Esculturas ópticas

Esculturas ópticas

19 de febrero del 2011

Las obras de Carlos Cruz-Diez se mueven. Este venezolano radicado hace cincuenta años en París es considerado uno de los precursores del arte cinético en el mundo. Una corriente artística que nació en los primeros años de la década del sesenta en Estados Unidos y que The New York Times bautizó como op art (arte óptico), al hacer referencia a la ilusión visual presente en todas sus estructuras.

Quién ha estado al frente de una de las obras de Cruz-Diez sabe que no tienen sentido si no hay espectador. Es un arte participativo, donde prima el movimiento. Para entender un poco más la obra, basta hablar con el artista, un hombre particular, que no nació en un hospital como todo el mundo, sino en una mesa de madera en la sala de su casa.

KyK: ¿Cómo fue su infancia en Caracas? ¿Qué recuerda de esa época?

Yo no nací en una clínica como ahora, sino en una mesa de caoba en la casa que habitábamos en la vieja Caracas, el 17 de agosto de 1923.  El parto fue tan dramático, que mis padres decidieron no tener más hijos. Fui hijo único y me críe solo, pero siempre rodeado de amigos.

Mi madre me contaba que yo parecía al flautista de Hamelin, porque al regreso de la escuela venía seguido por una fila de amiguitos que venían a casa, para que les enseñara a hacer los juguetes y periodiquitos que yo fabricaba.

En esa época nadie salía de vacaciones, ni los niños comían en restaurantes. No existía la industria para la infancia y eran las madres, o alguna costurera, quienes hacían los trajes para niños. Yo fabricaba mis propios juguetes, entonces los industriales eran muy costosos y si algún amigo de la familia me regalaba alguno, yo lo desbarataba para modificarlo o fabricar otro diferente.

KyK: ¿Qué fue lo primero que pintó?

Mis primeras memorias datan de cuando tenía seis años. Me recuerdo cuando dibujaba junto a una gran caja de creyones, regalo de una amiga de mi abuela. En la retrospectiva del Museo de Arte Moderno Houston figuran algunos de esos dibujitos.

KyK: ¿Cuándo se dio cuenta que quería ser artista, y qué lo hizo darse cuenta?

Yo dibujaba todo el tiempo. Desde la escuela comenzaron las quejas de los maestros a mis padres, porque no atendía a la clase, por dibujar muñequitos.  A los 17 años le dije a mis padres que no quería seguir en el bachillerato, porque deseaba ser pintor.

En la época ser pintor era sinónimo de mal estudiante, de perezoso que terminaría alcohólico o tuberculoso. Sin embargo, tuve el gran privilegio de tener un padre intelectual, poeta, y mi madre era una apasionada lectora.  Mi vocación de pintor fue para ellos, en lugar de una tragedia, un regocijo muy grande, así que de inmediato me inscribieron en la Escuela de Artes Plásticas.  Ese mismo año de 1940, inicié mi vida de pintor.

Ya como profesional, cierto día mi madre regresó furiosa a la casa.  En la calle se había encontrado con una vieja amiga de la infancia y cuando le dijo que yo era pintor le respondió: “¿Artista?… pero, ¿Cómo es posible que de ustedes haya salido un artista?… Se va a morir de hambre…”

KyK: ¿Cómo descubrió el arte cinético? ¿Qué hacía antes?

Llegué al arte cinético no por una intensión puramente estética, sino por desarrollar una propuesta social.  Siempre he pensado que el arte está intensamente vinculado al hombre y a la sociedad. Tal vez sea influencia de mi padre.  Cuando me inscribió en la Escuela de Arte me dijo: “El arte no es una simple diversión, es una gran responsabilidad que adquieres contigo y con la sociedad”.

Durante muchos años fungí de reportero de la miseria de los ranchos de Caracas, con el propósito ilusorio de que mis cuadros podrían modificar una circunstancia socio-política. La manera que encontré para no desligarme de la gente, fue incorporarla en la creación de mi obra. De forma tal que no fuera yo solo el que impusiera la solución, sino que la gente pudiera encontrar un resonador afectivo, un instante de regocijo acorde a su sensibilidad.

KyK: ¿En los años cuarenta el diseño grafico era una profesión popular?

A principios de los años cuarenta, comencé a ganarme la vida con dibujos y diagramaciones para publicaciones. En Venezuela se nos calificaba de “dibujante”, no de “diseñador”. Fue un poco más tarde, en los años cincuenta, que surgió la profesión  de “Diseñador Gráfico” y se crearon muchas escuelas y cursos universitarios. Hoy día, Venezuela es un país de grandes profesionales del diseño gráfico.

KyK: ¿Cómo fue su experiencia como de publicista en McCann-Erickson?

Mi experiencia con las artes gráficas me llevó a trabajar en los diarios de Caracas, permanecí por seis años como Director de Arte de una publicidad. Este ejercicio me dio una información y una formación que la mayoría de los pintores no tiene.  Fue un maravilloso aprendizaje que he aplicado en mi profesión de artista. Aprendí a dirigir personal, gerenciar una empresa, hacer presupuestos y, sobre todo, a pensar y realizar bien, y de prisa, muchas tareas a la vez.

KyK: ¿Qué recuerda de sus años de profesor?

Ser profesor es un jugoso disfrute. Enseñar, uno aprende muchísimo, además de estar al día y bien informado sobre las nuevas generaciones, sus pensamientos y actividades.

KyK: Dónde y cuándo fue su primer exposición? ¿Qué recuerda de ese día?

La que mejor recuerdo fue mi primera exposición personal en Paris el año 1965. Ocurrió en la Galerie Kerchache, en la rue de Seine del barrio latino. El galerista, como era la costumbre, había previsto, después de la inauguración, invitar a unas quince personas para brindar en un “bistrot” diagonal a la galería.

De repente entraron en la galería cuatro amigos venezolanos que estaban de visita en París, ellos habían visto en un bar el afiche que anunciaba mi exposición. Pasados los típicos abrazos con grandes palmada en la espalda y dando un vistazo a la exposición, uno de ello dijo: “Esto está muy seco”.  A partir de ese momento se inició una caravana de ida y vuelta entre la galería y el “bistrot”, hasta que todos resolvimos, incluyo al galerista, quedarnos en el “bistrot”. Este bullía de personas, por lo que sugerimos al propietario que cerrara las puertas y se dedicara a servirnos a nosotros.  Todos mis amigos músicos estaban allí: entre ellos, Jesús Soto y Narciso Debourg.  Cantamos con arpa, cuatro y maracas hasta las siete de la mañana, cuando, agotadas la existencia de bebidas, nos mudamos de “bistrot”. Ni siquiera quedaba agua mineral.  Desde entonces, cada vez que pasaba frente al “bistrot” por la rue de Seine el cantinero me gritaba: “Cruz-Diez. ¿Cuándo haces otra exposición?”.

KyK: ¿Cómo llega a vivir a Paris, qué lo hizo quedarse a vivir ahí?

Cuando llegué por primera vez a París en 1955, mi esposa Mirtha y yo dijimos al unísono, sin ponernos de acuerdo: ”Aquí es…”  En la época, París era el lugar de reencuentro de la gente pensante y yo deseaba estar allí para presentar y debatir mis ideas. Entonces New York no era lo que es hoy. Muchos preguntaban por qué ir a Paris, dado que allí la gente no compra cuadros. Yo respondía que no me iba a París a vender cuadros, sino a debatir mis ideas y conceptos con gente pensante de muchas latitudes.  Por otro lado, todos mis amigos y compañeros artistas estaban en París.

KyK: ¿Dónde queda su estudio en París. Cuál es el lugar que mas le gusta de esa ciudad?

Mi taller queda en una vieja carnicería en la rue Pierre Semard en el cartier nueve.  Fue el gran cartier de la “Belle Epoque” y cerca de allí queda el “Folie Bergére”, la Opera, la Estación del Norte, de donde salen los trenes que atraviesan el Canal de la Mancha. Es un bello cartier que se ha puesto de moda con en nombre de “Bobó”: Bourgeois-Boheme.

París es una ciudad donde uno experimenta la noción de libertad, porque en el fondo, la libertad es una noción. Se puede estar preso y sentirse libre y estar libre y sentirte preso. Si quieres sentirte acompañado vas al bistrot de la equina y encuentras al parroquiano que te saluda y te pregunta si todavía tienes dolor en el codo que le referiste cuando conversabas la semana pasada.  Si quieres sentirte anónimo y no hablar con nadie, vas doscientos metros más lejos donde nadie te conoce ni te habla.  París es semejante a una serie de pueblitos, uno al lado de otro.

KyK: Háblenos un poco de la exposición que se verá en La Cometa en Bogotá.

Son obras recientes realizadas en el gran taller que mi hijo Jorge ha construido en Panamá.  Hay obras que nunca han sido presentadas en Colombia, como las “Duchas de Inducción Cromática”  una propuesta del año 65, el “Ambiente de Cromointerferencias” de 1974 y la “Experiencia Cromática Aleatoria Interactiva” de 1995.

KyK: ¿Visita con frecuencia Venezuela? ¿Qué es lo que más extraña de su tierra?

CCD: Tengo un taller en Caracas y durante muchas décadas iba cinco o seis veces al año.  Ahora voy con menos frecuencia porque estoy viejito y me cansan mucho tantas horas de vuelo.

Lo que más extraño de mi país son los amigos y la geografía, porque Venezuela, al igual que Colombia, es un país donde la amistad constituye un importante  patrimonio

KyK: Cuéntenos de su familia

Mi mujer y yo hicimos un proyecto de familia donde arte y vida constituyen una y la misma cosa. Nuestra casa siempre ha sido un lugar de trabajo donde los hijos han participado en la elaboración de las obras. Ahora se han integrado los nietos.  Cada uno de ellos tiene su personalidad, sus aptitudes y preferencias, y participa en el taller bajo la profesión que eligió.

KyK: Cuánto se demora en promedio en terminar una de sus obras? ¿Cómo es ese proceso creativo?

Mi obra es extremadamente compleja desde el punto de vista artesanal.  No puedo hacerla yo solo, por lo cual, siempre he necesitado un equipo de asistentes.  Es tan compleja, que mi hijo Carlos bromea mientras decía: “Es tan difícil hacerla que es más fácil robarla”.  En la exposición de La Cometa va  a haber un film de Ángel Hurtado y un diaporama de Edgard Cherubini que explican partes del proceso.

KyK: Una obra que tenga pendiente.

En este momento vamos a diseñar la plaza de entrada al nuevo estadio del equipo de béisbol de los “Marlins de Florida”.

KyK: ¿Qué clase de música le gusta oír y qué tipo de literatura le gusta leer?

Desde niño he sido melómano y he “rascado” la guitarra y el cuatro por muchos años. Voy a parafrasear a los andaluces que dicen que solo hay dos clases  de vino: “er bueno y er mejó”, me gustan los dos únicos tipos de música que existen: la buena y la mejor.

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Hasta el 17 de abril, en la Galería La Cometa, se expondrá Circunstancia y ambigüedad del color, un recorrido de 45 piezas por sus 60 años de trabajo artístico.
Carrera 10 No. 94A-25, en Bogotá. Abierta de lunes a viernes, de 11:00 a.m. a 6:00 p.m. Sábados, de 12:00 m. a 4:00 p.m.

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