El fin de una campaña amarga

El fin de una campaña amarga

15 de junio del 2014

El día cero ha llegado y con él se pone fin a un oscuro periodo de campañas sucias que avergonzaron en mucho a la democracia colombiana.

Una campaña atravesada más por escándalos, acusaciones mutuas, polarización y escasos debates de ideas que trató de reivindicarse en las últimas semanas de la segunda vuelta, entre los dos candidatos protagonistas de las controversias que le dieron la vuelta al mundo.

Las nuevas generaciones no habían visto una contienda tan enrarecida y confusa. Hace cuatro años la campaña también estuvo acompañada por duras críticas intercambiadas entre los aspirantes, pero se enmarcaron en el respeto y el juego limpio. Fueron descritas como normales y sanas dentro del ambiente democrático.

En ese vistazo al pasado, las diferencias entre los candidatos estaban muy marcadas, incluso en segunda vuelta. Los debates dejaban ver a un candidato del uribismo, Juan Manuel Santos, comprometido por mantener el modelo que heredaría de los últimos ocho años. El principal opositor, Antanas Mockus, representando una ola de posible renovación política, crítica con el sistema clientelista y que condenaba los escándalos que asolaban al gobierno de Álvaro Uribe. Una izquierda muy definida por Gustavo Petro, una opción femenina de derecha definida por Noemí Sanín y un liberalismo no alineado en cabeza de Rafael Pardo.

En el actual panorama, al menos en segunda vuelta, se encuentran dos opciones de derecha en disputa por el Palacio de Nariño, solo distanciadas por su visión del proceso de paz, pues en sus modelos económicos y sociales las diferencias son borrosas.

La campaña de este año tuvo un elemento que, aunque pareciera al margen, determinó sustancialmente el avance de la disputa: Álvaro Uribe Vélez. Cuatro de los cinco candidatos a la primera vuelta fueron en algún momento sus más cercanos aliados. Como dato curioso la dirigente de izquierdas, que se mostró como la más notable crítica del uribismo, fue en el pasado novia del expresidente Uribe.

Juan Manuel Santos, Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez fueron sus ministros en algún momento de los dos periodos en que gobernó. Enrique Peñalosa recibió el apoyo de Uribe en la pasada campaña a la alcaldía de Bogotá.

Precisamente Uribe tuvo mucho que ver en el desempeño de las actuales justas electorales. Tras estallar dos escándalos, uno sobre presuntos dineros ilegales que financiaron hace tres años a asesores de la campaña Santos y otro sobre supuesto espionaje desde la campaña Zuluaga, el expresidente Uribe apareció como escudero del candidato del Centro Democrático y lanzó explosivas acusaciones que salpicaron a la reelección.

Todo esto fue a escasos días de la primera vuelta, y la atención se centró en el rifi-rafe entre el expresidente Uribe y la fiscalía, entidad que le exigía presentar sus pruebas.

Elecciones en Colombia

Colombia polarizada elige presidente.

La primera vuelta concluyó con un castigo electoral para todos los candidatos: casi el 60% de los ciudadanos colombianos decidieron no salir a votar. Sin embargo la decisión de ese domingo 25 de mayo fue enviar a Óscar Iván Zuluaga y a Juan Manuel Santos al balotaje.

Los dos finalistas dividieron al país. 16 departamentos más el Distrito Capital le dieron el beneplácito a Zuluaga, mientras que otras 16 regiones prefirieron a Santos.

Desde ese momento el ambiente político obligó a millones de electores, entre indecisos y críticos, a tomar partido. Los más de cuatro millones de votos que dejaron atrás Marta Lucía Ramírez, Clara López y Enrique Peñalosa debían repartirse entre las dos opciones resultantes, pues aunque el voto en blanco se incluye en esta segunda vuelta, no tiene validez jurídica final más que una protesta simbólica.

Los partidos Conservador, Verde y el Polo se enfrascaron en discusiones sobre qué opción respaldar, con lo que resultaron muchas veces divididos y con molestias internas. Una parte de los conservadores, liderada por la excandidata Ramírez, confió su apoyo a Zuluaga a cambio de que moderara su oposición al proceso de paz. Otro sector azul, más representado por congresistas, se fue de lado de Santos.

El Polo y la Alianza Verde manifestaron dejar en libertad de elección a sus copartidarios, aunque sus principales cabezas terminaron por adherir a la reelección. Columnistas, escritores y líderes de opinión tomaron diversos rumbos.

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Los ánimos de los dos candidatos finales a la Presidencia de la República se calmaron en los días de cierra de campaña. Incluso sus principales caballos de batalla, Álvaro Uribe con Zuluaga y César Gaviria con Santos, bajaron el tono de sus arengas y se dedicaron a la campaña focalizada en las regiones.

Los presidenciables participaron en dos grandes debates y a partir de allí  sus apariciones solo se limitaron a entrevistas personalizadas, luego de que el candidato Zuluaga sufriera una afección por laringitis y cancelara el resto de encuentros cara a cara.

En los debates se evidenció que la máxima diferencia entre los dos candidatos tenía que ver con la forma como continuarían el proceso de paz. Además, que uno se declaró contradictor de Uribe y el otro su fiel amigo. Las otras diferencias son sustanciales, y mucho de lo que quedó de las confrontaciones en vivo es que Zuluaga reprochó a Santos por sus incumplimientos durante el gobierno actual, mientras que Santos criticó a su oponente por sus contradicciones respecto a la paz y a promesas económicas que él no adoptó mientras fue ministro e Hacienda.

El sabor que resultó de esta campaña fue sin duda amargo. La polarización en el país hizo que estas elecciones se convirtieran en una disputa de poder con nombre propio; lejos de poner a decidir entre uno u otro modelo de paz, hizo que hoy millones de colombianos tomaran partido entre el retorno o no del uribismo a la cabeza del Estado.

Pero esa decisión no hará que se disipe el hastío de los colombianos por una campaña que se convirtió en una especie de “pesadilla democrática”, que en numerosos momentos dejó más preguntas que soluciones y una lamentable falta de credibilidad en todo. La persona que resulte electa deberá, como gesto de máxima responsabilidad, reunificar al país en la búsqueda de objetivos comunes, y romper las peligrosas divisiones que podrían solo causar obstáculos y atrasos para la gobernabilidad futura.