Periodismo y política se pervierten entre sí: Juan Gossaín

2 de marzo del 2015

“La radio hizo crisis”, dice el periodista que estrena el libro La memoria del alcatraz.

Juan Gossain

El poder de su palabra es envolvente. Juan Gossaín se convierte en un remolino de emociones, historias, anécdotas y conceptos que capturan al lector por tiempo indefinido. En algún momento hay que detenerse para interrumpir su discurso y postergarlo para otro día, ojalá pronto.

La disculpa de este encuentro fue su nuevo libro, “La memoria del alcatraz”, el que acaba de publicar y que ya ocupa los primeros lugares en ventas. Más adelante hablamos sobre el alcatraz, pero primero sobre el periodismo de hoy.

“Mire Édgar, usted y yo que somos unos viejos en este oficio, casi unas reliquias, sabemos bien lo que está pasando. Los periodistas jóvenes que están apareciendo en Colombia son cada día mejores que los anteriores, hoy son mucho mejores que nuestra generación, vienen mejor preparados de la universidad. Eso es verdad, pero el problema no está ahí.

El problema está en que uno queda con una duda todos los días sobre temas éticos, sobre cuestiones de principios, sobre lo que no varía, lo que es inmodificable toda la vida, la independencia, la imparcialidad, la ética, la responsabilidad. Yo todas las noches me acuesto con una preocupación diciendo, ¿es la política la que está pervirtiendo a los medios o son los medios los que están pervirtiendo a la política?”, sostuvo.

-¿Y qué se responde?

-Que ambas cosas son ciertas, que es mutua la manipulación. ¿Sabe por qué? Porque es tolerada en ambos casos. Los medios no pueden aducir inocencia. No, es que los directorios o los partidos políticos me están manipulando y yo no me había dado cuenta; no, es una manipulación tolerada. Se llama complicidad. Eso es lo que estoy viendo y me tiene pasmado, ver cómo los medios se han politizado en el peor sentido de la palabra.

-Hoy en la radio nos despedimos de un doctor y saludamos al siguiente doctor…

-Sí señor, estamos de acuerdo. Usted es un siquiatra de radio. Los periodistas radiales tenemos que ayudar a cambiar las caras, las opiniones, que haya más oportunidades, que haya más gente, que haya variedad.

Mire Edgar, hay que darle oportunidad a los nuevos, hay que llamar gente distinta, gerentes diferentes, senadores distintos, candidatos diversos, hay que variar el país, hay que moverlo sí señor.

-¿Por qué siendo tan sabroso escucharlo y por qué sabiendo usted tanto de tantas cosas, por qué en un momento dado hizo crisis la radio, su radio?

Es que la radio hizo crisis, le voy a decir por qué. En términos esenciales, las razones fundamentales de la crisis radial fueron las siguientes:

La primera de todas, que la radio no supo guardar distancia con los temas políticos. Cuando digo los temas políticos me refiero también especialmente a los hombres políticos.

Segundo, la radio hizo crisis porque se adocenó, es decir, se volvió un hábito para nosotros hacer la misma radio. Usted lo acaba de decir, despido a un doctor que acabo de entrevistar, entrevisto a otro doctor, despido a ese doctor, llamo a otro doctor, y así se va la mañana. Se volvió rutinaria.

Esas son las verdaderas razones de por qué la radio entró en crisis, se volvió rutinaria y de lo rutinario a lo aburrido no hay sino un paso.

-¿Qué radio haría hoy?

No me he puesto a pensarlo por una razón, se lo confieso, porque como a las 4:30 de la mañana que es la hora en que me levanto, de inmediato me siento a escribir. Voy oyendo radio a pedazos, y la voy oyendo, ni siquiera oyendo en el sentido literal de la expresión, la voy viendo en las páginas web ¿verdad? Veo la página web de RCN, la de Caracol, veo la página web suya, veo lo que usted escribe en KienyKe.com, leo la otra orilla, leo las dos caras, La Silla Vacía, vuelvo a la radio, por pedazos.

Y sería irresponsable, Édgar, que si solo la estoy viendo a pedazos y a raticos me pusiera a dar ejemplos sobre eso; no me siento autorizado.

-Si me lee qué pena con usted Juan, un maestro de la escritura y la palabra…

Ay, que bella manera de decirlo modestamente. Usted sabe que yo soy absolutamente sincero y franco, las cosas las digo como hay que decirlas. En su columna que yo leo tiene unas virtudes, la franqueza por ejemplo. A veces es más que franqueza, es crudeza, la crítica a ciertas personas que se la merecen, pero la justicia consiste en que así como críticas a quien merece crítica también reconoces al que merece reconocimiento. Eso es una buena columna, ahí me tiene usted. Y no como me pasa con muchos columnistas de la prensa.

Creo que a los lectores también les pasa, sobre todo a los columnistas que llevan más años escribiendo, algunos son excelentes, pero otros, ya uno sabe lo que van a decir.

-¿Se sintió a gusto con su nuevo libro?

Me llegó una caja de libros pero ni siquiera la he abierto porque, le confieso, yo a los únicos libros que les tengo miedo en esta vida son los libros que yo escribo. No me acerco mucho a ellos, ¿sabe por qué? Porque empieza el martirio, entonces abre uno la primera página y uno dice, ¿pero cómo pude escribir esto así, si pude haber dicho otra cosa?

-Es cierto, la labor de la corrección es supremamente tortuosa…

Siempre lo es, porque a veces se siente como si estuviera descuartizando un hijo. Pero si esto lo procree yo mismo, si esto lo engendré yo, ¿cómo voy a despedazar esto? ¿Cómo voy a cortar aquí? A mí no me gusta esa tarea, siempre me ha parecido un poco criminal.

Creo que era Édgar Degas, dadaísta más que surrealista. Si no estoy mal era Degas que andaba con un pincel en el bolsillo y llevaba un pequeño maletín en la mano, y todo el mundo en París se preguntaba, ¿qué es lo que lleva Edgar en ese maletín tan misterioso?, no lo afloja nunca.

Era una paleta de colores, ahí llevaba los óleos, ahí llevaba todo, las pinturas. Sacaba su pincel del bolsillo del saco, abría el maletín y comenzaba a corregir en plena exposición los cuadros, corrigiendo lo que en el pasado le había quedado mal. Pues se le va a uno la vida en eso, yo no estoy intentando compararme con Degas, Dios me libre de semejante abuso.

Pero es como para volverse loco, uno de puerta en puerta tocando y diciendo “buenos días señora, ¿me presta el libro mío que usted tiene para corregirlo?” Ah, ¡lindo tema para un cuento!

Juan Gossain

-Háblenos de su libro…

La editorial Intermedio me propuso que hiciéramos una colección de crónicas, es decir, de las crónicas ya publicadas, tanto en la revista Caras como en el diario El Tiempo.

Las crónicas de Caras son para mí muy valiosas porque yo estoy desde el día que nació la revista. Del diario El Tiempo, las crónicas que yo vengo escribiendo desde hace tres años y entre las dos constituyen el libro.

El libro es una mezcla curiosa, porque yo quise hacerlo así. Mire, está constituido por tres elementos diferentes, tres ángulos.

Uno, las crónicas pintorescas por así llamarlas, la crónica sobre el alcatraz que vuela todas las mañanas aquí delante de mi ventana, y el mar que veo.

Dos, están las crónicas de la forma como yo he enfrentado los grandes temas de la sociedad colombiana en estos tiempos nuestros, por ejemplo, las crónicas de por qué son tan caras las medicinas en Colombia, ¿qué está pasando con el sistema de salud, por qué es tan deficiente, por qué la gente se muere en la puerta de los hospitales?. El precio de la gasolina, ¿qué locura es esta, por qué la gasolina es tan cara en Colombia? ¿Por qué puede comprar uno gasolina colombiana en Corea donde es más barata que en Colombia que la produce? Bueno, toda esa serie de crónicas están allí.

Pero también hay un tercer tipo de crónicas, que son las que tienen que ver con la actualidad, con hechos que ocurren y es inevitable referirse a ellos; la visita del presidente Obama a Cartagena cuando yo descubrí que Obama utiliza vestidos blindados, y trajes y pantalones blindados por protección.

-¿A la hora de escribir cuál es su manía?

¿Mi manía? Mi manía es escribir, hombre, le voy a decir por qué.

Cuando uno madruga para hacer programas de radio –y yo lo hice durante 30 años- se le queda pegado el hábito de madrugar. Puede uno acostarse a la hora que quiera, por tarde que te acuestes, a las 4:30 de la mañana estás en pie.

Y yo no soy trasnochador; a las 9 de la noche estoy profundo. Entonces me levando a las 4:30, me siento en mi escritorio, prendo mi computador y empiezo a escribir.

Y tengo una manía, la confieso, es un secreto, una hora y media después, 6 menos 5 o 6:04 minutos de la mañana, me paro del computador, voy y me siento frente al sol naciente para ver aparecer el sol, para ver cómo comienza el día, sobre todo para ver el sol reflejado en la bahía de Cartagena, que es uno de los espectáculos más bellos del mundo, sin lugar a dudas. Mi manía es hacerme acompañar del sol cuando estoy escribiendo, sí.

-Tiene novelas, tiene cuentos, tiene crónicas, ¿dónde está la poesía, Juan Gossaín?

Es tal el respeto que me inspira la poesía que yo no me atrevo. Aquí donde no nos está oyendo nadie, entre usted y yo, déjeme contarle un secreto… Mire, usted y yo sabemos que nada es más grande sobre la tierra que la poesía. Un amigo mío, el maestro Cabrera, el papá de Sergio, decía que la poesía es lo único que justifica la presencia del hombre sobre la tierra.

Yo sí perpetré poesía cuando era joven, pero la diferencia es que tuve buen cuidado de romperla y no sobrevivió nada de eso. Pésima poesía naturalmente y por fortuna desaparecida.

A mí me pasó eso con la poesía y resolví que no más, que no lo intentaba más.

-Juan, ¿ qué libros le llamaron la atención del año pasado?

Hay unos jóvenes que a mí me parece que están haciendo en Colombia un excelente trabajo literario: Juan Gabriel Vásquez, “El ruido de las cosas al caer”, me pareció una excelente novela. Posteguillo, me parece excelente escritor, pero sobre todo me he dedicado a releer lo que me gustó a lo largo de la vida.

Un día hace como cinco años me hice esta reflexión: si hay un montón de libros que me gustaron a lo largo de la vida, y ya no me va a alcanzar la vida para leerme todo lo que me falta, mejor me pongo a releer lo que ya me gustó, entonces estoy en eso, estoy releyendo.

Estoy releyendo todo Sófocles. Nadie ha entendido el alma humana mejor que ese hombre, y estoy dedicado a eso, a leer a los jóvenes y a releer a los muy viejos.

-¿Además de Sófocles a quién más?

Bueno, hay unos prodigios. Por ejemplo, en literatura colombiana, estoy releyendo a Cepeda Zamudio. Cada vez que uno lo lee es una sorpresa nueva, es un nuevo asombro, es una revelación.

Otro escritor que estoy leyendo muchísimo, muchísimo, Faulkner, Faulkner de nuestra juventud, historias del sur de los Estados Unidos.

Y también mucho periodismo. Por ejemplo, las formidables investigaciones de Seymour Hersh sobre el gobierno de Kennedy, cómo nos reveló toda la verdad.

-Se pregunta Sergio Araujo Castro: “¿cuántos de ustedes se han dado cuenta de que Juan Gossaín es el Gabo que nos queda?”

Virgen santísima! Dígale a Sergio que él es muy amable y generoso, pero yo no soy tan vanidoso como para creer que eso es verdad. Eso es un acto de cariño, es una demostración de afecto, pero yo no he perdido el sentido. ¡Yo no he perdido el sentido de las desproporciones ¡Tengo los pies puestos sobre la tierra. Nadie en la literatura colombiana se acerca a García Márquez.

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