Mauricio Vargas cuenta cómo eran Bolívar, Manuelita y Santander

Mauricio Vargas cuenta cómo eran Bolívar, Manuelita y Santander

4 de abril del 2018

Leer a Mauricio Vargas es una delicia. Desde sus crónicas periodísticas como El Presidente que se iba a caer; pasando por sus columnas, exclusividad de El Tiempo; hasta lo que ha escrito en los últimos años, sus novelas históricas, que llama así para darse la licencia de describir en su estilo, muy periodístico, situaciones que no fueron registradas ni en los libros, ni en las cartas.

Hace dos años Vargas vive en las afueras de Barranquilla, con vista al mar, tranquilo, en el mejor momento de su vida. Ahí escribió el libro que acaba de lanzar en el Museo El Chicó: La noche que mataron a Bolívar.

Pero hace mucho mas tiempo duerme y sueña con los próceres de la independencia de Colombia: El mariscal que vivió de prisa, sobre la vida de Antonio Jose de Sucre que publicó en 2009; y Ahí le dejo la gloria, sobre la relación de Bolívar con José de San Martín, que salió en 2013. El nuevo, que ya se encuentra en las librerías, sobre la noche septembrina, trata la enemistad del libertador con Francisco de Paula Santander.

Habla de ellos como si los conociera: “El mariscal Sucre era un aristócrata de la independencia. Tenía un linaje francés que venía de siglos. Y eso se reflejaba en su actitud, era como un caballero del final del medioevo en muchas cosas: era digno y tan honesto que lo mandaban a comprar armas a las islas del Caribe y traía las vueltas y una relación de gastos donde decía en qué se había gastado cada centavo. Había estudiado las ultimas técnicas de Napoleón que cambiaron las reglas de la guerra. Era un gran ingeniero militar y de hecho, su gran victoria que es la Ayacucho, la gana por hacer un excelente cálculo de lo mal ubicada que estaba la artillería española en la montaña. Era guapo, bailaba, gran conversador, y tenía una cierta timidez que también encantaba”.

Claro, el autor tiene formación de periodista y lleva palabras en las venas. Empezó su carrera en El Heraldo en Barranquilla porque sus raíces son costeñas y se crío entre los momentos y memorias de su padre, Germán Vargas Cantillo, uno de los memorables miembros del grupo La Cueva, y amigo del alma de García Márquez.

Ya corrió todo lo que tenía que correr en el periodismo, aunque no lo abandona, y a veces se veces se da sus pasadas por El Heraldo, donde de vez en cuando se sienta con el director Marco Schwartz y opina, pero no escribe porque tiene exclusividad con El Tiempo.

Por eso puede explicar así el momento en que se conocieron Manuelita Sáenz y Simón Bolívar.

“Está mas o menos establecido que el primer fin de semana de amor entre Manuelita y Bolívar ocurre en La hacienda Cataguango de la familia de Manuelita. Pero nadie sabe qué pasó esa noche. Ahí yo tuve licencia en el libro de Ahí le dejo la gloria. Tuve licencia para inventarme esa noche”.

-¿Cómo fue la escena de amor?

“Ella le habla mucho de San Martín. Porque ya había conocido a San Martín. Ella le habla de cómo San Martín les contó en una velada en Lima lo maravilloso que había sido el cruce de Los Andes de su ejército de Argentina a Chile. Y Bolívar celoso le dice: “Yo también crucé Los Andes”. Y la sábana arrugada hace las veces de la montaña en la que el describe el ascenso, y luego le describe la batalla del Pantano de Vargas.

– !Y ahí se besaron!

“Se besaron es un decir… Manuelita era super liberal. Manuelita le dice a Bolívar que es muy mal polvo”.

– ¿Y usted de dónde sacó eso?

“Hay unas referencias: Manuelita sabía; Bolívar era un militar que iba de pueblo en pueblo y cada noche era a las carreras. Pero ella dice, “No esto es distinto. Esto de las sábanas es despacio, con calma”.

– Dice que la relación entre el Libertador y Manuelita era tormentosa…

“Siempre fue. Absolutamente salpicada por los celos. Bolívar seguía en sus campañas, se separaba de ella meses, y a ella le llegaban las historias de que había tenido este romance en no sé dónde; este en Chuquisaca; este en La Paz. Pero ella también tuvo aventuras. Era coquetísima, y él se ponía muy celoso.

Hay una famosa escena de celos en la casa de La Magdalena, en Lima, porque Manuelita encuentra en la almohada un zarcillo de oro, de una mujer que acababa de estar ahí y lo rasguña hasta sangrar. Y eso está contado por Bolívar en el diario de Bucaramanga. Está contado en cartas”.

Mauricio confiesa que no se puede vivir de escribir libros, y aunque trabaja en otros temas, que tienen que ver con comunicaciones por supuesto, no se puede desligar del periodismo, ni de la literatura. No se obsesiona con sus personajes porque tiene una especie de regla de distanciamiento para no dejarse influir por sus caracteres, pero en el proceso de cierre, pierde. Y se los sueña, en todos los momentos que describe. Así se despide de ellos, cuando ya publica su obra. “Es como un niño al nacer. Aunque la ventaja con el niño es que todavía lo puedes educar, la novela ya se fue. Y se va, el libro pasa del nacimiento a la madurez sin que tu puedas intervenir”.

Siempre dice, por el duelo, “este es el último”. Pero no lo logra.