Grafitis en Cali

Grafitis en Cali

27 de octubre del 2010

Por Santiago Mejia

Me levanto en apuros a las nueve pasadas y salto de una en la ducha. El agua fría y matadora me quita a patadas el sueño mientras, a la vez, me cepillo los dientes y me echo champú. Rápido salgo a vestirme y a cerciorarme de que tengo todo pues que pereza acordarse de las vainas cuando ya es demasiado tarde. Milo y arepa es el desayuno, me monto en la cicla y salgo pitado para el norte ya que la mayoría de trabajos están por allá.

Llego y me reciben muy amablemente, me indican el sitio donde mi obra está por presentarse, las paredes están pintoreteadas dando por visto que no soy el único artista que refleja su imágenes e ideas por aquí. Antes de empezar saco unos cueros del maletín listos para enrollarse, el cannabis calma mis nervios y expande mis conocimientos. Ahora sí estoy entonado para deslumbrar a mi audiencia. Splash, splash empieza la maquinaria de las brochas a relucir. Me meto en el cuento y continúo mandando pincelazos. Ya veo la idea tomar forma, está quedando una chimba, espero que al cliente le guste el trabajo, pues si no pailas, y toca mejorarlo hasta que quede contento. El que tiene el billete manda.

Van tres horas de pura adrenalina, ya estoy en ese punto donde uno está saturado por una ola de químicos de la cantidad de pinturas y contaminantes que resuenan en la cabeza. ¡Ya! para mí está listico, esperemos a ver en qué piensa el señor de la guillotina, si me decapita o no.

Entra un ojo muy crítico al espacio, él también es diseñador, mira todo detenidamente, se ve que sabe lo que hace. Da nueve vueltas alrededor, me está enloqueciendo este hombre de tanta caminadera. Para y se detiene, vuelve y comienza. Un gran momento tensionante de silencio… y, de repente, se empieza a reír solo. “¿y a éste que le pasó?”, piensa uno. Comienza a soltar una serie de ovaciones, como que le gusto el trabajo y otros halagos. ¡Si! Un gran triunfo para mí.

Lo que primero pienso es en la felicidad del cliente con mi obra, me podría contratar de nuevo o recomendarme. Siempre es bueno quedarle bien a la persona que confía en mis habilidades artísticas. En Cali somos una buena cantidad de grafiteros que nos la pasamos esperando una pared libre para atacar o que nos contraten. A veces nos toca enfrentarnos a la policía, pero uno aprende a sacarle el quite para que nadie nos ataje las ganas de pintar.

Pero bueno, ya tengo la obra reluciente, solo falta un último detalle, la firma: mi huella esparcida a brochazos fluorescentes formados por figuras y colores fantásticos. El trabajo ha concluido, empiezo a disparar fotos y más fotos. Los recuerdos son además inmemorables, todo va para la carpeta. Alisto mis materiales mientras alguien me da candela para aspirar un buen pipazo de la paz que me ayuda a calmar las ansias y a diluir el cansancio.

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