La mujer de la moto

La mujer de la moto

19 de diciembre del 2010

Una de las ventajas que tienen los hombres que compiten contra Diana Solórzano en un rally es tan sencilla como decir “pipí”. Mientras sus contrincantes sólo deben parar el vehículo en un lugar discreto y hacer sus necesidades, a Diana, que siempre carga papel higiénico en el “herramientero”, le toca desviarse de la carretera principal y bajarse el uniforme hasta donde las rodilleras se lo permitan. En eso se gasta bastante más tiempo que sus contrincantes.

Ella es la única mujer que compite en el campeonato de motovelocidad colombiano. Ocupa la tercera posición en el campeonato nacional en rallys y participa en todas las categorías rápidas. Desde mayo es una de los tres integrantes de Team Colombia, el equipo que quiere representar al país en el Rally Dakar Argentina-Chile 2012.

Un rally es una de las competencias más arduas del mundo deportivo. No sólo la velocidad puede ser mortal, sino también la quietud. En uno de los rallys en que Diana ha participado su moto se averió en medio del desierto de La Guajira. Al darse cuenta que no podía sola, a través de un dispositivo tecleó a los organizadores un mensaje de alerta con las coordenadas del lugar en donde debían rescatarla. Vestida de pies a cabeza con el enterizo grueso que demanda la competencia, se sentó a esperar entre la incipiente sombra de un cactus y un divi-divi, un  árbol típico de las sabanas guajiras.

A medida que pasaban las horas, Diana comenzó a sentir los estragos del calor y la deshidratación. Empezó a alucinar. Veía a los otros competidores pasar a su lado sin ayudarla. Oía el ruido de los motores. No sabía si los chulos que volaban sobre ella eran de verdad o producto de su imaginación. Tampoco sabía si seguir al niño wayuu que la llamaba desde la distancia. Lo hizo. Después de caminar por mucho tiempo, terminó en una ranchería donde lo primero que hizo fue quitarse el uniforme, capa por capa, y ante la mirada atónita de tres indios wayuus, se tiró en el cemento frío de la casa a la que llegó. Sólo unos momentos después, cuando entraron tres mujeres con agua y pedazos de chivo le volvió el alma y el pudor al cuerpo.

La primera vez que Diana se montó en una moto tenía veinte años. Iba de acompañante en la KTM tres tiempos con uno de sus alumnos, que la invitó a una carrera de enduro, una modalidad de motociclismo que se realiza en rutas establecidas con tiempos determinados. Nunca había manejado una moto en su vida y sólo con la sensación que le recorrió el cuerpo supo que había encontrado su deporte. En esa época estudiaba administración de empresas en la Universidad de la Sábana y era instructora de spinnig. Los ahorros de un año se fueron en su primera moto: una XR200, que tuvo que aprender a manejar cuando la compró.

En Colombia sólo existe categoría femenina de scooter ‒una moto más pequeña‒, en la que ella ostenta el tercer puesto del Campeonato Profesional. En ninguna de las otras competencias en las que participa corren otras mujeres, como la 600 c.c a 1000 c.c calle y la Supermotard. Eso no la detiene.

Solórzano es la primera mujer en Colombia que ha obtenido puntos en estas carreras. Lo hizo este año en la segunda válida del campeonato profesional de 600 c.c a 1000 c.c. calle. Quedó entre los quince primeros puestos de la carrera, entre cerca de treinta participantes. A pesar de obtener siempre posiciones destacadas cuando compite con hombres, no oculta sus ganas de que más mujeres decidan tomar este deporte en serio para que se creen en el país más ligas femeninas de motociclismo.

Nunca se ha roto un hueso a pesar de ser experta en puenting, bunji-jumping, kite-surfing, downhill parasailing y otros deportes extremos. Se acuerda de las primeras veces que hizo enduro, llegaba llena de morados y raspones que tenía que ocultar de sus papás, que nunca han estado muy convencidos de la profesión de su hija. La primera vez que supieron que era una apasionada de los deportes extremos fue cuando, después de un año de tirarse en paracaídas por primera vez, le pillaron el video de la caída. La regañaron como si acabara de robar un banco. Hoy la apoyan en sus triunfos pero con el corazón, porque cuando se trata de plata dicen que no piensan patrocinar algo que pueda herir la pueda herir. Diana, como la mayoría de deportistas colombianos, vive del patrocinio.

Es la mayor de tres hermanos que no nacieron, como ella, con el chip de los deportes extremos. Pedro Andrés, de 29 años, es ingeniero de sistemas, como su papá. Constanza tiene 21, estudia antropología y de vez en cuando se le mide a algo extremo, pero no con la misma pasión que su hermana. Lo de ella es la fotografía.

Diana va todos los días cuatro horas al gimnasio. Durante dos horas hace ejercicios cardiovasculares y en las dos restantes hace pesas.  Debe mantener fortalecidos todos los músculos de su cuerpo para poder manipular los más de 100 kg de peso de una moto. Tres veces a la semana entrena en pistas o recorridos, que varían según la competencia para la que se prepare, el Autódromo, en Tocancipá, o trochas por diferentes rutas de la sabana de Bogotá.

La preparación para el rally, como la competencia misma, es intensa. Además de su entrenamiento diario, debe incluir varias horas de clases de mecánica y supervivencia. En un rally el piloto está solo. Si algo le ocurre a su vehículo debe ser capaz de identificar el problema y solucionarlo. Si es imposible debe saber digitar las coordenadas de auxilio en los dispositivos de emergencia. También debe aprender a manejar el GPS y a leer las cartas de navegación.

El próximo año se dedicará por completo, junto a sus compañeros de Team Colombia, a participar en el Campeonato Nacional. No hay mejor entrenamiento que la competencia. A comienzos de 2011, esta chica súper poderosa podría convertirse en la primera colombiana en participar en el rally Dakar.