La voz escondida

La voz escondida

21 de noviembre del 2010

El día que Juliana Ronderos cumplió un año, el cantante de jazz Bobby McFarrin ganó el Grammy a mejor canción con Don’t worry be happy. Era 1988 y ella no mostraba ningún indicio de ser un bebé prodigio de la música. Años después, McFarrin se iba a volver a cruzar en su vida.

Tampoco lo hizo cuando entró al jardín, ni durante la primaria. Fue sólo hasta que cumplió quince años que su talento se hizo evidente. Después de cantar Who will save your soul, de Jewel, en una presentación escolar en el colegio Nueva Granada, dejó con la piel erizada al auditorio repleto.

Sus papás, el ex ministro Carlos Ronderos y la economista Genoveva Mora, fueron los primeros en quedar aterrados con el  vozarrón que salió de la boca de su hija. Su familia disfruta en casa de la música clásica y un buen disco de jazz, pero no son melómanos.

Antes de ese día, Juliana sólo había mostrado dotes para ser  ingeniera química. Siempre fue la primera en esa materia y, cuando se graduó, sacó el mejor Icfes de todo el colegio en esa área. Por eso, a pesar de haber tomado clases de voz y de piano durante todo su bachillerato, cuando se graduó se introdujo en el mundo de los tubos de ensayo y reactivos de la Universidad de los Andes.

Si hace cinco años alguien le hubiera dicho que iba a cantar junto a Bobby McFarrin y que sería becada por excelencia académica en la Universidad de Berklee –una de las más prestigiosas universidades en música–, seguro se hubiera muerto de la risa. Su inexperiencia era su mayor temor. Las ganas de estudiar música crecieron hasta que, como dicen sus papás, dio el salto al vacío: Juliana se retiró de química y aplicó a la carrera de música en la Pontificia Universidad Javeriana. Sus miedos no fueron en vano. Fue rechazada por su falta de cancha frente al conocimiento musical de los que serían sus compañeros.

Durante un semestre tomó clases particulares, volvió a aplicar, y esta vez sí obtuvo resultados positivos. La felicidad le duró poco, porque la metodología y las clases no la motivaron. Su mamá recuerda que no paraba de dormir. La rutina se le iba entre la universidad y la cama, una actitud que preocupó a ella muchísimo a sus papás.

Ante la desidia de su hija, Carlos Ronderos, como lo hubiera hecho cualquier padre con los medios suficientes, le dijo que escogiera la mejor universidad de música en Estados Unidos. Juliana le respondió que era Berklee, pero era imposible que la recibieran en el “Harvard de los músicos”.

Se preparó un año completo para ir a la audición en la que cantó Night and Day, del compositor Cole Porter. Tenía veinte años y tuvo que esperar seis meses para leer la carta que le daba la bienvenida  a la prestigiosa escuela de música. De eso han pasado tres años en los que no sólo ha sido becada por su gran desempeño, sino que ya tiene un proyecto con el que grabará un disco este diciembre en Nueva York. Se llama il Abanico y canta canciones de jazz e indie a dúo con Nicolás Losada.

Su instrumento es la voz y desde que emprendió este camino se ha dedicado a trabajarla y cuidarla. Algunos de sus profesores, expertos en la materia, le han dicho que su voz no terminará de madurar sino hasta los 28 o 30 años. Es decir, todavía le quedan entre cinco y siete años de camino.

El próximo año es de grandes cambios para ella. Se gradúa como músico profesional con énfasis en composición de jazz de una de las mejores universidades de música del mundo; será la única voz colombiana de las diez seleccionadas para cantar al lado de la leyenda Bobby McFarrin en un concierto que dará en Boston a comienzos de 2011, y en octubre viajará a Oslo para trabajar con el productor de música indie Kare Verstrheim, uno de los más reconocidos de Europa.