Iron Maiden: una bestia eterna

Iron Maiden: una bestia eterna

19 de marzo del 2011

Iron Maiden es un monstruo que ya no asusta como antes. Hace años que pasó de moda entre los pastores cristianos utilizar la extensa discografía de la banda inglesa como combustible satánico en sus pilas de incineración, mientras sus nuevos lanzamientos parecen estremecer menos a los críticos que los de Celine Dion. Su tercera visita a Colombia parece no batir los récords de boletería de las dos primeras.

En todo caso, algo que parece no tener que ver con todo esto, hace que miles de personas vayan a los conciertos y a las tiendas de discos –de hecho, a comprar discos–. Muy pocas bandas en el heavy metal –o mejor aún, en el rock– logran llevar a sus seguidores hasta los rincones más extremos de la apropiación obsesiva. Para tantos que han sido jóvenes durante estas últimas cuatro décadas, Iron Maiden ha sido otro rito de iniciación solo equiparable al de aprender a montar bicicleta o perder la virginidad. Parece un consenso universal que el primer amor con Maiden llegue sobre la adolescencia temprana, cuando las portadas de los discos aparecen  como las películas de terror que años antes nos prohibían ver y las canciones se expanden en la imaginación como una galaxia llena de nuevos mundos por habitar.

La mayoría de seguidores que acamparon durante días a las afueras del Parque Simón Bolívar para los conciertos de febrero de 2008 y marzo de 2009 en Bogotá, en medio de la lluvia, el frío y el hostigamiento policial eran en gran medida ciudadanos sin cédula. Un momento en el que los jeans entubados y el cuero con taches tienen más sentido que nunca, en el que los riffs de Adrian Smith, Janick Gers y Dave Murray atraviesan el oído como las notas del flautista actuaban sobre el sistema nervioso de las ratas en Hamelin.

¿Para qué ir a ver a Iron Maiden por tercera vez?, me preguntaron hace unos días a propósito de la nueva visita al país del sexteto. Y por llevar más de quince años de vida poniéndole atención con disciplina a Somewhere In Time tantas veces por semana como puedo, y haber gastado más dinero del que quiero aceptar en objetos estampados con la cara de la mascota muerto-viviente Eddie, permanecí frío durante unos segundos en mis pantalones de cuero y no se me ocurrió otra respuesta mejor que: “porque me gusta”. Pero como si la pregunta la hubiera hecho un psiquiatra y no un escéptico, a mí llegó con mayor claridad una serie de imágenes:

a) Me habían prestado The Number Of The Beast, tenía unos diez años y, en la privacidad de mi cuarto y de mi discman, repetía mil veces con miedo y fascinación la canción que le daba título a ese álbum como si jugara a escondidas con una tabla ouija. b) La primera camiseta que me puse de la banda y c) la expresión incómoda en el rostro de esa niña que podría haberme dado el primer beso, si el Eddie que me salía del pecho apuntara con su dedo medio en señal de pistola no la hubiera intimidado tanto. d) A mi mamá con el libro Rock y Satanismo bajo el brazo y e) unos días después con el pastor de la iglesia del barrio que evitaba hacer contacto visual con el Steve Harris de mis afiches mientras me explicaba como esos Airon Mandens mataban pollitos en los conciertos. f) Mientras usaba los controles del televisor como baquetas sobre el sofá durante la transmisión por DirecTV del concierto Rock In Rio la noche del 19 de enero de 2001, en donde el cantante Bruce Dickinson y el guitarrista Adrian Smith se reintegraban a la banda de manera oficial. g) La sala en la que  –juro que fue solo una vez– me reuní con otros seguidores de la banda para discutir temas tan elevados como las fuentes históricas en “Alexander The Great”, los detalles ocultos en la portada de Powerslave y los Eddies favoritos para luego hacer una lectura comparada de “The Rime Of The Ancient Mariner” con el poema original de Samuel T. Coldirage (también vi cuando todo esto desembocó en una partida de juegos de rol, pero ese ya es otro tema).

Si Anton Gustafsson aún viviera seguro tendría algunas historias más interesantes que las mías para contar. Era el neolítico del internet, allá por 1998, y ese adolecente sueco con gafas de marco desafortunado y falsetes destemplados no conocía mucho de ironía o de amor propio, pero sí de un amor sin ningún rastro de ironía por Iron Maiden. Así que se convirtió en Anton Maiden a través de un precario sitio web donde colgaba sus propias versiones de los clásicos de la banda grabadas con un micrófono en su PC y sobre una pista de midi (emulador instrumental con el que todo suena como juego de Atari). Anton llegó a tener seguidores por todo el mundo, pero cuando entendió que lo que les interesaba ante todo era su hilarante falta de talento, sus propios demonios tomaron el control y terminó por quitarse la vida en 2003.

La música de Iron Maiden, como ocurre en ciertos casos de la literatura o el cine, admite una lectura a varios niveles. Y como cualquier culto trasciende las generaciones y también de cordura. Es muy posible que alguien se ponga muy trascendental con su interpretación de los versos de Revelations en un foro de internet o muy borracho mientras coreaba Run to de Hills entre varias rondas de cerveza como si fuera el vallenato más sentido. También es muy posible que alguien más termine con su propia iglesia en la que no se predican sermones sino letras y en donde el padre cambia su sotana por tatuajes de Eddie (como pasa de verdad en Brasil y puede verse en el documental Flight 666).

Este domingo 20 de marzo nuevos y viejos devotos se encontrarán de nuevo con la realidad de una leyenda que vive para los que aceptan su fe a pesar. Con un set list que parece propuesto en términos de brecha generacional, mezcla clásicos infaltables con canciones de discos más recientes como Brave New World, de 2001, Dance Of Death, de 2003 y Final Frontier, de 2010, por el que hace poco ganaron un Grammy con la canción El Dorado. Y, ¿Por qué ir a Maiden otra vez? Porque a veces se puede ser joven de nuevo.

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