Una travesía buscando a su hijo desaparecido

Una travesía buscando a su hijo desaparecido

30 de agosto del 2013

(Periodista de Unidad para las Víctimas)

Gloria Salamanca  espera el reencuentro con ‘el Mono’, su hijo, desde el ocho de octubre de 2006. “Me lo quitaron por allá en Sánchez, en lo que llaman la Loma, y estuve a punto de tenerlo conmigo otra vez pero no fue posible porque unos me decían que lo habían tirado al río y otros que estaba reclutado”, dice.

Pero donde fuera que esté ‘el Mono’, su presencia aún habita su vida, hoy con más tranquilidad que hace algunos años, cuando sus estados de ánimo eran variados y confusos.

“Yo sé que mi hijo está vivo y si él me ve o me escucha en alguna parte sabe que lo hago con todo el amor y que no descansaré hasta tenerlo junto a mí”, sostiene.

Por lo pronto escribe su vida en tiempo presente. Despierta antes de que salga el sol e inicia el día, inspirada por su hijo y apoyada su familia, su soporte para sobreponerse al dolor de la ausencia.

“Salgo todos los días faltando un cuarto para las siete de la mañana a trabajar con mi negocio de masajes. Cuando me levanto lo primero que hago es darle gracias a Dios y a la vida porque puedo ver, sentir, escuchar, tocar y porque estoy viva”.

Doña Gloria nació en Bogotá. Vive en el sur de la ciudad y es vecina de sus padres. Tiene una hermana menor, Lucero, con quien vivió aventuras en la infancia que sobreviven también en la memoria.

Hace un año se  dio cuenta de que en una de las paredes de la casa ‘el Mono’ le había dejado un mensaje: “Te amo, gorda. Ate, Jairo”, dice la inscripción en la pared.

“Él me llamó el 8 de octubre de 2006. Era un domingo en la tarde, y me dijo haces esto, haces esto, porque voy a salir a Pasto. Yo le colgué, pero como uno de mamá tiene un sexto sentido, yo ya presentía que algo estaba pasando. Empecé con dolor de estómago y tembladera”, dice.

Al siguiente día, como de costumbre, lo llamó al celular pero no obtuvo respuesta. Intentó ubicarlo a través de Jhon Jairo, su exesposo, que vive en Pasto, pero no fue posible. “Yo andaba buscando respuesta de mi hijo y antes el me preguntó si yo sabía algo de él”.

Una semana después doña Gloria decidió ir por su hijo a Nariño. Fue un viaje de 18 horas.

El primero en recibirla fue Jhon Jairo, a quien no veía desde el 2003, cuando se separaron. Estaba junto a Olga, la nueva esposa.

“Él apenas me vio se puso a llorar. Eso me dio pauta para pensar que a mi hijo sí le había pasado algo. Ese día Olga me dijo que podía quedarme con ellos pero me dio pena. Les dije que yo me quedaría en un hotel, y así fue”.

Al siguiente día salieron los tres en búsqueda del muchacho. Tomaron la ruta de Remolinos, en la vía que conduce Barbacoas, en el Bajo Patía. Sin saberlo, Gloria estaba emprendiendo la aventura más difícil de su vida.

Tomaron el carro desde Remolinos hasta el Paso Real, una calle larga enmarcada por locales comerciales, cafés, tiendas, billares, restaurantes y casas de chance. En una de ellas Gloria, con los párpados inmóviles y la garganta seca, en medio de 40 grados de temperatura, indagó por su hijo:

–Vengo buscando a este chico –le dijo doña Gloria a una joven, mientras enseñaba una fotografía.

–Ya vengo –dijo la muchacha, que al rato regresó con otro joven y le dijo:

–Doña, ¿quiere que le diga algo? A ese ‘pelao’ lo mataron y lo echaron al río.

No lo podía creer. Sus sospechas parecían volverse realidad.

“Uno no puede pasar saliva. Se le reseca la garganta. Se pierde el control de esfínteres. Empecé con hemorragias y un dolor en la tráquea que no se imagina”, dice Gloria.

Nariño, Colombia, Kienyke

La tarde caía en el Paso Real. En dos motos tomaron la ruta del Bajo Patía hasta las Lomas. En una iba Gloria y en otra Jhon Jairo y Olga. Según Gloria, “era oscuro. Solo se oían los grillos. Los de las motos nos dejaron en una explanada, cerca al cementerio y desde ahí caminamos al caserío”.

Entre tanto, Alex –el mayor de los hijos– y Lucero se enteraron de que doña Gloria había tomado la determinación de viajar a Nariño a buscar a su hijo, pero solo fue posible que Alex viajara para reunirse con ella.

“Llegamos a un lugar donde solo se veían personas con boinas rojas y verdes. Para mí era aterrador ver niños y niñas con uniformes, con esos fusiles colgados, más grandes que ellos mismos”.

Permanecieron quince días más allí. Regresaron llenos de incertidumbres,  con las manos y el corazón vacíos. Solo hasta el 2007 Gloria volvió a tener razón del proceso. Según el testimonio de un informante de CTI, el joven había ingresado a la filas de la guerrilla.

En medio de triste panorama surgieron más problemas para Gloria. “Mi mama contrajo osteomielitis y a mi papi le dio cáncer en los pulmones. El deseo más grande de ese momento en mi vida era morirme”.

La recuperación para ella fue un proceso lento y en el que tuvo que ver mucho el apoyo psicosocial porque permitir la expresión del sufrimiento y darles a las víctimas un lugar de reconocimiento. Hoy Gloria no se siente como víctima y prefiere identificarse como sobreviviente.

“Fui víctima como unos seis años, pero en medio de tantas situaciones vividas empecé a tomar fuerzas. Cuando era víctima no pensaba que tenía papá, otro hijo, que mis nietas me necesitaban. Ahora sí lo hago. Creo que la reparación sí es integral porque he recuperado mi vida, mis emociones, mis sueños y me siento productiva”, dice.

Ese proceso implicó ‘alzar el vuelo’ –es decir– retirarse de la protección que le brindaba su hermana Lucero y empezar a afrontar todos los miedos, aunque a veces suele cuestionarse y pensar que lo vivido es solo una pesadilla:

“Me cuestiono. Yo viví fue una pesadilla, pienso, pero  lamentablemente es verdad. Es una verdad que hay que enfrentar. Es una verdad como sobreviviente”.

Todavía lucha. Sonríe. Da pasos ligeros con su menudo cuerpo. “Su lucha persiste. Ha sobrevivido también por Lesly, Dana y Kimberly, las tres hijas de Alex.

En su proceso de recuperación tuvo mucho que ver el apoyo psicosocial que le brindaron en la Fundación País Libre y luego la Unidad para las Víctimas. Después de ganarse la vida en diferentes oficios, doña Gloria ingresó a cursos de danza, yoga y natación, con los cuales inició la recuperación emocional. “En las terapias conocí a una amiga que me dijo si quería aprender a nadar. Me llevó a unas piscinas que hay en La Victoria y aprendí. Para mí fue valioso porque con la natación pude enfrentar mis miedos. Imagínese que yo antes le tenía miedo a los charcos, a los ríos”

En enero de 2012 doña Gloria y su familia fueron indemnizadas como víctimas directas del hecho de desaparición, y sin que ello representara la sanación del dolor, abrió un nuevo camino de esperanza. “Con la plata compré una máquina para hacer masajes y gracias a un crédito pude mejorar el piso de la casa y hacer una pared que dividiera el cuarto de la sala y allí monté el negocio de hacer masajes”.

Desde del 2013 es voluntaria en la Unidad para las Víctimas, donde apoya una estrategia del equipo de apoyo psicosocial en la que ayuda a cuidar a los funcionarios que desarrollan la tarea de brindar orientación psicosocial a las víctimas.

“Yo ingresé al proyecto de voluntariado. Trabajo por localidades, en todos los talleres psicosociales que son ocho. Cuando el estado de la víctima es muy crítico y se ponen a llorar, yo me les acerco, los abrazo. También puedo cuidar a los que cuidan’.

Hoy gracias a ese proceso ha cambiado su visión sobre la vida. Y recuerda con tranquilidad los sueños que ‘el Mono’ dejó en el camino.

“Él dijo que nos íbamos a vivir a Sánchez por tres años. Y que se iba a poner a estudiar diseño gráfico. Y que yo hiciera manicure a las calentanas que al fin nunca les hice”.

Doña Gloria no se rinde. En las horas de soledad evoca su hijo y canta una canción para traerlo a su mente:

 Cómo voy a olvidarte, si estás prendida en mí,

Cómo voy a olvidarte, si te llevo en mí ser,

Ay, si supieras de veras lo que eres para mí,

Eres más que mi amor, la razón de mi vivir”

 “Mi hijo está desaparecido y ese fosforito todavía está prendido: es mi esperanza…”.