Convirtieron su casa en una biblioteca

Convirtieron su casa en una biblioteca

29 de abril del 2013

Margarita Valencia, editora, escritora  y presentadora del programa Palabras Desencadenadas de Radio Nacional de Colombia; Santiago Díaz Piedrahita, biólogo e historiador, y Marcos Calderón, abogado, experto en recursos humanos, han vivido en torno a una pasión: los libros.

Estos han desbancado otros objetos de sus casas y están por todas partes. Pueden llegar a comprar varias veces el mismo título y hacer cualquier cosa por conseguir una obra literaria que nunca llegó al país. Los libros, más que un objeto, son inquilinos que nunca se marchan.

Santiago Díaz Piedrahita

Hubo una época en que los libros eran tan valiosos que con ellos se podía blanquear dinero. Los oportunistas fabricaban libros hechizos, los declaraban en las oficinas de exportaciones y en alta mar los echaban al agua. Volvían a puerto y cobraban un estímulo a las exportaciones.

Esta historia la cuenta Santiago Díaz Piedrahita, biólogo, historiador, dueño de una biblioteca con más de 4.500 ejemplares. Son tantos libros, en la sala, en el comedor, en el estudio, en la habitación, que a él le da la impresión de que los volúmenes se reproducen entre ellos.

Santiago Díaz, Kienyke

En su biblioteca hay muchos tesoros. Libros de botánica de la expedición de José Celestino Mutis que miden, de alto, más de 50 centímetros; ediciones del siglo XIX; pastas con adornos de oro; y una cartilla que se la regalaron cuando tenía apenas tres años. “Fue mi primer juguete”, dice.

Entre su océano de volúmenes se atreve a señalar, con dificultad, algunos favoritos: El Quijote, por ser una lectura placentera; el Diccionario de botánica del catalán Pío Font Quer, escrito en prisión; y Los Almeydas, historia de unos guerrilleros que en la época colonial colombiana se sublevaron contra España en el valle de Tenza. Ese último volumen tiene para él un valor sentimental importante: fue escrito por su padre, Oswaldo Díaz, y Santiago lo leyó por primera vez a sus 18.

Santiago Díaz no es sectario. Aunque ama su biblioteca sabe que los libros son una cosa del pasado, artículos bellos para generaciones pasadas. Sabe que las grandes bibliotecas son la pesadilla de los trasteos, un encarte para quienes las heredan, un depósito de celulosa para aquellos que no ven en la sumatoria de tomos más que bultos encuadernados.

No le preocupa la aparición del libro electrónico, lo entiende como un avance tecnológico, tan natural como el cambio del papiro al libro. Habla de Internet como algo ajeno, no venera a Google, ni a Wikipedia, debe ser porque su biblioteca es su propia red de información, rica, suficiente.

Dice que cuando necesita un dato sabe en qué libro está. Y conoce el paradero de dicho texto. No hace clic, simplemente camina de una habitación a otra, abre el libro, lee, aspira ese olor nostálgico de los libros viejos y siente que ha hecho un buen trabajo.

Margarita Valencia

Hace cincuenta años Margarita Valencia vive rodeada de los estantes de sus libros: su comedor, su habitación, y después cada espacio,  fueron tomados por William Faulkner, Henry James y las últimas novelas gráficas hechas en Colombia.

Margarita, escritora y presentadora del programa Palabras Desencadenas de Radio Nacional, guarda en sus bibliotecas la herencia de su padre, Carlos Valencia, editor, y su tío, Hernando Valencia, crítico literario, escritor y traductor: “En mi casa había muchos libros y la lectura era un tema normal. Mi abuelo materno era un acumulador de todas las obras y los periódicos de la época”.

Margarita Valencia, Kienyke

Para la escritora y docente del Instituto Caro y Cuervo,  los libros no tienen nada de sagrado, de raro y el acceso a ellos debería estar garantizado para todos: “Yo creo que la gente tiene que tener acceso a los libros y a los textos.  Que las novelas, los poemas y la literatura estén ahí. Algunos se volverán lectores voraces y otros no, lo que es patético es que vivamos en una sociedad donde los posibles lectores no lean, porque no tienen acceso a los libros”.

Las palabras escritas son para esta mujer algo natural y su biblioteca representa parte de lo que es. El criterio para organizar centenares de ejemplares esparcidos por toda su casa varía de acuerdo a su estado de ánimo, que puede ser por áreas geográficas, idiomas o colores.  Los autores clásicos conviven con los contemporáneos, desde los cuentos de Hans Christian Andersen hasta las últimas novelas de Juan José Millas y Juan Gabriel Vásquez.

Sobre el libro impreso y el libro electrónico Margarita dice: “Yo tengo un kindle, leo todo el tiempo en la pantalla del computador, trino todo el tiempo. Mi relación con los libros es de afecto, yo guardo los libros que he querido o que pienso que querré. Sobre los libros electrónicos tengo la sensación de que no se los han acabado de inventar”.

Margarita lleva siempre un libro en su cartera,  esperando un momento de soledad en el que pueda sumergirse en la historia. Vive, trabaja y toma decisiones rodeada de personajes, ensayos y crítica literaria. La lectura es parte de su vida: “es como lavarme los dientes” dice.

Marcos Calderón

Más que un coleccionista de libros, Marcos afirma que es un “coleccionista de instantes”, citando el libro Opiniones de un payaso de Heinrich BöllCalderón es abogado. Dirigió recursos humanos en Ecopetrol y dice que la literatura lo ha ayudado a aprender más sobre relaciones interpersonales, que cualquier otro curso de los muchos que ha hecho.

Sus bibliotecas han sido varias; acaban y comienzan con cada trasteo. En su casa actual la biblioteca está repartida en cuatro partes: la habitación para la empleada del servicio, el cuarto de su hijo, el estudio y todo el último piso de su casa. Marcos ya casi completa 6.000 libros.

Su afición empezó con la gran colección de literatura francesa de su mamá en Pamplona, Norte de Santander. En la actualidad Isaac Singer, Fernando González, Hannah Arendt, Héctor Rojas Erazo y Clarice Lispector, entre otros, lo acompañan.

Marcos Calderón, Kienyke

Estrella, su esposa, ha aprendido a aceptar la obsesión de Marcos, quien en un solo día de visita a la Feria del Libro 2013 compró más de 30 títulos, que tiene regados por la mesa de centro de la sala.

-Esto es un desborde- afirma -Es que a veces veo el mismo libro, que ya tengo en otra edición, pero lo compró de nuevo para coleccionarlo o regalárselo a alguien más-, confiesa.

Si le preguntan por el libro más valioso que tiene, Marcos dice que “los libros más especiales son los que están en la memoria”. A pesar de esto sí tiene algunos ejemplares únicos en ediciones especiales como el Callejón de los milagros del nobel egipcio Naguib Mahfuz; El judío Errante en edición de Tor; Jiménez de Quesada, un libro de Germán Arciniegas, que luego se llamaría El caballero de El Dorado, y una antiquísima colección de la editorial mexicana Cumbre con la que aprendió a leer.