La Cartagena de los años 70′ según Pedro Badrán

23 de enero del 2016

El periodista, guionista y catedrático lanza “El hombre de la cámara mágica”.

La Cartagena de los años 70′ según Pedro Badrán

Pedro Badrán (Magangué, Bolívar, 1960) presenta su última novela, “El hombre de la cámara mágica”, en la que el escenario principal es un hotel de paso de la Cartagena de los 70.

En las habitaciones del Hotel Bellavista se conocen las historias de cuatro personajes, ciudadanos del común, entre los que destaca Tony Lafont, fotógrafo de playa, dueño de la cámara mágica.

La obra de Badrán abarca cuentos y novelas breves de gran diversidad temática.

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Durante la edición número 11 del Hay Festival, el escritor Pedro Badrán conversará con los escritores Mario Mendoza, Álvaro Robledo, y Guido Tamayo el 29 de enero en el Centro de Cooperación Española (Salón del Rey).

Pedro Badrán habló con KienyKe.com sobre su nueva novela, “El hombre de la cámara mágica”.

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 Tony Lafont es el protagonista de la novela, ¿cómo estructuró ese personaje? ¿Se parece a alguien que usted conoce o a otro personaje literario? 

Tony Lafont es un hombre que quiere fotografiar el universo, representado en un hotel. Pero a la vez es un típico fotógrafo de playa, cartagenero hasta la médula. Había convivido con este protagonista desde los tiempos de mi adolescencia en las playas de Marbella e incluso un fotógrafo aparece ya en mis cuentos del Hotel Bellavista. Tony Lafont tiene mucho de Quijote, de Ignatius Reilly, de personaje desmesurado. El fotógrafo fue creciendo hasta desaparecer y volverse casi legendario. Pero usted lo puede encontrar todavía en cualquier playa de Cartagena.

La cámara instantánea es casi un personaje. ¿Por qué escogió ese tipo de aparato? 

La cámara mágica es una prolongación del personaje pero además funciona como estrategia narrativa. Narrar a través de fotografías es algo que ya había logrado en mi novela El día de la Mudanza y este procedimiento funciona en El hombre de la cámara mágica.  El álbum de Tony Lafont es una metáfora del hotel y de una ciudad como Cartagena. Pero la intención de Tony Lafont no es estética. Como él mismo lo dice: “Mis fotografías son lo que son y ya”.

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¿Por qué escogió al Hotel Bellavista como escenario de la novela? 

Realmente el nombre de Hotel no aparece en la novela pero muchos lo identifican como tal, sobre todo por mi libro de cuentos. Pero tengo que reiterar que se trata de un hotel fabulado, así como toda ciudad, y en este caso Cartagena, es también una ciudad fabulada. Por supuesto, las relaciones son evidentes pero en la ficción el Hotel adquiere vida propia.

A Cartagena se la relaciona con la hotelería de lujo, pero el Bellavista es un hotel para viajeros orilleros, ¿es una forma de contar la otra Cartagena? 

No creo que se trata de hablar de la “otra” Cartagena, porque son muchas las ciudades, sino de mirar un entorno a través de otros personajes, en este caso, un fotógrafo de playa, un artesano que vende búhos de lata, una malabarista y un viejo recepcionista de hotel que tiene un álbum entre sus manos. Una de las cosas que más me gusta de la novela es cómo estos personajes se burlan de los turistas.

¿Por qué escogió la Cartagena de los 70? 

Porque fue la que yo viví y la literatura también es un ejercicio de memoria, un oficio de resurrecciones. Ahora, la ciudad es otra cosa pero todavía conserva en la periferia rasgos de Tony Lafont.

Usted reúne más de 30 años de trabajo literario, ha ganado algunos premios nacionales, ha publicado cinco novelas y cuatro libros de cuentos. ¿Cómo describiría su evolución? Y a los lectores que aún no han llegado a su obra, ¿qué les recomendaría? 

Parte de mi literatura se inscribe en una tradición caribeña que recupera la oralidad y que quiere volver música toda la literatura. Lamentablemente, en la costa, el Caribe corre el riesgo de identificarse con manifestaciones provincianas, como bien lo señaló alguna vez el maestro Germán Espinosa, el gran novelista de esa ciudad. A mí me interesa más la melodía que la letra. Y en cuanto a los lectores, tengo los míos y no son pocos, a pesar de que hay una actual tendencia mediática y académica a soslayar a los escritores del Caribe y a imponer una visión andina de la literatura. Dentro de esa visión sólo son válidos ciertos temas que por cierto resultan demasiado serios. En mi novela hay mucho humor, algo que no se encuentra con frecuencia en la literatura colombiana.

Usted dirige un taller de Novela en el Instituto de Artes de Bogotá- Idartes. ¿Cómo ha sido esa experiencia? 

Es tan buena que la repito. Los talleres posibilitan espacios de escritura y lectura. Pero un escritor no se hace en un taller. Siempre les recomiendo a mis estudiantes: hagan uno o dos talleres y después olvídense de lo que aprendieron y enciérrense a escribir solos. Muchos han seguido este consejo.

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