La niña que le habla a Maduro

9 de junio del 2016

Los comunistas bloquearon Berlín en 1948 sin importarles la suerte de sus habitantes. En 2016 Maduro bloquea Venezuela y le tiene sin cuidado el inmenso sufrimiento de su pueblo.

Durante 99 años los comunistas no han actuado de otra manera. Justifican todas las barbaridades que cometen en nombre de la búsqueda de un “ideal”. Con ese cuento han tenido a la humanidad entera a sus pies durante un siglo. Hoy lo aplican en Venezuela y muy pronto a los colombianos.

Los comunistas también se apoyan en otro cuentico, el que habla de la “autodeterminación de los pueblos”. Con esa patraña, ellos -que no actúan solos sino en alianza con comunistas de otros lugares del mundo- pueden destruir un país y nadie, por fuera de sus fronteras, tiene autoridad para impedírselos. Así, las cosas les han funcionado a la perfección para desgracia de millones de seres humanos.

Con el mismo argumento de la “autodeterminación”, el mundo no deja de ser un cómplice cobarde que difícilmente reacciona ante lo que tiene frente a sus ojos y que es imposible de ocultar en pleno siglo XXI. Con las comunicaciones de hoy día no podemos hacernos los de la vista gorda ante las atrocidades del comunismo que tan hábilmente sabían ocultar Lenin o Stalin. Las cosas son diferentes y nuestro compromiso histórico es ineludible.

Gracias al Internet pueden circular por el mundo entero cortos videos como el que acabo de ver: una pequeña niña le habla al dictador venezolano en cuyas ensangrentadas manos está su destino:

“Presidente Maduro, estoy cansada de la situación. No tengo agua, no tengo comida, no tengo… medicina y lo último, no tengo…no tengo champú”, y descubre su cabecita mostrando su pelo estropeado.

Desde que vi este video no he dejado de pensar en los niños venezolanos y vino a mi memoria la imagen de un héroe de la posguerra. Se trata de Gail Halvorsen, uno entre los cientos de pilotos que llevaron víveres a Berlín durante el bloqueo comunista, ante el cual los americanos y los ingleses se ingeniaron un puente aéreo haciendo aterrizar, cada minuto, aviones cargados de los bienes necesarios para la supervivencia de más de dos millones de personas condenadas a perecer por la “causa”.

A Berlín no ingresaba un camión, un tren ni un barco, lo que significaba que no llegaba ni alimentos, ni carbón, ni agua, ni nada de nada… pero quedaba el cielo, el mismo al que el cineasta Wim Wenders le dedicó dos películas memorables, El cielo sobre Berlín y ¡Tan lejos, tan cerca!, y gracias a ese cielo los berlineses no perecieron.

¿Qué hizo de particular Gail Halvorsen para que haya pasado a la historia como un héroe de guerra de la Guerra Fría? Este es un caso ejemplar de heroísmo sin armas. Halvorsen, cada vez que aterrizaba en el aeropuerto de Berlín con su carga de alimentos, veía en la alambrada a un grupo de niños que observaban la llegada y salida de los aviones. Un día se le ocurrió ir a saludarlos y darles un chicle. Cuando metió su mano al bolsillo notó que tan sólo tenía dos barras y eran más de treinta los que estaban ahí a la expectativa de lo que el piloto sacaría de su bolsillo. Dividió las dos barras y las repartió como pudo.

¿Quién se podría acordar de los dulces para los niños cuando la situación era tan grave?, pensó el piloto americano y, esa misma noche, se puso en la tarea de recolectar la mayor cantidad de chocolates entre sus amigos y de fabricar, con unos pañuelos blancos, sencillos paracaídas a los que les ató las barras de chocolate recolectadas para lanzarlos al momento de comenzar su aterrizaje en la pista.

El inmenso significado de ese acto fue entendido por sus superiores y Halvorsen fue condecorado y su idea puesta en práctica de manera oficial.

Me pregunto ahora, con inmensa tristeza, quién se acuerda de los niños venezolanos, de si tendrán sus alimentos, medicinas y el champú… pero también si disfrutarán de un dulce. ¿A quien se le ocurre pensar en champú cuando es hambre lo que sufren esos niños y menos en chocolates y dulces? podremos decirnos y la respuesta es simple: pues a héroes como Gail Halvorsen que estarían pensando en la manera de hacer caer millones de paracaídas con dulces para los niños venezolanos.

Me pregunto si nuestra imaginación se agotó y nuestra solidaridad se petrificó. Y no deja de machacarme en la cabeza preguntas como estas: ¿Los niños venezolanos van al parque? ¿Juegan al futbol? ¿tienen útiles? ¿lápices de colores?¿van al cine o al circo?¿ríen? ¿bailan? ¿escuchan las historias de los abuelos? ¿cantan canciones infantiles? ¿van al teatro?¿tendrán comida sus perritos y gaticos?

Gracias a los pilotos y a la solidaridad de los niños americanos e ingleses, desde el cielo de Berlín llovieron 22 toneladas de chocolates y dulces en los meses del bloqueo comunista. En Venezuela no llueven sino desgracias desde su cielo.