La Simón y Dudamel entre nos.

La Simón y Dudamel entre nos.

18 de diciembre del 2010

Es mejor “estar a partir un confite” con los vecinos que andar como perros y gatos. Las “nuevas mejores amistades” del presidente Santos rinden frutos y ¡quién lo hubiera dicho! en el ámbito cultural. Gracias a las gestiones de la Cancillería y del Ministerio de Cultura de Colombia -a cargo de una ministra como Mariana Garcés cuya sensibilidad y experiencia le impiden confundir a un contrabajo con un violín-  por fin llegó a Bogotá la mítica Sinfónica Venezolana Simón Bolívar, la joya del Sistema de Orquestas Juveniles, cuyo alto desempeño se le debe, además del talento, a la solidez de una política musical que, gracias al maestro José Antonio Abreu, campea desde hace 35 años en el vecino país y que ha sido respetada a ultranza por el actual gobierno.

Este regalo de Navidad, merced al restablecimiento de las relaciones binacionales, vino con moño incluido: el director no menos mítico Gustavo Dudamel cuyo recorrido internacional, al frente de la agrupación, de la Filarmónica de Los Ángeles, de la Sinfónica de Gotemburgo de las cuales también es titular, o como invitado de grandes orquestas, le ha merecido elogiosos comentarios por una categoría que se hizo evidente aquí, desde el primero de los dos conciertos que se llevaron a cabo en el Teatro Julio Mario Santo Domingo, cuando al frente de una orquesta “binacional” con los cien integrantes del grupo visitante y otros cien músicos de las Sinfónicas de Colombia y de Eafit, y  de las Filarmónicas de Bogotá, Cali y Medellín, y pese a las dificultades que entraña dirigir un conjunto tan heterogéneo, se le midió, con sólo tres ensayos, a un programa complejo de interpretar a pesar de la cercanía que tuvo con el público

El sonido equilibrado y la tersura fueron el común denominador de la Obertura Festiva del colombiano Blas Emilio Atehortúa -que Dudamel condujo de memoria después, según se supo, de haberla estudiado apenas durante un rato-  y de las suites Santa Cruz de Pacairigua, obra de contrastes y sugerencias atmosféricas del venezolano Evencio Castellanos; La Estancia del argentino Alberto Ginastera –el momento de mayor intensidad por una palpitante fogosidad-, y  de la vehemente  y al mismo tiempo sutil El pájaro de Fuego de Igor Stravinsky. Color, ímpetu y un ardor poco común fueron la tónica de una noche cuya emotividad, beneficiada con una alta calidad musical, señaló el feliz reencuentro de dos naciones.

En su segunda presentación la Simón Bolívar y Dudamel abordaron, sin instrumentistas de otros grupos, un plato fuerte: la sinfonía N° 2 de Gustav Mahler, llamada “Resurrección”, que permitió apreciar la altísima calidad del “ensamble” y de cada una de las familias de instrumentos que lo componen: cobres afinados y precisos, percusión impecable y por momentos aterciopelada, maderas llenas de dulzura y sobre todo la acariciadora pastosidad de la cuerda. ¡Una gran orquesta! La riqueza de planos sonoros contribuyó a destacar, con elegancia, los contrastes de la obra. El sonido pausado, y arrollador cuando lo requería la partitura, y la abundancia de matices, pusieron de presente una formación musical poco común y, por supuesto, el nivel de un director con la sensibilidad y el brío necesario para subrayar, y hacerle sentir a la audiencia, la solemnidad, el dramatismo y el lirismo de una sinfonía magistral.

Mención especial merecen la Coral Santa Cecilia, que dirige Alejandro Zuleta, y la soprano norteamericana Jessica Rivera de hermosa y potente voz, por unas intervenciones que contribuyen a crear el clima de boato y, a la vez, de recogimiento.  En cuanto a la mezzosoprano también norteamericana Kelley O´Connor, si bien posee un bello timbre, a su versión del Ulricht (4° movimiento) le falto el volumen necesario para estremecer. El único y diminuto lunar de una experiencia sobrecogedora cuya taquilla se destinará a un proyecto que, siguiendo el modelo venezolano, puede depararle al país un semillero de talentos: la creación de centros de formación musical binacionales con el modelo venezolano, en zonas limítrofes, que permitirán, en vez de que nos liemos a bazucazos, que nos bombardeen las sinfonías y los conciertos que han de enseñarles a nuestros dirigentes como subyuga más la nobleza de la música que andar mostrándonos los dientes.