La pionera del feminismo en Colombia

La pionera del feminismo en Colombia

29 de octubre del 2013

La idea de prolongar otros 16 años el Frente Nacional la enardeció. Era 1973 y María Teresa Arizabaleta había conseguido 500 pesos prestados para viajar de Cali a Bogotá y protestar con otro grupo de mujeres por esta repartición de poderes entre azules y rojos, que a su juicio se había transformado en una infame forma de impedir la verdadera democracia.

“Yo sé que aunque tuvo cosas muy malas, ese Frente Nacional fue el primer proceso de paz que existió en el país. Pero solo fue válido una vez, y entonces dije: otros 16 sí no me los ‘mamo’”, relata.

Unas 20 mujeres, incluyendo a María Teresa, pidieron audiencia en el Congreso de la República, pero desde el comienzo en absoluto les prestaron atención. “Yo pedía la palabra y nada. Cuando gritábamos nos amenazaban con sacarnos. Pero tomé el micrófono y dije: puede que para ustedes el Frente Nacional sea una bendición de Dios, pero para mí es un dios bandido. Es un dios que le quita la oportunidad a todo mundo”.

Le raparon el micrófono. Empezó un desorden dentro del capitolio y en medio de la confusión a María Teresa le dieron un fuerte puño en la cara. Cayó de espaldas y se lesionó. Se le dificultaba respirar y solo veía a las multitudes corriendo sobre ella. Hombres y mujeres la rodearon pero no para ayudarla a reponerse; la seguían atacando con patadas y escupitajos. “Me iban era a matar”.

Se cubría la cara y el pecho. Fue cuestión de segundos, porque algunas otras personas la lograron sacar de la turba. No recuerda quién o quiénes la salvaron, pero sí tiene presente que sus amigas feministas salieron corriendo al ver la ira dentro del recinto. Resultó en el hospital.

“Nadie sabe lo que es una escupa en la cara. Una muchacha vestida de blanco, que jamás olvidaré, era la que más me escupía. Pero lo que realmente me dolió fue el momento en que vi a mis compañeras correr. Admito todo menos la cobardía”.

Jamás la habían golpeado. No obstante sí había conocido del sufrimiento en carne ajena. Saber del dolor de otras mujeres, que desde muy niña le hizo el alma valiente, y los golpes que hombres y mujeres le dieron en el congreso solo la llenaron de más valor.

“Me di cuenta de la violencia contra la mujer desde chiquita”. Tenía 13 años cuando de repente le prohibieron a ella y a sus amigas cruzar palabra con Lucero, otra chica de la escuela. Pronto se enteró que su compañera había sido violada por el odontólogo del barrio; el respetable hombre al que todos acudían a citas semestrales. A Lucero la dejó embarazada y marcada con la impúdica fama de haber conocido el doloroso sexo a tan temprana edad, obviamente contra su voluntad. Pero esto último no era excusa. Lucero no era buena compañía para las niñas del colegio y debía ser aislada.

María Teresa Arizabaleta, Feminista, Kienyke

De la golpiza en el congreso hubo algo que le dolió más a María Teresa: “El momento en que vi a mis compañeras corriendo. Admito todo menos la cobardía”.

María Teresa  se preguntó cómo, si su amiga era la víctima, ahora era la mala de la historia. “Me negué a dejar de jugar con ella. Le dije a mi papá que no me importaba lo que pasara, pero a Lucero no la dejaría sola”. Fue su única amiga durante algunos días más, antes de que la familia de la niña violentada sintiera vergüenza por el rechazo social y decidieran mudarse. Más nunca volvió a saber de ella.

La historia de Lucero no fue suficiente desengaño para que en su vida se diera cuenta que ella, por ser ‘ella’, pareciera ser menos que el resto.

-Me da pena hablar de esto, pero se lo contaré- anticipa-. Mi abuela era descendiente de vascos, pero de Vizcaya. El hermano de mi abuela, también de por allá, fue un hombre importantísimo: fue juez. Desde muy chiquita tuvimos una señora del servicio mona, ojiazul, que se parecía mucho a la familia de mi abuela. Pues yo comienzo a investigar por qué se parecía a la familia y con tanta preguntadera alguna vez escuché a mis papás hablando en la habitación, y dijeron: “A María Teresa hay que contarle, porque está sospechando”. A los pocos días me confiesan que al tío de mi mamá, el juez, hace años le habían llevado a una niña por un caso de abuso sexual y él se encargó de su proceso, la tuvo en su juzgado y además la volvió a violar. Pero no contento con eso, la hija que tuvo con la niña violada resultó siendo la sirvienta de la casa, para que no se sospechara. Saber esa verdad me amargó el resto de mi vida.

En otra oportunidad, María Teresa, con unos 17 años, llevó a su novio a la casa de la familia y se encontró a su tío juez. Éste le dijo: “Con que viene a presentar el mozo”. Ella, con rabia, lo confrontó: “Yo sé quién es usted. Usted es papá de Lucía, porque violó a la mamá. Y la tiene de sirvienta. Eso sí es ser una porquería.”

-Cosa curiosa –añade- ese mismo día a ese señor le dio un infarto. No sé si por mi culpa. ¡Yo que voy a saber si fue por lo que le dije!, pero fue el mismo día.

“Mi papá me hizo líder. Mi maestra, feminista”

Desde muy niña, el papá de María Teresa le decía ‘la líder’. Ella fue la única mujer de cinco hermanos y por ello resultó ser la consentida de don Juan Demetrio Arizabaleta. Su padre fue un secreto cómplice y silencioso revolucionario que no sólo le enseñó verdades políticamente incorrectas para la época, sino que le mostró que en algunos países las mujeres eran iguales a los hombres, y que algún día lo mismo pasaría en Colombia. “Mi papá también era un feminista, a su manera”.

A los 8 años de edad, en 1942, María Teresa ingresó al Gimnasio Femenino del Valle, que de femenino tenía solo el nombre pues era mixto. Allí conoció a Matilde González Ramos, la directora y artífice del experimento de esconder bajo una fachada de “femenino” una institución en la que pudieran enseñar tanto a hombres como a mujeres por igual.

María Teresa Arizabaleta, Feminista, Kienyke

María Teresa tiene cuatro hijos y también es abuela. Sus principales proyectos en la actualidad son la Ruta Pacífica y la Universidad Política de la Mujer en Cali.

María Teresa fue siempre una niña rebelde. “Yo era muy cansona. Me expulsaron como siete veces y mi mamá iba y lloraba, y me volvían a reintegrar.”

Una vez camufló una botella de whisky que había sobrado de una fiesta en su casa y la llevó al colegio. Con algunas de sus amigas ingresó a una capilla donde recién había oficiado una misa especial un obispo. El religioso había dejado en una mesa el solideo, o el accesorio que utilizan en su cabeza, y ella la cogió para jugar a hacer la misa. “Me puse el sombrerito del obispo y en vez de comunión les di a mis amigas un traguito de whisky, para jugar a emborracharnos. Yo sabía algo de latín y estaba dando la oración cuando apareció el cura. Como que querían excomulgarme pero decidieron que me echaban del colegio. Mi mamá fue, lloró y me perdonaron.”

Curiosamente la mamá de María Teresa era la presidenta de las madres católicas de Cali, así como su abuela, y esperaban que ella heredara esa dignidad. “Yo les dije: a mí no me manden a eso porque yo soy pecadora”, recuerda y se ríe.

En alguno de esos tantos castigos escolares, la vida la puso en una sala donde pudo escuchar una conversación que le cambió la vida. Estaba la señorita Matilde y otras personas conversando de política. Hablaban de derechos y libertades. Matilde sorprendió a María Teresa husmeando interesada y le dijo que la vincularía con la condición de que nunca le dijera a nadie. “Ese fue el único secreto que siempre guardé. Iba todos los viernes y me quedaba oyéndolos. Allá conocí a muchos políticos de Cali y aprendí la cosa política. Por primera vez escuché con sensatez sobre la situación de inferioridad de la mujer”.

Desde adolescente la invitaban a algunos conversatorios en barrios marginales de Cali y la ponían a dar discursos sobre la importancia del voto femenino, que hasta entonces no existía en Colombia. “Doña Matilde me soplaba lo que debía decir”, confiesa.

A Matilde González  trataron de censurarla las élites conservadoras del Valle. También la iglesia buscó excomulgarla por feminista. “Ella trató de hacer el colegio primero en Roldanillo, pero la expulsaron. Hay un árbol en el que ella me contaba que se sentaba a llorar de impotencia. A veces yo voy y también he llorado, pensando en lo que ella sufrió buscando que a todos nos enseñaran por igual”.

María Teresa Arizabaleta, Feminista, Kienyke

María Teresa dice que líderes de partidos políticos acusaron a las feministas de ser “las viejas, las feas, las solteronas, las que no se van a poder casar nunca y las lesbianas”.

Para no cerrar el gimnasio donde estudiaba María Teresa sobrevinieron ciertas reformas. Ella estaba culminando su bachillerato cuando se dio cuenta que del álgebra de Baldor los problemas matemáticos de la parte de arriba eran los asignados a las mujeres de la clase, y los de abajo a los hombres. “El profesor era un cubano de apellido Díaz Colón. Le dije que por qué nos ponía los ejercicios fáciles a las mujeres y me respondió: porque ustedes no tendrán que sostener a la familia. Eso me dio rabia y con mis compañeras armamos una revuelta para que nos dieran clases suplementarias y nos explicaran lo mismo que a los niños. Lo conseguimos”.

“Me di cuenta que este país es cobarde. Qué lástima”

María Teresa Arizabaleta tiene mucha responsabilidad en que a las mujeres se les haya permitido votar en Colombia. “Antes ni teníamos alma. Luego ni podíamos estudiar.”

A comienzos de los cincuenta, Matilde González, Josefina Valencia y Esmeralda Arboleda formaron una bola de nieve que fue sumando apoyos para generar una “tercera fuerza”. En ellas se gestaba la idea de crear un movimiento feminista que cobrara el poder. La primera apuesta fue conseguir el voto para las mujeres. María Teresa estudiaba arquitectura, en 1953 tenía 19 años. Mientras Josefina se batía en debate ante la Constituyente del general Rojas Pinilla, el resto de mujeres tuvieron la tarea de conseguir las firmas y recursos necesarios para validar su exigencia de igualdad de derechos políticos.

La joven aprovechó que su mamá colaboraba en festivales con los jesuitas para recoger fondos y se decidió a rifar una marrana; mientras vendía las boletas del concurso pedía una rúbrica a favor de la equidad. “Un pariente me vio en esas y me hizo castigar. Me obligaron a devolver la plata y mi mamá me acompañó a ir casa por casa a reembolsarla. Pero nadie me quiso recibir porque todos estaban de acuerdo con la causa”. Logró recaudar un impresionante apoyo que sirvió para que un año después, en 1954, este país permitiera lo que debió hacer tanto tiempo antes.

Ese mismo año María Teresa se ilusionó y creyó que podría votar, pero no contaba con los 21 años de edad requeridos. Hizo que un notario le certificara la edad aumentada y asegura que fue el único documento público que falsificó. De nada sirvió porque aplazaron la visita a las urnas de las mujeres para 1957. “Pero esa vez sí pude votar en el plebiscito que originó el Frente Nacional”.

Pocos años después, durante el Gobierno de Alberto Lleras Restrepo, se indignó con una orden presidencial que pretendía proponer el servicio social obligatorio y gratuito para la mujer. Se fue a Bogotá, ya profesional, y buscó en el Country Club a la primera dama, quien impulsaba la iniciativa. La terminó regañando hasta que “la señora salió llorando”. Tiempo más tarde, el mismo Lleras pidió una comisión de arquitectos planificadores para hacer recorridos internacionales en búsqueda de proyectos urbanos. En el Valle, el mismo mandatario pidió que buscaran a la mujer que había hecho  llorar a su esposa.

“El gobernador me dijo si conocía a Lleras y le dije que no, pero que igual aceptaba la propuesta de ser parte de esa comisión, porque iba a tener pasaje diplomático y daría la vuelta al mundo”, dice.

En el viaje, una de sus jefas le dijo que le pagarían 30 dólares por cada acta de trabajo. Se negó. Le pidió que no le retribuyera en dinero, sino que le prometiera que en cada ciudad que visitaran le presentarían a las mejores feministas. “Y las conocí. De Londres, de París, de Italia, de toda Europa. Me di cuenta de un mundo diferente. Me di cuenta, entre otras cosas, de las comisarías de familia. También de ideas como el aborto.”

Al regresar, compartió sus conocimientos con su mamá y, ella tan religiosa, resultó aterrada por lo que escuchaba de María Teresa.

María Teresa Arizabaleta, Feminista, Kienyke

Nunca, el entonces presidente Alberto Lleras, le hizo reclamo alguno por lo que María le hizo a su esposa.

María Teresa nunca fue ajena al amor. Se casó muy joven: a los 19 años. Su alma gemela siempre estuvo a su lado, antes del la escuela, durante las clases de colegio, en la universidad, en sus arrebatos políticos y en las amarguras de una lucha con tan ingratos resultados.

Daniel García es hijo de un fotógrafo y nunca agradó a la familia de María Teresa. Lo veían tímido, absorto, pobre. “Pero mis papás decían: ese con cara de pendejo es el que se va a casar con María”. Recién finalizado el bachillerato se unieron, y pocos años después se separaron mientras él cumplía con el servicio militar.

“Me resultó con que quería seguir la carrera militar, entonces que nos fuéramos para Bogotá. Pues le dije que le deseaba lo mejor, pero que en mi casa no quería hombres armados. Entonces salió del ejército y me acompañó a estudiar arquitectura. Es un gran  constructor y mis cuatro hijos también son arquitectos, casados con arquitectos. La única que se casó con un abogado le fue mal”, bromea.

“Aunque él es muy querido, yo soy muy independiente. Mi lucha es muy importante para mí y sé que a Daniel nunca le gustó que yo fuera feminista. Mi hija dijo que él siempre ha sido godo de extrema derecha, pero que a pesar de eso ha sido el más alcahueta conmigo. Soy la razón de su vida y por eso me aguanta”.

María Teresa dice que ha sido feliz, pero lamenta que la vida no le alcance para hacer mucho más. Parece no estar satisfecha con ser una de las principales precursoras del voto femenino, con haber revolucionado su escuela para que la educación fuera completamente igual para hombres y mujeres, con haber provocado un revolcón en el congreso que ayudó a frenar otras décadas de Frente Nacional, con ser la creadora de las Comisarías de Familia para Colombia, pues la primera la fundó ella en Cali en 1988.

Desde hace algunos años se dedica a proyectos feministas en el Valle del Cauca y ahora es una de las grandes cabezas de la Ruta Pacífica de las Mujeres, que atiende a víctimas de la violencia en cualquiera de sus denominaciones. Con su proyecto, obtuvo en el año 2000 el premio Mujer Milenio.

“Y al acercarme a las víctimas me di cuenta que este país es cobarde. Qué lástima, que con todo lo que ha pasado, de dolor, sangre, violencia, nadie sea capaz de decir ¡ya basta!”. María Teresa fue casi un semestre congresista en reemplazo de Piedad Córdoba, quien entonces tuvo que huir al exilio. La experiencia le gustó, por lo que piensa que sus congéneres deberían esforzarse más por llegar al parlamento.

Ella ya no podría; con 79 años no aguantaría el ritmo y su espalda aún le duele desde cuando en ese mismo capitolio un grupo de personas la agredió y escupió. Desde Cali comenzó el proyecto de la Universidad Política de la Mujer, en la que “enseñamos a mujeres desde leer y escribir hasta manejar el Estado y ser líderes”. “A eso me dedicaré en adelante; a educarlas para que algún día lleguen al poder”.

Twitter: @david_baracaldo