Más allá del Super Bowl LIII

Más allá del Super Bowl LIII

3 de febrero del 2019

Lo que podría catalogarse como el segundo evento deportivo más importante del mundo, después de la Copa Mundial de la Fifa, es más que un juego de fútbol americano y un espectáculo de medio tiempo. 

El Super Bowl es una máquina de dinero, publicidad y de generar opiniones en redes sociales.

Con un recaudo que supera los 660 millones de euros; más de 110 millones de espectadores dentro de los Estados Unidos y otros 100 millones en el resto de países, este juego de fútbol americano ha generado polémicas alrededor del mundo no solo por ser un derroche de dinero, también por razones políticas y de racismo. 

Esta edición viene con sabor a polémica, primero porque han sido varios managers y artistas los que definen que protagonizar el Halftime Show es una pesadilla, pero las bandas y cantantes independientes no solo se han negado a participar en este espacio por las críticas que puedan llegar a generar, lo han hecho por los actos racistas de la NFL como en el caso Kaepernick en 2016 quien se arrodilló mientras sonaba el himno estadounidense en rechazo a la muerte de varios afroamericanos a manos de la policía y desde entonces la organización deportiva ha empezado a penalizar dichos actos. La imagen le dio la vuelta al mundo. 

Artistas como Jay-Z y Nicky Minaj lideran un boicot y le pidieron a Maroon 5 en este año que se pusiera “del lado bueno” y que rechazaran la oferta. Cosa que no sucedió. 

Desde entonces, el concierto que más añoran los aficionados fue el de Michael Jackson en 1993, cuando no existía un revoloteo político y el artista contratado daba la talla. 

El costo de las entradas a este encuentro, que se realiza año tras año, es otra de las críticas vistas desde las redes sociales. 

Para la edición 53 se puso en venta un combo de cuatro boletas que tenía un costo de 30.000 USD -94 millones de pesos colombianos-, precio “absurdo” que ningún aficionado pudo haber costeado.

La publicidad también está en el ojo del huracán. La suma de 7.7 millones de dólares que se pagó en la edición 2019 fue rechazada por un gran sector de aficionados y organizaciones sin ánimo de lucro que trabajan en pro de las comunidades menos favorecidas. 

Para 2018 el 16,6 % de quienes vieron el juego concordaron que los grandes anunciantes deberían ahorrarse la suma de dinero invertida en el evento y hacer mejores obras humanitarias y de caridad para sectores desfavorecidos. 

El consumo masivo y desperdicio de comida es inevitable para los organizadores. En la edición pasada se gastaron 1,2 billones de dólares en cerveza, se compraron 1,35 billones de alitas de pollo, 32 mil perros calientes que se vendieron en el estadio y 100.000 toneladas de aguacate exportadas por México.

Eso sin mencionar los ostentosos anillos que se le otorgan a jugadores como Tom Brady que en la edición 53 sumó su sexto y segundo consecutivo. Las joyas tienen un costo de 65.000 USD, unos 200 millones de pesos.

Lo cierto es que al hacer el comparativo con otros eventos como el fútbol, específicamente la Copa Mundial de la Fifa, hay varias cosas por aprender como el uso fundamental de la tecnología que se vuelve imprescindible para la comunicación y el justo actuar del jugador.

El respeto hacia la autoridad en el campo no se queda atrás. En la NFL el árbitro se considera una figura poderosa, figura que en el balompíe se pierde por completo en competiciones como la Premier League donde palabras como “f*ck” son comunes de escuchar en el césped.  

Lo que no es un secreto para nadie, es que en estos espectáculos deportivos siempre habrá más de un ganador. El equipo vencedor, compañías con las cuentas llenas de dinero y un espectador satisfecho.