muy bonita”, añade la antropóloga quien rememora como anécdota que cada año, Consuelo la invitaba a hospedarse en su casa mientras las fiestas del acordeón se realizaban en la ciudad, al punto que bromeaban diciendo: “Nadie se queda en este cuarto; este es el de Gloria”.

Para 1983, Edgardo y Consuelo ya tenían su primer hijo en pareja: Edgardo José Maya Araujo. “Fui a la fiesta del bautismo y vivían ellos en una casa pequeña; no cabían los invitados y justo decidieron hacer la celebración para la época de un Festival Vallenato. Pero como ellos siempre fueron cálidos y alegres con todo el mundo, cerraron toda la calle de la cuadra, pusieron las mesas y sillas en la calle y realizaron una actividad muy bonita para todos”.

Las amistades de ese momento recuerdan que vivían un idilio mágico. Ella era de un carácter más fuerte que Edgardo y él ponía el equilibrio de la serenidad. Respetaban las ambiciones mutuas e individuales y vivían de la admiración por el otro, al punto que sentían que jamás podrían separarse.

El hombre de las corbatas negras

El 24 de septiembre de 2001, mientras Consuelo Araujo regresaba a Valledupar de una celebración tradicional en Patillal (Cesar), ella y sus acompañantes fueron sorprendidos por un retén del frente 59 de las Farc, que se ubicó a plena luz de día a escasos tres kilómetros de la ciudad.

Testigos relatan que Consuelo creyó que se trataba de un control del ejército y bajó de su vehículo blindado para tratar de averiguar el motivo de la retención. Se alejó de su esquema de seguridad. Caminó hacia el control armado y, súbitamente, se fijó que no eran militares sino subversivos. No había vuelta atrás. Se identificó y descubrieron que era ‘La Cacica’.

El azar la llevó al cadalso. Pocos meses antes, su esposo Edgardo Maya había sido elector Procurador General de la Nación, y los guerrilleros al establecer ese parentesco supieron que les había llegado un botín inimaginable. La secuestraron y al resto de la caravana también.

Casi en seguida comenzaron los operativos de rescate que consiguieron la libertad al menudeo de varios de los rehenes. El ejército tenía cercados a los delincuentes hasta que el 30 de septiembre no aguantaron más la presión. Asesinaron a Consuelo Araujo Noguera a quemarropa, después de haberla sometido a insoportables caminatas por la selva, descalza y sin alimentación.

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“Edgardo estaba devastado”, recuerda una cercana amiga, Gloria Triana, sobre el día que enterraron a Consuelo Araujo Noguera, asesinada por las Farc en cautiverio.  

“Edgardo era Procurador, y quizá con esa posición hubiera podido solicitar al Ejército que pararan los operativos militares para no poner en riesgo su vida. Pero creo que él ha sido tan respetuoso y dogmático que jamás hubiera interferido en una decisión de Estado por una razón personal. A veces pienso que él se preguntó muchas veces qué hubiera pasado si hubiera intervenido”, comenta un amigo cercano a Maya.

El abismo en el que cayó Edgardo, su familia, la de Consuelo y el pueblo del Valle de Upar fue indescriptible. Dicen que el alma se le destrozó súbitamente. Su lamento estremecía a todos y asumió una posición de duelo drástica, que para quienes lo conocían no era sorprendente.

Dejó de ir a fiestas vallenatas y también olvidó la bebida en eventos sociales. Guardó en un baúl las corbatas de colores que tanto le gustaban y que le regaló Consuelo Araujo y, desde entonces, usó traje de paño y corbata negra en todo momento.

“Fue doloroso verlo así.  Edgardo estaba devastado. Yo conocía esa relación, y vi que a pesar de la diferencia de edad, su relación era muy cálida, intensa, tierna y maravillosa”, recuerda Gloria Triana. “Después busqué a Edgardo para entregarle unos manuscritos que ella me había dado, que era un diario que jamás se publicó sobre cómo habían sido los días que pasamos en Estocolmo. Todo eso era un tesoro para él”, concluye.

Pasó su duelo sumergido en silencios y trabajo. Continuó su labor en la Procuraduría y, como si hubiese sido un juramento, portaba su corbata negra bien puesta, como manifestando que día tras día recordaba a la mujer que tanto lo hizo feliz.

La mujer que lo salvó del abismo

A finales de 2002, Edgardo Maya pidió buscar a un nuevo grupo de procuradores delegados, todos de perfil técnico. A su despacho llegó la hoja de vida de Adriana Guillén, una abogada de la Universidad Externado de Colombia con especialización en la Universidad de los Andes.

Le gustó su perfil y fue una de las contratadas. Comenzó labores en 2003.

“Los primeros acercamientos fueron de una relación de mucho respeto: jefe-subalterna. Yo llegué cuando él llevaba unos dos años viudo. Conocí a un jefe muy reservado, serio, equilibrado. Por la tristeza que le había causado esa pérdida tan fuerte, y el modo en que sucedió, siempre vestía de negro. Solo se dedicaba a su trabajo; jamás pensé que estuviera interesado en nada más”, cuenta a KienyKe.com Adriana Guillén, quien actualmente es la directora de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado.

Con el paso del tiempo, la relación laboral se fue afianzando y en los viajes a las regiones, Adriana y Edgardo se volvieron buenos amigos.

“Siento que lo que le pasaba era muy duro. En una de las reuniones de trabajo le pregunté: Lo veo muy pensativo y callado doctor Maya, ¿le pasa algo?, y él se queda mirando y me dice: ‘Doctora Adriana, es que a veces me embosca la tristeza’”.

Como si la vida le quisiera dar una nueva oportunidad, que él no identificaba, fue acercándose más y más a Adriana. Y si la historia se permitiera repeticiones, poquito a poquito, se fue enamorando de ella.

“Como a los dos años de estar trabajando y hablándonos (2005), él manifestó su interés por mí. Yo también le sentía mucho cariño pero fui muy sincera y le dije que su corbata para mí significaba que no había cerrado un ciclo importante en su vida, y no quería yo interferir en eso. Le propuse que cuando cerrara ese ciclo, me lo demostrara”.

Por algunos meses más, Edgardo siguió apareciendo en público con su coraza negra.

Después que fue reelecto Procurador General de la Nación, para iniciar desde 2006, a Edgardo le dio por citar a su subalterna Adriana Guillén a una reunión. Habló de trabajo y luego de su interés por cambiar, por atender un nuevo viento para su vida. Ella no comprendía mucho de lo que le hablaba hasta que él le hizo notar lo que debió haber sido evidente desde el comienzo.

-Doctora Adriana, ¿no se ha dado cuenta que cambié de corbata?- le dijo el entonces jefe del Ministerio Público.

Llevaba una azul. Quizá por la oscuridad del tono Adriana no se había fijado, pero entonces su mundo y el de él cambiaron. “Para mí esa fue una declaración de amor”.

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Edgardo Maya con su actual esposa, Adriana Guillén, la mujer que le devolvió la sonrisa. 

Formalizaron la relación en el 2006; Adriana renunció a la Procuraduría y con esa decisión también firmaba su compromiso de amor.

Ella también había salido de un episodio difícil luego de su separación en el año 2000. Los dos habían pasado su melancolía y duelo; también descubrieron que eran oasis el uno para el otro. Adriana rescató a Edgardo del abismo por el asesinato de su esposa, mientras que él le dio el sosiego y paz que tanto necesitaba.

Se casaron el 20 de febrero de 2009. Su vida la comparten con los dos hijos que tenía Adriana y el hijo único de Edgardo.

¿Cómo le dice él de cariño?

Adri, Adrianita y ‘Puchita’. Resulta que los indígenas Mapuche son un pueblo muy bravo. Entonces él me decía que cuando me veía brava era una ‘Mapuchita’. Pero como que me suavicé y ahora me dice ‘puchita’.

¿Y él no es de mal genio?

Él es serio; uno lo puede notar distante, pero cuando uno lo conoce profundamente se da cuenta que es una persona sensible, simpática, de buen humor. Es muy humano y es un hombre muy generoso, equilibrado y centrado.

¿Qué es lo que más le gusta de él?

Es un hombre genuino, químicamente bueno. Tiene los pies sobre la tierra, es un polo a tierra. Es leal y querido por los amigos. Es un gran hombre de familia. Es un magnifico esposo y compañero, y con mis hijos es bellísimo.

¿Cuál es el espacio que más comparten?

Nuestra casa. Los dos nos amañamos mucho allí. Nuestra casa siempre está llena de jóvenes, de sobrinos, y el gato. Es la casa el espacio donde nos encontramos, la pasamos rico y compartimos mucho en familia.

¿Qué le gusta hacer al contralor Maya?

Es un hombre que le encanta el servicio público y político en el mejor sentido; yo en cambio soy más técnica. Y sin embargo encontramos afinidad en viajar, nos gusta ir al cine, ver una película en casa, y charlar.

¿Cómo es Edgardo Maya, no el Contralor ni el político, sino el esposo?

Somos muy buenos compañeros, muy buenos amigos, y él me da una tranquilidad enorme. Finalmente la relación de pareja, para que sea consistente y duradera, debe generar paz y tranquilidad. Eso lo encuentro en él.

Twitter: @david_baracaldo