Bemoles

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8 de enero del 2011

Con el Teatro Adolfo Mejía colmado, se inició el  viernes en la noche el quinto festival de música de Cartagena, dedicado este año a Juan Sebastián Bach, de quien se escucharán durante más de una semana numerosas composiciones de diferentes estilos.

Los hechos destacados de esta noche de inauguración se pueden resumir así. Primero, la presencia por primera vez en el podio como director invitado de la orquesta del festival, -nuevamente la City of London Sinfonia-, de un colombiano que desarrolla su actividad en España como director de la orquesta de Castilla y Aragón, el antioqueño Alejandro Posada. En segundo lugar la frialdad con la que el público recibió la presentación de la arpista Elizabeth Hainen que toca en la orquesta de Filadelfia, quien demostró su virtuosismo y se lució con una interpretación refinada de la  difícil composición del español  Joaquín Rodrigo compuesta en 1963,  denominada Sones de la Giralda o Fantasía Sevillana, obra de una instrumentación sobresaliente, muy adecuada para el sonido del arpa. Y por último la vistosa actuación de los violinistas Ruggero Allifranchini y Arnaud Sussman en el concierto en Re menor BWV 1043 para dos violines de Bach, una de las obras preferidas por muchos violinistas.

La velada se inició con la suite para orquesta No 3 BWV 1068 de Bach, cuyo conocido segundo movimiento “Air” en el cual los chelos juegan un papel importantísimo se deslució por la mala acústica del recinto. Apenas si se escuchaban esos bajos que dan soporte a la melodía principal. En general mejor la actuación de los tres trompetistas que aquella de los instrumentistas de cuerdas.

En el concierto para dos violines, podríamos afirmar que el vivace inicial fue algo así como un reconocimiento del escenario por parte de los solistas, quienes a partir del movimiento lento,  sin duda  lo mejor de la noche, se apoderaron del escenario y ofrecieron una versión magnífica de la  obra, y hasta se permitieron en el final disfrutar como adolecentes de la música de Bach, transmitiendo ese entusiasmo al público.  Por supuesto se destacó el bello sonido del Stradivarius “Fetzer” en manos de Allifranchini. Sonido homogéneo, rotundo, de esta pareja en el allegro final. Posada, demostró  su conocimiento del oficio cuando entendió que en determinados pasajes los dueños de la situación eran los solistas.

Hace años algún amigo melómano me dijo: puedes comprar discos de Mendelssohn a ciegas, toda su música te gustará.  Y así es. El concierto terminó con la cuarta de este músico hijo de un banquero, que jamás pasó dificultades económicas y que aparte de su arte encontró muchos manuscritos de música de Bach que estaban olvidados en algún armario. Ese solo hecho habría sido suficiente para darle un lugar preferencial en el universo de la música erudita.

La Italiana como se denomina a su sinfonía cuarta opus 90, cerró el programa. Vimos a Posada dirigiendo de memoria, obviamente con una actitud escénica muy diferente a la del resto de las piezas, muy atento a las entradas de los diferentes instrumentistas. Parecería que con sus gestos deseaba sacar mejor sonido a la orquesta, no sé si por la mala acústica del Heredia (difícil olvidarse de su nombre original) o porque de verdad requería una mejor sonoridad del grupo. La interpretación  no se puede descalificar, pero faltó ese algo que arranca las grandes ovaciones.

Esta orquesta de cámara,  limitada como tal en el número de sus integrantes, nos tiene acostumbrados desde años anteriores a ir mejorando a medida que avanza el festival. Esperamos que este año suceda lo mismo. 

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