Por: Pacho Centeno
El fin de semana pasado estuve con mi hijo de 14 años en Bogotá en lo del Festival Rock al Parque, un gran evento que a decir de sus organizadores reunió a más de 240 mil personas en los tres días que duró; y que según mi ojo de buen cubero, un 65% eran marihuaneros, un 15% eran aguardienteros, un 10% eran ambas y otras cosas más, y el 10% restante éramos los que fuimos a escuchar buen rock sin necesidad de meternos nada distinto a un buen sanduche de ternera con té al clima para acompañar.
Ustedes se preguntarán ¿qué hacía un padre responsable con su hijo de 14 años en un ambiente tan altamente viciado? La pregunta tiene múltiples respuestas. Primero, aunque soy musicalmente ecléctico, el buen rock siempre ha sido mi música preferida, así que me sentí invitado a la fiesta. Segundo, mi hijo es músico, toca la batería y la guitarra, compone sus propias canciones, tiene su propia banda y tenía la ilusión de asistir a la Meca del rock en Colombia para ver algunas de sus bandas preferidas. Tercero, los organizadores (Alcaldía de Bogotá) establecieron que la edad mínima para asistir era 14 años, y mi hijo los cumplió el año pasado. Cuarto, en las normas para asistir al certamen se estipulaba, entre otras cosas, la prohibición de consumir sustancias psicoactivas y alcohol dentro del recinto, cosa que no creí de entrada, pero que tampoco imaginé que fuera a ser de manera tan desaforada.
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Confieso que jamás había visto tanto marihuanero junto, y soy de los que no se escandaliza al ver gente metiendo marihuana, yo lo hice algunas veces en mis años mozos y respeto que cada quien se meta lo que se quiera meter, siempre y cuando no afecte a los demás. Pero debo reconocer que al principio me afectó porque estaba con mi hijo a quien debía proteger, así que cada vez que alguien prendía un “bareto”, me movía con mi hijo a otra parte, por lo que estuve moviéndome durante el primer día del festival por todo el recinto, lo que provocó que me perdiera muchos momentos buenos de los conciertos y ganara un terrible dolor de pies.
En el segundo día decidí relajarme, aceptar la realidad del país, y aprovechar la circunstancia para mostrarle a mi hijo lo estúpidas que se ven las personas que consumen sustancias psicoactivas, tanto como las que consumen alcohol de manera desaforada.
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Entonces pensé que el gobierno debería legalizar el consumo “recreativo” de la marihuana y obligar a poner letreritos por todas partes que digan “este es un ambiente 100% libre de humo de marihuana” como lo hacen con el tabaco. Esto sería beneficioso porque nacería una nueva industria que generaría empleo y pagaría impuestos, se acabarían las ollas tipo Bronx y se reduciría la criminalidad en las ciudades.
Otra ventaja es que los consumidores, que son muchísimos, dejarían de ser ilegales y podrían comprar sus “baretos” por cajetillas en el supermercado, lo que evitaría que se expongan a ser robados o a consumir “bareta” mezclada con porquería. Sería una industria exitosa, pues arrancaría con una amplia franja de consumidores ya cautivos y en crecimiento. Podría producirse el “bareto” con y sin filtro, el “bareto” largo, el “bareto” mentolado, el “bareto” light, el "baretico" o "bareto"; corto, y hasta se me ocurre un “bareto” mezclado con yerbabuena, o manzanilla, o, por qué no, con toronjil para la tos. También tendría que promulgarse una ley que prohíba manejar bajo los efectos de la marihuana, y habría que inventar el “marihuanómetro”, el cual mediría el número de “baretos” que se metió en la fiesta; y lo mejor será que cuando el policía detenga al conductor enmarihuanado, éste no le dirá “¿usted no sabe quién soy yo?”, porque “la risueña” y la resequedad en la boca no lo dejará decir estupideces, aunque se vea tan estúpido como el borracho.
Para entrar al festival fuimos sometidos cada día a pormenorizadas requisas en 3 distintas estaciones; en cada estación nos hicieron quitar los zapatos, vaciar los bolsillos y responder preguntas suspicaces; el tercer día me quitaron el cinturón de tela que había sobrevivido los dos días previos, y me lo quitó el mismo policía que me había requisado el día anterior; me dio fue risa, pero no de marihuana sino de ver lo estúpidos que son algunos policías. Nadie podía entrar nada distinto a la ropa que llevaba puesta, los documentos personales y el celular, todo lo demás lo decomisaban con la promesa de devolverlo a la salida; así que no entendía cómo adentro un enjambre de jíbaros con cara de “sayayines” extraditados del Bronx anunciaban a voz en cuello “bareta bareta guaro”, “bareta perico guaro”, “ácido bareta guaro”, y cigarrillos que también estaban prohibidos.
Una señora que solo vendía agua en bolsa fue sacada a la fuerza por 6 policías y 5 de logística porque estaban prohibidos los vendedores ambulantes. Mi hijo quedó de quinto en un concurso de bateristas aficionados organizado por el Periódico ADN, y su cara de felicidad y mi orgullo de padre hizo que todo lo demás se viera minimizado.
* Nada de lo aquí escrito puede opacar la grandiosidad del Festival Rock al Parque, su carácter gratuito, pacífico e incluyente, y mucho menos su calidad artística. La pasamos muy bien.
